N° 1705 - 14 al 20 de Marzo de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“He pensado a veces que yo no podría haber existido en los tiempos en que se admitía la hechicería; que no podría haber dormido en una aldea donde morara una de esas supuestas brujas. Nuestros antepasados eran más valientes o más obtusos. En medio de la creencia universal de que esas desventuradas estaban asociadas al autor de todo mal, manteniendo al infierno como tributario de sus gruñidos, ningún simple Juez de Paz parece haber tenido escrúpulos en dictar, o la cabecera de distrito en ejecutar, una orden de prisión contra ellas: ¡como si pudieran emplazar a Satán!”. Y en este punto Charles Lamb no se equivoca: sólo el soberbio embarazo de la razón —el positivismo— puede equipararse a la arrogancia de la superstición que es la creencia jactanciosa en cuestiones de hechicería. No se explica y no se excusa que la literatura haya omitido explorar en más detalle la barroca rigidez del fanatismo, que esta descripción de Faulkner delinea: “Los hombres de su tipo usualmente tienen convicciones tan firmes sobre el funcionamiento, la orquestación del mal, como las tienen sobre el bien. Y de esta manera es que intolerancia y clarividencia eran casi la misma cosa”.
Pero volvamos a Lamb y los antepasados temerarios; específicamente al poder de la arrogancia, que es un tema que se vincula bien con la tendencia de los poderosos de todos los terrenos de empacharse de su propio poder, de tornarse tercos tiranos, déspotas desdeñosos de los peligros de la rebelión, que sin saberlo van convirtiéndose en objetivos fáciles, porque es claro que la revolución (estética, política, ética) es una forma del diálogo que usualmente interpela esta cualidad permanente y sólida que, por ejemplo, caracteriza al siglo XIX, y contra el que va a levantarse el maremoto del modernismo primero y las vanguardias después. Me interesa muy especialmente que Charles Lamb, que es un ejemplar característico de la saciedad positivista, advierta y se burle de la arrogancia de los poderes establecidos, porque nos provee de evidencia suplementaria de que las épocas estéticas, políticas, éticas no establecen vínculos de sucesión, sino de simultaneidad, esto es: que los conceptos que utilizamos para designar cierto período temporal (realismo, romanticismo, vanguardia) son un índice que expresan qué tan prioritario fue para los autores de esos días la observancia de ciertos principios como la fidelidad a la realidad, la univocidad del sujeto o la articulación de lenguajes novedosos. Mientras una de estas ideas toma el protagonismo, las otras quedan transitoriamente silenciadas y latentes, a la espera de un ensayo como “Brujas y otros terrores nocturnos” para traicionar su discreta y pertinaz vigencia.
Y es que este asunto del poder es apenas una variación sobre el tema de la vida y la muerte, y la coexistencia de ambos destinos en nosotros mismos: la más inescapable de las dimensiones que explican al ser humano —el cuerpo— que crece y se desarrolla hasta que cierto día se cambia de bando y empieza a morir con una cadencia tal vez imperceptible. Del mismo modo, todo régimen, toda estructura de poder crece hasta precipitar su derrumbe, o hasta franquear el paso al verdugo que dará cuenta de los restos. Como los amantes que escuchan las gastadas fórmulas de la devoción como si se hubieran inventado ayer, como si con ellas obliteraran los caminos de la desidia y la bajeza que esas terribles palabras precipitan, la caída de los despotismos es, felizmente, tan irrenunciable como inevitable.
Lamb evoca sus lecturas de la infancia para ejemplificar el punto: “Recuerdo que consistía en relatos del Antiguo Testamento, ordenadamente colocados, con la objeción anexada a cada relato y la solución de la objeción regularmente unida a la primera. La objeción era un resumen de todas las dificultades que se habían opuesto a la verosimilitud del relato, mediante la sagacidad de antigua o moderna falta de fe, redactadas con un exceso de franqueza, casi obsequiosa”. Porque la arrogancia es generosa por convicción y espera verificar en cada contacto una nueva adhesión: la ambición de universalidad es de todas su más gravosa vulnerabilidad.
“El veneno y el antídoto reunidos delante de uno. Dudas así expresadas, y así anuladas, parecían disipadas para siempre. El dragón yacía muerto, para que pudiera hollarlo el pie de la más tierna criaturita. Pero (...) de las entrañas de estos errores destruidos treparían jóvenes dragoncitos, venciendo la proeza de un San Jorge tan tierno y fácil de vencer como yo. La costumbre de esperar objeciones en cada pasaje me incitó a inventar más objeciones, en procura de una solución propia para ellas. Me volví vacilante y perplejo, escéptico en pañales”.