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    El problema del oficialismo

    Sr. Director:

    Cada elección ocurre en un contexto político, económico y social particular. Porque las circunstancias bajo las cuales los ciudadanos concurren a las urnas son siempre irrepetibles. Incluso cuando candidatos y partidos se reiteren.

    El traspié del presidente Macri en las recientes PASO, que proyecta el regreso del kirchnerismo a la Casa Rosada, dio pie a variados análisis y comentarios. Se han señalado serios errores de conducción en estos casi cuatro años de gestión, particularmente en el manejo de la economía. Reformas estructurales que no se encararon, gasto público fuera de control financiado con mayor endeudamiento. Cuando el crédito se cortó y hubo fuga de capitales se apeló al FMI que impuso un programa de ajuste recesivo con pérdida de puestos de trabajo, caída del salario real, inflación y mayor pobreza.

    El plato parecía servido para un voto castigo. Aún así, con un clima político tan adverso, Macri insistió en su intento reeleccionista. Como si nada hubiera cambiado. Confió que el autoritarismo y los escándalos de corrupción del régimen K seguían siendo suficiente antídoto para inhibir el voto a los responsables del latrocinio que investigan los tribunales judiciales.

    Más perspicaz, consciente de las dificultades que tendrían que superar los K, Cristina reflotó a Alberto Fernández, el menos golpeado del elenco de colaboradores de Néstor, asumiendo una posición menos expuesta y de menor protagonismo en la campaña.

    Convencido de que si perdía por poco en las PASO, Macri apostó a que lograría la reelección en segunda vuelta. Cálculo errado. No advirtió el cambio de ánimo de sus compatriotas, incluso de muchos de quienes lo votaron en 2015 y 2017.

    En el voto de las PASO pesó la inestabilidad y las dificultades económicas que produjo su gobierno. Pero no menor gravitación tuvo la ligereza con que, en el afán de dar tranquilidad, de transmitir confianza, de demostrar que tenía la situación bajo control, prometió una y otra vez mejoras (“lo peor ya pasó”, el país “volverá a crecer en el segundo semestre”, ya verán “los brotes verdes” de la economía, ya “hay síntomas de recuperación”) que sus compatriotas no vieron ni creyeron.

    Al final sus dichos tuvieron un efecto contrario. El presidente y su equipo perdieron credibilidad. La impaciencia —y la indignación—  ganó a miles y miles de argentinos.

    A dos meses de la elección, perdida la confianza de los electores, Macri no parece tener chance de revertir la situación. Poco de lo que haga en estas semanas modificará el ánimo de sus compatriotas.

    Aunque por múltiples razones la situación política del vecino país no es parangonable a Uruguay, el caso argentino dice bastante de la situación que enfrenta el frenteamplismo en la actual campaña electoral.

    Quien tenga un poco de memoria sabe que el clima político que vive hoy el país es bien diferente al previo a las últimas tres elecciones. Y lo es porque ha pasado mucha agua bajo el puente: promesas incumplidas, problemas que no solo no se resuelven, sino que se agravan, una situación económica deteriorada con pérdida de empleo en el último quinquenio, déficit y endeudamiento creciente. Herencia  que tendrá que ser afrontado por el nuevo gobierno y pagar todos los uruguayos.

    Este nuevo clima político es lo que, mes a mes desde hace más de dos años y medio, registran todas las encuestas. A 60 días de la elección, la intención de voto por el FA se sitúa en torno a un tercio del electorado. Se habla de desgaste, de desencanto. Lo que hay es, como ocurre en Argentina, una pérdida de credibilidad que afecta a muchos gobernantes, legisladores y dirigentes del oficialismo.

    La credibilidad, la confianza, se gana —y se pierde— progresivamente. No es algo que pasa de un día para el otro y no por un hecho aislado. Pero hay un día en que, sin aviso, parte del capital que se tenía se perdió.  

    ¿Fue la farsa del remate de los aviones de Pluna?, ¿el enorme déficit de Ancap?, ¿la ilusión vana del puerto de aguas profundas?, ¿los créditos a pérdida para mantener encendidas las “velitas al socialismo”?, ¿el inexistente título del vicepresidente que la senadora Topolansky dijo haber visto?, ¿la corruptela “compañera” y el amiguismo en Asse?, ¿el despilfarro de recursos en el Inefop?, ¿la aventura del desproporcionado proyecto de regasificadora? ¿El patético comunicado de la Cancillería advirtiendo a quienes viajen a EE.UU. los riesgos que viven en ese país?

    ¿Fue por los negocios turbios con Venezuela?, ¿por la defensa del régimen represivo instaurado por Hugo Chávez?, ¿por la veneración practicada por Cuba, la más longeva dictadura de América?

    ¿Debo seguir la enumeración de actos fallidos?

    Ahora, a dos meses de la elección, el candidato presidencial, el expresidente y el exvicepresidente y ministro de Economía reconocen que Venezuela es una dictadura. Hace solo dos años, en Alemania, Tabaré Vázquez declaró como lo más natural del mundo que en Venezuela existía separación de poderes… ¿Se lo habrá informado el canciller Nin Novoa?

    En la campaña del 2014 prometió mejorar la seguridad, no aumentar los impuestos, bajar las rapiñas, cambiar el ADN de la educación. Y nada de eso ocurrió.

    El candidato oficialista promete hoy hacer en tiempo de vacas flacas lo que ni siquiera se intentó en quince años de bonanza económica. ¿Por qué creerle si después de 29 años el gobierno de Montevideo sigue sin poder resolver el problema de la basura?

    Al igual que Macri, el problema que enfrenta el FA en estas semanas que faltan para la elección es el cambio de humor político de los uruguayos y la pérdida de credibilidad de sus dirigentes. La realidad sugiere, en uno y otro caso, que los dados están echados.

    Daniel Gianelli