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    El problema de pensar en opuestos

    Por Lector

    Afortunadamente la ciencia está empezando a alumbrar algunos rincones recónditos de la mente humana, y con ello del comportamiento. A veces nos encontramos también con aspectos nada agradables, pero es el precio que hay que pagar.

    Algunos de estos comportamientos se han originado en épocas atávicas que corresponden a los orígenes y el desarrollo primitivo de la especie, pero ahora persisten de manera inconsciente y, al contrario de en aquel momento, pueden resultar perniciosos.

    La tendencia de la mente a pensar a través de opuestos excluyentes es algo que causa mucho daño. Los espacios de convivencia están siendo divididos de forma extrema entre posiciones políticas radicalmente opuestas, en las que al adversario no se le admite nada y nuestro bando es el poseedor de toda la verdad. Decimos gráficamente que lo vemos todo blanco o negro. Curiosamente, ni el blanco ni el negro son realmente colores, y en realidad entre ellos no hay nada; los extremos del espectro visible son el rojo y el violeta, y en el espacio intermedio están los demás colores; el blanco es la mezcla de todos ellos y el negro su ausencia. Pero nuestra mente hace que veamos ambas cosas como si fueran verdaderamente colores, y si mezclamos estas apariencias nos dan otro “color” que se llama gris del cual hay muchos matices según la proporción en que se presenten sus componentes.

    Sucede que vivimos en medio de fenómenos más difíciles de entender que nunca, ya que la sociedad se ha vuelto muchísimo más compleja que en la época en que se originó nuestro cerebro con su organización y tamaño actuales, y surgió como una luz titubeante en la oscuridad la razón. Un antropólogo dijo que el primer pensamiento abstracto consistió en “ver” una posible hacha dentro de una piedra informe, tal como se dice que Miguel Ángel veía a sus estatuas dentro del mármol y las extraía de allí con genialidad.

    No sabemos esto con certeza, pero sí que el ser humano usaba su intelecto incipiente para construir cosas, proveerse de armas, hacer ropa, encender fuego, y sobre todo para el lenguaje, el logro mayor de todos los tiempos. Diga usted una letra, la erre por ejemplo, y experimente la cantidad de movimientos que debe hacer, como rebotar muy rápidamente la lengua contra el paladar a la vez que emite desde su garganta una corriente de aire y desde su mente regula el volumen y duración de la letra ordenando a sus músculos que hagan los movimientos correspondientes. Luego inserte esta letra dentro de una palabra simple como “ratón”, que se pronuncia en un segundo escaso y exige cinco movimientos de ese tipo, uno por letra. Y luego haga lo mismo con esa palabra dentro de una frase tal como “El ratón que se esconde en el sótano se metió en mi cocina y me comió todo el queso”, que consiste de diecinueve palabras, las cuales además ser coordinadas en una secuencia específica y según unas reglas gramaticales innatas (según Chomsky y otros), tienen su origen en el cerebro que las ha concebido una fracción de segundo antes. Como si fuera poco, hay frases que tienen un significado o intención ocultos, que pueden ser metafóricos, o irónicos o simplemente querer engañar al interlocutor, para lo que la conciencia hace algo como dividirse dos o más partes que dialogan entre sí. El acróbata más eximio del Cirque du Soleil con sus volteretas imposibles no está ni cerca de la dificultad de la simple habla, de la que es capaz el ser humano menos dotado.

    Nuestra capacidad cognitiva se desarrolló en un entorno en el cual una visión del mundo que obliga a decisiones de lucha o huida, diálogo o ataque,  quedarme en un sitio o emigrar, cazar o pescar, obedecer o rebelarme, cuidar a un pariente o abandonarlo, fue clave para la supervivencia. En un tiempo tan cercano como el 1600 William Shakespeare escribió Hamlet, una gran alegoría sobre el peligro de dudar. Ser o no ser, el paradigma del pensamiento binario.

    Pero ya no vivimos en el Paleolítico. Los modos de pensar que entonces nos ayudaron  pueden resultar dañinos en el mundo actual, donde la complejidad de la sociedad está llena de matices.

    Recibimos hoy en un día tanta información como la que recibía un cerebro en la Gran Bretaña rural de la Edad Media durante toda su vida, según el psicólogo evolucionista Kevin Dutton. Las herramientas utilizadas durante miles de generaciones se han quedado obsoletas para el ciudadano del siglo XXI. Dutton habla del instinto de categorización, que sirve para simplificar el mundo, ahorrar tiempo y facilitarnos las cosas. Pero ese instinto presenta inconvenientes, y a veces la categorización asume formas extremas como dividir todo un espectro político en Nosotros y Ellos. Esto nos lleva a lo que Karl Popper llamó la “regresión a la tribu”, un implacable sentido de cohesión y pertenencia que nos resguarda del peligro de la incertidumbre. La tribu impide toda discusión, y castiga duramente al que se atreve a expresar una opinión diferente. Como ejemplo de actitudes tribales podemos poner a las hordas de Trump y Bolsonaro asaltando las principales instituciones democráticas, asumiendo acríticamente una conspiración en su contra. El pensamiento de estos sectores linda con el ridículo ya que su verdad se limita a lo que afirme el líder. Se asoman detrás de esto los siniestros fantasmas de Hitler, Stalin y Mao.

    Ni que hablar de que la izquierda tiene también sus pecadillos en este terreno, como la defensa dogmática de dictaduras férreas que reprimen duramente toda oposición. También vale como ejemplo el lamentable episodio del acoso al Dr. Hugo Batalla cuando resolvió primero irse del Frente Amplio y luego sumarse en 1994 a la candidatura de Sanguinetti como candidato a Vicepresidente. Tan grave fue la situación que Batalla tuvo que dejar su barrio de La Teja tratado como un traidor, y eso que había arriesgado su vida defendiendo a muchas personas de izquierda durante la dictadura, entre ellas al General Seregni.

    Como resumen, cabría decir que mantener una postura racional frente a la realidad resulta mucho más difícil y da mucho más trabajo que sumirse en una tribu más o menos uniforme; por eso mismo resulta tan necesario.

    Alberto Magnone