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    El reloj del rey

    Columnista de Búsqueda

    N° 2069 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2020

    Luego de discurrir nueve años en Inglaterra, Chateaubriand, apagados los furores de la revolución, regresó a Francia y como todos los espíritus sensatos de la época acompañó la feliz conspiración del 18 Brumario, abrazó con entusiasmo la causa del primer cónsul e ingresó por la puerta grande a la Academia Francesa; no pasará mucho tiempo sin desengañarse. Por eso terminará criticando al régimen, especialmente en la acción policíaca conducida por Fouchet y en los abusos autoritarios y vulgares del emperador. El escritor admiraba en Bonaparte lo que le repugnaba acerbamente en Napoleón.

    Después de los bochornosos Cien Días, y como gran defensor de la Restauración, fue nombrado ministro de Estado por el tironeado Louis XVIII; ese cargo es el más alto que alcanzaría en su carrera, siendo a la vez par de Francia. Ningún título, sin embargo, lo inhibió de defender con ardor y fuertes argumentos la idea de una monarquía parlamentaria que, como en la Inglaterra de la que tanto había abrevado, fuera capaz de limitar las prerrogativas del Rey. Su coherencia fue puesta a prueba y salió victoriosa cuando el rey, en un arrebato de inexplicable nostalgia y sin entender que la realidad era muy diferente a la de su insensata juventud cuando en Versalles todo era posible, el 7 de septiembre de 1816 disolvió la cámara. Chateaubriand no hesitó en cruzar la línea del gobierno y pasarse a la oposición denunciando el enojoso exceso de poder. Curioso: el gran panfletista de la monarquía en medio de la retórica revolucionaria o bonapartista, el gran reservorio intelectual de la defensa de la tradición que juzgaba que Francia se encaminaría al progreso si era gobernado por la monarquía, el que quería salvar al rey y abroquelarse detrás de la milenaria legitimidad de la Corona, no consistió que se defraudara el derecho de la sociedad a controlar la buena marcha de los asuntos que son de su incumbencia. La paga a tal insurgencia no se demoró: el 20 de septiembre de 1816 fue destituido de su cargo ministerial y con ello perdió la gracia real que meses antes se le dispensara; ya nunca más sería par de nada ni de nadie, salvo de su sombra.

    Semanas más tarde fue asignado al servicio exterior porque ningún gobierno que se quisiera serio y que tuviera a Talleyrand entre sus cuadros directrices podía prescindir del prestigio y los conocimientos de Chateaubriand. Una embajada en Berlín y luego otra en Londres alfombraron su camino para que en 1823 le tocara presidir el Ministerio de Asuntos Exteriores, donde se enfrentó a la cuestión de la estabilidad española y a los reclamos histéricos y temerosos de Fernando VII. Pero, al promediar el año y medio de gestión, la falta de consistencia directriz del rey determinó su destitución sin mayores ceremonias. Aunque ya tenía suficiente y amarga experiencia en las indecencias y dobleces del poder, este golpe lo tomó por sorpresa: “Me echaron —dijo— como si hubiera robado el reloj del rey”. El fatuo Carlos X se apresuró a nombrarlo embajador en Roma en septiembre de 1828 y sin bien aceptó momentáneamente la distinción pronto renunció porque no acompañaba la política extraviada de monarca envarado, abusivo e injustificadamente vanidoso. Luego de la revolución de julio de 1830, que ayudó a forjar con su opinión, Louis-Philippe quiso honrarlo, pero Chateaubriand, fiel a su sincero tradicionalismo y a sus valores, le explicó sin mucha delicadeza que estaba usurpando la Corona, que no debía ser rey, sino solo regente del reino, dado que ya había un rey (el hijo del duque de Berry) y que el principio hereditario no puede sufrir excepciones. Inútil agregar que su estrella oficial se apagó aquí definitivamente.

    Chateaubriand fue saludablemente paradójico. Con buenas razones reivindicó la institución de la monarquía por ponderarla como la mejor para representar y asegurar el orden tradicional de su patria; pero no por eso consiguió llevarse bien con alguno de los cuatros reyes a los que en su momento defendió no sin altos costos para su seguridad o a veces incluso su buen nombre. Fue tan leal a su libre examen que entró en controversias con todos: con Napoleón por pretender convertirse en rey; con los reyes porque despreciaban la representación de los ciudadanos; con Louis-Philippe porque no le reconoció legitimidad dinástica; en fin, con los republicanos y demócratas radicales porque los capturó en su demagogia, en sus ambiciones menores, en la prestidigitación de las sectas y facciones.