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    El romántico fulero

    Nº 2120 - 29 de Abril al 5 de Mayo de 2021

    Son innumerables las circunstancias que influyeron, directa o indirectamente, en la evolución del tango desde su época más primitiva.

    En los años en que logra tomar distancia de la marginalidad, de los barrios pobres, y es aceptado en el centro, aparece el teatro popular, en pleno desarrollo, para darle alojamiento y destaque, incorporándolo a obras sencillas —sensibleras, han dicho ciertos críticos— que entretenían a la gente aunque duraban en cartelera poco tiempo.

    Hay un tango que la mayoría desconoce, y que tiene una historia propia imperdible, que simboliza esos años de la década de 1920: El romántico fulero, cuya letra escribió el dramaturgo Carlos Schaeffer y su música fue compuesta por el pianista Arturo De Bassi.

    Ocurrió que Schaeffer había escrito una comedia teatral homónima y necesitaba un tango entre los números musicales a agregarle. Aunque estrenado en 1923, El romántico fulero fue grabado dos veces por Francisco Canaro, primero solo instrumental en 1924 y dos años después con la voz de Azucena Maizani. El lunfardo de sus versos es el inicial, influido por el cocoliche napolitano, y es un adelantado del que se irá desarrollando muy poco tiempo más tarde:

    Mányeme que’l bacán no la embroca, / párleme que el botón no la juna / y en la noche que pinta la luna / la punga de un beso le tiró en la boca. / Aquí estoy en la calle desierta / como un gil pa mirar su hermosura / campaneando que me abra la puerta / pa darle a escondidas un beso de amor

    Sorprendentemente, en el resto de la letra el tango se refiere a personajes del momento tan diferentes como Marcelo de Alvear, entonces presidente de Argentina, y el cowboy Tom Mix de las películas norteamericanas. Ocioso parece decir que, si bien la melodía es pegadiza, añadido su carácter poco menos que inaugural en el teatro popular, quizás fue por ese texto que no solo pasó rápidamente al olvido sino que sufrió una inesperada transformación.

    Dos décadas más tarde, y nadie sabe a ciencia cierta por qué, Arturo De Bassi le propuso a Homero Manzi que hiciera otra letra a El romántico fulero.

    Y así fue que nació, con la misma música, un tango tan diferente que, hasta hoy, perdura entre los temas más resaltables en la historia de esta expresión ciudadana: un verdadero clásico.

    Dónde vas carrerito del Este / castigando tu yunta de ruanos, / y mostrando en la chata celeste / las dos iniciales pintadas a mano (…) ¡Bueno, bueno… Ya salimos…! / Ahora sigan parejo otra vez, que esta noche me esperan sus ojos / en la avenida Centenera y Tabaré

    Manzi no solo aportó su poesía romántica, simple, emotiva, sino también el nuevo título del tango, al que registró para la posteridad como Manoblanca.

    Y la referencia a la esquina de Centenera y Tabaré lejos está de ser casual.

    La avenida recuerda a Martín Barco de Centenera, sacerdote y político nacido en España en 1544, que participó con Juan de Garay en la segunda fundación de Buenos Aires en 1580 y fue el primero en emplear el nombre Argentina para designar aquel territorio; escribió, además, un poema de extenso título: Argentina y la conquista del Río de la Plata, con otros acontecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y estado de Brasil. La calle Tabaré —sobreviven testimonios de Manzi al respecto—, antes llamada Oeste, cambió su nombre en homenaje al épico poema de nuestro Juan Zorrilla de San Martín, publicado en Montevideo en 1888.

    En torno a esa esquina Homero Manzi vivió gran parte de su infancia, visitando con frecuencia una herrería propiedad de Antonio Salustiano Musladino, cuyo hijo Óscar, entrañable amigo del poeta y compañero de clase en el colegio Luppi, es el carrerito al que rememora en Manoblanca. Hay una referencia posterior pero sustantiva en Sur, escrito en 1948, cuando aparece el apunte de la esquina del herrero, barro y pampa…, que implica una confirmación de lo escrito en el tango anterior.

    En cuanto a grabaciones, El romántico fulero solo tuvo las dos de Canaro y una, que por poco olvido —y es de 1998 pero con escasa difusión—, de Walter Yonsky acompañado de guitarras. Manoblanca, en cambio, fue llevado al disco múltiples veces, destacando las versiones de Nelly Omar, Alberto Castillo, Ángel Vargas con la orquesta de D’Agostino, el Cuarteto de Juan Cedrón de modo instrumental, Carlos Souza con la orquesta de Armando Lacava y el ya nombrado y cuasi desconocido Walter Yonsky.

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