Nº 2156 - 6 al 12 de Enero de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace un tiempo, en uno de los tantos programas de opinión que adornan nuestra cultura, se hablaba del peligro de destrucción que corrían ciertos bienes artísticos y culturales de Siria. Si bien se podía intuir que parte de los opinantes lo pensaba, alguien lo dijo con todas las palabras: “Corren con mejor suerte las obras de arte que los países civilizados se llevaron para sus museos”.
¿Qué “países civilizados”? La destrucción y el saqueo del patrimonio cultural han sido prácticas habituales en las guerras y en las ocupaciones coloniales: se aniquilan lugares de culto, monumentos, esculturas, objetos y costumbres, en definitiva, se arrasa con el acervo tangible y el intangible de las civilizaciones. La destrucción de la Biblioteca de Alejandría, los daños sufridos hace poco por la ciudad de Palmira, la mutilación del Partenón. Así, hoy vemos la puerta de la antigua ciudad de Babilonia expuesta en el Museo de Pérgamo de Berlín, la Piedra Rosetta en el Museo Británico, el busto de Nefertiti en el Museo Egipcio de Berlín, el penacho de Moctezuma en el Museo de Historia Natural de Viena.
Dice el egiptólogo Carlos Blanco Pérez : “Ciertos museos europeos deberían plantearse si los tesoros saqueados y robados no deberían ser devueltos a sus países de origen”, y añade que “las antigüedades deben estar en el país en el que se realizaron. Son patrimonio de la humanidad pero deben ser canalizados a través del país de origen”. Sin embargo, el Museo Británico trata de justificar su rechazo a cualquier pedido de devolución de obras alegando que bajo los muros del museo los tesoros no corren peligro alguno. El mensaje subliminal termina diciendo: y ya se sabe lo que sucede cuando dejamos el arte en manos de esos salvajes.
Las metamorfosis del oro, libro del antropólogo Pablo Gamboa Hinestrosa, revive la historia olvidada del Tesoro Quimbaya, descubierto por saqueadores de tumbas en 1890 en un paraje de Quindío, Colombia. Hace 130 años el mercado de objetos indígenas ya era pujante, lo que evitó que terminara en una fundición de oro de Medellín, como tantos. La colección estaba compuesta de figuras alegóricas de mariposas, aves, lagartos, sapos, caracoles, de piezas grandes en forma de ídolos, patenas, bastones, vasijas. Lo curioso es que en 1891 una parte importante fue adquirida por el estado colombiano con la finalidad de regalársela a la reina de España, María Cristina de Habsburgo-Lorena. Hace unos años la Corte Constitucional de Colombia determinó que debían reclamarse las 122 piezas que se encuentran en el Museo de las Américas de España, y ordenó al Ejecutivo hacer las gestiones necesarias para recuperarlas. Sin embargo, a diferencia de otros casos, en el regalo que Colombia hizo a España no hubo un acto ilícito sino una donación legal que difícilmente tenga vuelta atrás.
Pero el reclamo colombiano puso el tema de las devoluciones en el candelero. Después de eso vimos la foto de un activista llevándose una escultura de un museo holandés, denunciando así el saqueo artístico perpetrado contra África. Como consecuencia, el Consejo de Cultura de Países Bajos respalda ahora su reivindicación, y dice que el patrimonio colonial es una “injusticia histórica”, y que debe devolverse sin condiciones. Veremos si las acciones acompañan a las palabras. Por su lado, Francia repatrió a Senegal el sable de El Hadj Oumar Tall, el fundador del imperio Toucouleur, y 26 objetos (de unos 88.000) del reino de Dahomey sustraídos por sus tropas a Benín durante la etapa colonial. Gracias al Memorándum de Entendimiento entre los gobiernos de Estados Unidos y Perú, se logró la devolución de 29 piezas de cerámica, 10 pinturas religiosas, restos óseos, textiles y material orgánico. Son gestos sin precedentes, es cierto, pero todavía simbólicos, insuficientes. Porque la mayoría de las respuestas a las demandas planteadas a los museos de Europa recurren al argumento del integrante del panel del programa de opiniones uruguayo: los países reclamantes son demasiado inseguros, los países reclamantes son demasiado pobres, los países reclamantes son demasiado ignorantes. Con semejante argumento, el British Museum ha rechazado el pedido de devolución de Grecia de los mármoles del Partenón.
Para el historiador Rodrigo Christofoletti, del Departamento de Historia de la Universidad Federal de Juiz de Fora del estado de Minas Gerais en Brasil, la recuperación del patrimonio cultural constituiría una forma de posibilitar que los grupos que guardan relación con las piezas se apropien de su pasado y reafirmen sus identidades. “Instituciones tales como el Museo Británico o el Louvre tienen colecciones enormes, que montaron a partir del despojo practicado durante el período colonial. Las instituciones deberían revisar su relación con la dinámica pasada de ocupación de territorios”, sostiene.
Hasta el momento, como alguien dijo, la historia del arte sigue siendo la historia de un robo. Aunque las expotencias coloniales sigan defendiendo su derecho a conservar el patrimonio artístico de otras naciones con la excusa de preservar su integridad, no se trata más que de codicia, de un intento de legitimar y mantener el saqueo del pasado. Porque, ¿quién tendría derecho actualmente a juzgar si los pueblos son aptos o no para administrar su patrimonio? ¿Quién podría aconsejar el despojo de su cultura? No hay forma de sostener esa visión supremacista digna del siglo XIX, la idea paternalista del “cuidado” del arte de otros. Hoy, la retención de los bienes de los pueblos expoliados, no es más que una forma de perpetuar la violencia del colonialismo.