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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLe agradezco profundamente la publicación de los siguientes conceptos que ante hechos de pública notoriedad es un respetuoso llamado a la reflexión acerca de la vigencia del profesionalismo como valor esencial en la práctica de la Medicina.
Como egresado de la Universidad de la República y con más de 25 años de docencia universitaria me considero idóneo para ensayar un aporte constructivo a un tema prioritario de interés nacional. He tenido la oportunidad y el honor de disertar sobre profesionalismo médico en múltiples ámbitos, incluyendo en nuestro país el Congreso Uruguayo de Cirugía y la ceremonia inaugural del Ciclo de Internado del año 2013. Los desgraciados hechos recientemente acaecidos en la Sala de Emergencia de nuestro Hospital de Clínicas me han impulsado a dirigirme una vez más a estudiantes, residentes e internos, a mis queridos colegas y a nuestra sociedad toda.
Si bien el concepto de profesionalismo médico data de tiempos hipocráticos, la definición moderna de la entidad es compleja y está sujeta a interpretaciones individuales (DeAngelis, JAMA 2015). La mayoría de las definiciones incluyen la excelencia en la práctica de la profesión, una preparación y entrenamiento cuidadoso, el cumplimiento de principios éticos claramente establecidos y la capacidad de auto regulación asegurando el ejercicio de la profesión dentro de estos parámetros. La profesión médica debe entonces ser concebida como una vocación o llamado fundamentalmente enfocado en la atención y el cuidado del paciente.
La encrucijada actual entre el arte de curar, la medicina como ciencia y el negocio de la atención de la salud (en el sentido que requiere financiamiento y administración de recursos finitos) han desdibujado ese enfoque. Nuestro trabajo empieza y termina con el paciente, conforme a los pilares éticos básicos de beneficencia, autonomía y justicia social. Esa base de nuestra profesión se expresa necesariamente en un determinado código moral. Desafortunadamente la larga cadena de insucesos involucrando a centros de atención sanitaria y personal de la salud han demostrado que nuestra preocupación por elevar el profesionalismo de los escombros era genuina y sólo refleja en muchos casos el fracaso de su rescate. Hemos asistido con frecuencia a un preocupante deterioro de la relación médico-paciente, el principal determinante de satisfacción y paz espiritual para el enfermo y su familia, que se basa en la confianza que el afligido deposita en quien le atiende.
Las causas son complejas y múltiples y terminan confundiéndose en acusaciones cruzadas frente a la ruptura del contrato social subyacente entre proveedores de salud, sus pacientes, los centros de asistencia y las entidades gubernamentales (Cruess, Perspectives Biol Med 2008). Es pertinente aclarar que estas causas de la crisis de profesionalismo en la Medicina no son privativas de nuestro país y se aprecian globalmente con diversos matices. Tampoco afectan exclusivamente al ejercicio de la Medicina sino que se enmarcan en fenómenos culturales y socio-económicos más complejos que involucran a la sociedad en su conjunto. Es necesario entonces intentar comprender la causa raíz de este abandono del profesionalismo y su guía esencial para poder evitar desgracias adicionales que sin duda han de llegar.
El primer aspecto es el formativo y atañe a la educación de los futuros médicos en nuestras universidades. Estamos hablando de una crisis de liderazgo. Las desviaciones en el comportamiento profesional del personal sanitario reflejan también una baja prevalencia de modelos positivos a imitar. El auténtico liderazgo ético sólo se puede basar en la autoridad moral y mal podemos exigir profesionalismo a nuestros educandos si nosotros mismos no lo practicamos a diario. Inmersos en la cultura del “por lo menos” se ha abandonado la apuesta por la excelencia, al “por lo más”, y esta tendencia es incompatible con el ejercicio cabal de la profesión médica. La mediocridad y lo vulgar, el mensoprecio por la dedicación a la formación profesional, se han vuelto moneda corriente.
En ese sentido, la divulgación de conflictos de interés, ya sean reales, potenciales o percibidos, cumple un rol fundamental en la práctica diaria del profesionalismo. Es nuestra responsabilidad como profesionales cimentar la confianza del paciente divulgando con absoluta transparencia todo compromiso material, personal o ideológico que pueda enturbiar la libre práctica de nuestra profesión.
No albergo dudas de que existe una amplia mayoría de colegas, muchos de ellos mis maestros, que a fuerza de convicción y esfuerzo personal alimentan la inquietud por formarse y mejorar, profesionales de ley que se desvelan por sus pacientes y les brindan invalorable atención. A ellos mi admiración y agradecimiento. Persiste sin embargo invariable la aseveracion “eso acá no se puede”. Las diferencias en la calidad de la atención médica no se deben atribuir únicamente a importantes asimetrías en recursos materiales. Tampoco se trata de falta de idoneidad o capacidad intelectual, que por cierto abunda. Es mi convicción que la práctica de la profesión médica más que una ocupación debe concebirse como un estilo de vida. No es factible ni ético inculcar la posibilidad de practicar la Medicina como “pasatiempo” u ocupación de tiempo parcial. El profesionalismo se ha de incorporar como materia a los programas de educación médica, ya no como entidad abstracta sino como algo tangible y real que se practica todos los días, se evalúa su desempeño y se predica con el ejemplo. El profesionalismo es un valor y no un llamado a “portarse bien”. El profesionalismo exige la idoneidad y excelencia en el conocimiento clínico pero también y de forma más importante, la compasión y empatía. El decoro y aseo personal, la calidad del lenguaje, la comunicación con el paciente y su familia, el respeto por su dignidad, son aspectos esenciales del profesionalismo. El profesionalismo debe evaluarse en la práctica y enseñanza de la Medicina por parte de paneles expertos con representantes médicos y sociales donde el paciente y su sufrimiento siempre permancen en el centro. El ejercicio de la auto regulación es una característica esencial de la profesión médica e instituciones como el Colegio Médico son avances significativos en ese esfuerzo.
Se han alzado varias voces apresuradas por condenar lo acaecido en el Hospital de Clínicas y a la vez deslindar responsabilidades. Llamativamente ninguna de esas voces se ha solidarizado públicamente con la familia del paciente fallecido o formulado un sentido pedido de disculpas. No es mi intención agregar adjetivos o contribuir a la polémica. Es innegable sin embargo que los comportamientos aberrantes se encuadran en una situación de deterioro inaceptable de algunos centros de asistencia agregado a condiciones de trabajo con frecuencia sub óptimas.
Mi único propósito, con debido respeto a todas las opiniones, es un llamado a la reflexión. Permanece en el débito una revisión exhaustiva de la estrategia educativa de las escuelas de Medicina con auténtica proyección nacional. Hace falta definir y analizar el perfil de profesionales a educar, actualizando los programas de estudio al siglo XXI mientras se asegura la representación necesaria en las distintas especialidades y se enmarca esa discusión en el ámbito académico profesional escuchando siempre la voz del paciente. Los enfermos que sufren y sus familias desconocen los sesgos político-partidarios pero no son ajenos al aislamiento, la exclusión y el abandono.
Es imperativo en este marco conceptual entrenar futuros profesionales en centros de excelencia extranjeros para luego darles la bienvenida a nuestro país y permitirles adaptar lo aprendido a la realidad nacional. Hemos de ser cuidadosos en la elección de los modelos a imitar en este esfuerzo a largo plazo. No es factible una mejoría sustentable de la atención de la salud que no incluya una revisión integral de los cupos y programas vinculados a la educación médica.
Para finalizar, deseo enmarcar el profesionalismo médico dentro de un concepto aún más profundo que es la “cultura de la vida”. Más allá de creencias religiosas, la vida es el bien supremo que como profesionales debemos proteger. En Uruguay y en muchas otras partes del mundo se suceden los debates y las leyes acerca de la interrupción voluntaria del embarazo, el consumo de drogas y la muerte asistida. Sin duda son temas valiosos a considerar y debatir en toda su vigencia. No debemos olvidar sin embargo que como profesionales médicos nuestro rol histórico y de privilegio en la sociedad es preservar la forma y la función, aliviar el dolor, devolver la esperanza y proteger la vida y dignidad de nuestros pacientes por sobre todas las cosas. Nos compete a los médicos y proveedores de salud rescatar la práctica diaria del profesionalismo como la mejor garantía de excelencia en la calidad de atención de nuestros pacientes, de nuestras familias y de nosotros mismos. Es hora de reformular derechos y obligaciones para todos los participantes de ese contrato social que es la atención de la salud. El profesionalismo no es una opción; es la única solución posible.
Dr. Juan Pablo Arnoletti
Jefe de Cirugía Oncológica
Florida Hospital, Orlando (Estados Unidos)
Profesor de Cirugía
University of Central Florida College of Medicine