Nº 2132 - 22 al 28 de Julio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLamentablemente, con pocos meses de separación con el recordado caso de Santiago Morro García, cabe lamentar un nuevo suicidio de un futbolista; en esta oportunidad el de Williams Martínez, quien militaba últimamente en Villa Teresa, tras una larga trayectoria en nuestro medio y en el exterior. Como ya lo señaláramos en aquella ocasión, un hecho de este tipo deja al descubierto que detrás de la cara visible del fútbol (en esencia un “divertimento”) existe otra que generalmente no se conoce, plena de exigencias o dificultades que no todos sus protagonistas son capaces de soportar. Pero, incluso más allá del concreto pesar por esta muerte inesperada (que llevó a la suspensión del complemento de la reciente fecha del torneo Apertura), producen escalofrío las cifras que han vuelto a salir a luz, y que demuestran que nuestro país tiene una de las tasas más altas de suicidio del mundo, y además con una marcada prevalencia en hombres y jóvenes. Algo que impone un urgente encare interdisciplinario para discernir las razones para que ello esté ocurriendo; lo que escapa obviamente a nuestros conocimientos, y al concreto ámbito de esta columna.
Aunque con un inevitable retraso de una semana, no podemos soslayar lo que fue ese partido de ida entre Peñarol y Nacional, en el marco de los octavos de final de la actual edición de la Copa Sudamericana (un clásico exótico para estos tiempos, pero que era algo común en la última mitad del siglo pasado, aunque por la Libertadores). En la columna de ese mismo día señalábamos que, aunque Nacional venía de ganar el más reciente (en circunstancias casi inéditas), no era fácil arriesgar un pronóstico en cuanto al probable resultado de ese partido; lo que ?demás está decirlo? implicaba nuestra presunción de un cotejo parejo y de incierto resultado.
Sin embargo, los hechos habrían de encargarse de indicar lo contrario; y de un modo tan rotundo como pocas veces es dable apreciar; más allá de lo exiguo del resultado final en favor del equipo aurinegro. Es que hubo en ese partido en el legendario Parque Central una enorme diferencia entre el altísimo nivel de juego del equipo dirigido por Larriera y la correlativa bajísima performance de las huestes de Cappuccio. En efecto, cuando sus últimas presentaciones en el marco del Apertura no habían sido convincentes (su relegada ubicación en la tabla de ese torneo así lo indicaba) Peñarol ?malherido por su recientísima derrota clásica? se descolgó sorpresivamente con una producción futbolística de un nivel comparable al que exhibiera en los dos cotejos ante Corinthians, en la etapa precedente, ante el que muy poco pudo hacer una escuadra tricolor mal conformada y con un bajísimo nivel en la mayoría de sus futbolistas. Volvió a exhibir el aurinegro una marcada predisposición a proyectarse en ofensiva por ambos flancos de la cancha, sumándose Giovanni González a Canobbio por derecha y Piqueréz a Torres por el sector opuesto, con un intercambio de pases precisos y veloces, ante el total desconcierto de sus ocasionales marcadores. ¿Qué le faltó a Peñarol en ese primer tiempo? Mayor definición ante el arco de Rochet, quien igualmente tuvo que conjurar un par de jugadas peligrosas. El gol que merecía largamente el aurinegro llegó recién en los descuentos de la etapa inicial, en una larga y velocísima corrida de Canobbio, con un par de certeras devoluciones de Cepellini y del Canario Álvarez, que el puntero culminó reventando la red del arco tricolor, ante el impotente achique de Rochet. En el complemento, aunque bajando algo el ritmo, fue Peñarol el que siguió llevando las riendas del partido. Bien pudo incluso haber aumentado el tanteador, pero no estuvo fino en alguna definición (así Formiliano no pudo capitalizar un grueso error de Rochet, desviando su remate cuando había quedado solo de cara al arco tricolor). Nacional, en tanto, procuraba salir con algún aislado contragolpe, pero Ocampo, siempre celosamente marcado, no fue el mismo del partido anterior, y Bergessio quedaba muy solo y aislado, a merced de los zagueros aurinegros.
Aunque la diferencia en favor de Peñarol parecía escasa para su muy superior despliegue futbolístico, en el tramo final Larriera pareció conformarse con el resultado e introdujo algunos cambios para cerrar el partido (solo pareció justificado el de Gargano, bastante cansado). Pareció arriesgada su decisión, porque un gol no es ventaja, pero a poco de ingresado ?y ya en los descuentos? el chico Valentín Rodríguez incursionó velozmente en diagonal por su lateral, y escurriéndose hábilmente entre los titubeantes zagueros tricolores, se enfrentó cara a cara con Rochet, y con un remate que pasó entre las piernas del golero, anotó el festejado e inesperado segundo gol aurinegro. Dado que en la Copa Sudamericana el gol de visitante vale doble, Peñarol parecía haberse colocado a un paso muy corto de la clasificación, pero en la réplica, cuando el alargue ya expiraba, el implacable Bergessio pudo cazar la última de las dos o tres pelotas que le llegaron en todo el partido, y la mandó al fondo de la red del arco de Dawson. ¡Demasiado premio para un deslucido Nacional, que angustiosamente lograba sacar la cabeza a flote cuando su chance de clasificar parecía harto comprometida, por más que aún restaba jugar la revancha en el Campeón del Siglo!
Nuevamente nuestros lectores sabrán cómo se definió esta serie cuando los clásicos rivales vuelvan a verse la cara en la noche de hoy. Hay por el lado de Peñarol la lógica expectativa de repetir el excelente nivel del partido anterior, sin necesidad de introducir retoques en su alineación. Cuenta, además, con la ventaja de que Nacional debe al menos convertir dos goles para terciar en la definición de la serie; aunque ello no puede hacerle abdicar de lo que mejor hizo en el cotejo anterior, que fue su fútbol ofensivo. Radicalmente diferente es la situación del equipo tricolor. Cappuccio no tiene otra alternativa que cambiar de hombres y consecuentemente de sistema. Y deberá jugarse por un planteo obligadamente ofensivo, si pretende marcar los goles necesarios para pelear la clasificación. Quizás la suspensión de la reciente etapa del Apertura (por las razones ya señaladas) lo privó de la oportunidad de ensayar algunas variantes, a las que tendrá necesariamente que apelar para mejorar el muy magro nivel del partido anterior, cuando la superioridad del rival fue mucho más amplia que lo que expresó el tanteador. En uno u otro sentido, lo que ocurra en los primeros minutos habrá de ser decisivo. Un prematuro gol del visitante habrá de colocarlo en carrera; en tanto que si es el local quien lo anota, ya quedará directamente encaminado a la siguiente ronda del certamen. ¡Y ojalá que el arbitraje sea del estilo del de Pitana en el partido de ida, para que este choque decisivo pueda desenvolverse con total normalidad!