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    El personaje Borges

    Columnista de Búsqueda

    N° 1857 - 03 al 09 de Marzo de 2016

    Los personajes de ficción mejoran su credibilidad cuando, además, tienen la feliz ocurrencia de existir en la vida real. La Divina Comedia es tal vez el ejemplo más elocuente, menos sobrio, de lo que afirmo; allí Dante se mueve a su aire como narrador intradiegético que introduce datos reconocibles de su realidad externa; dona a la fábula, para que se convierta en parte de ella, elementos de su biografía, de su ciudad, de la historia cotidiana que le ha tocado en suerte. Por eso sus ideas políticas y morales, su edad, sus amigos y maestros, ciertos villanos que lo convirtieron en víctima —como el ruin Filippo Argento, que lo condenó al exilio y se quedó con los pocos bienes mundanos del poeta—, cierta dama poderosamente idealizada con el nombre de Beatrice, las calles y los mercados de Florencia, algunos libros que lo impresionaron y hasta el bisabuelo, Cacciaguita, que en el Canto XVII del Paradiso le anuncia el infausto destierro que le aguarda si se deja llevar por los enconos entre güelfos y gibelinos, (“probarás —le dice—lo amargo que sabe el pan amasado por otros, y cuán duro es subir y bajar por escaleras ajenas”) aparecen junto a los ángeles que custodian los contrafuertes del Purgatorio, en los ríos de lava, hielo o lodo, junto a la barca de Caronte y a la lengua de fuego en la que se ha convertido Ulises.

    El gran lector y estudioso de Dante que fue Borges remozó el procedimiento, sirviéndose de él con buen suceso en algunos de sus cuentos. La tesis de Borges al respecto es que al proponer elementos reales y de fácil verificación en un espacio ficcional, se aumenta su verosimilitud, su poder de convicción. En Hombre de la Esquina Rosada, que integra el primer volumen de cuentos que publicara Borges (Historia Universal de la Infamia) tenemos desde el principio a un narrador que irrumpe como respondiendo a una incitación que obviamente está fuera de campo: “A mí, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que estos no eran sus barrios porque él sabía tallar más bien por el Norte…”. Este personaje es el que despliega la historia de una noche —lejana, por lo que se puede inferir— que juzga memorable, debido a que en ella la Lujanera fue a vivir con él a su rancho. Los marcadores indican que en la época del relato era un joven que recién estaba abriendo los ojos al mundo del arrabal, con sus delicias y sus notas de sangre; y que ahí se había prometido crecer, a pesar de todos los pesares. Tras contar la sorprendente derivación que tuvo la irrupción de un malevo pendenciero en medio del animado baile que tenía lugar en esa casa famosa por su “farol sinvergüenza” (luz roja), revela el enigma que queda planteado a la mitad del cuento, dice, ya en la última oración: “Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso…”

    El recurso es perfecto, y propongo reconstruirlo: al comenzar el cuento la voz, como ya fue dicho, emerge como siendo parte de una conversación que ocurre antes de levantarse el telón, in media res; todo el desarrollo del asunto es sostenido sin ninguna interrupción por la misma voz, que luce tal vez ensimismada y se olvida de que hay interlocutores, la evocación lo atrapa de tal modo que se desprende del acto social de contar para demorarse en las minucias de un acontecimiento que al parecer todavía lo envuelve. Pero al final recién en la última cláusula, da ingreso al otro personaje del tiempo real de la narración, que lleva el nombre del escritor. Con ello se asienta la posibilidad de que la fábula a la que acabamos de asistir no fue ficción sino realidad, y que el autor la escuchó de su propio protagonista y fielmente la está reproduciendo.

    Esto es el colmo de la literatura, la verosimilitud absoluta. La próxima semana veremos otro ejemplo de este recurso.

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