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Así como Star Wars llegó a su episodio número siete y se abrió paso en 2015 con un filme poderoso que es al mismo tiempo una reelaboración, una secuela y un reinicio de la saga iniciada en la década de 1970, el relato del héroe que recibe golpes, aprende a levantarse y la sigue peleando después de haber estado en la lona, tiene una continuación que también es spin-off, una extensión que prolonga la historia introduciendo un nuevo personaje.
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Creed: corazón de campeón es el séptimo capítulo de una saga que comenzó en 1976 con Rocky, película de autosuperación dirigida por John G. Avildsen —el mismo de las tres primeras Karate Kid—, sobre un joven boxeador amateur y su sacrificado ascenso al estrellato. El largometraje fue un suceso. Recibió 10 nominaciones, de las cuales ganó tres: película, director y montaje. Impulsó la carrera cinematográfica de Stallone, intérprete con un arco de expresividad bastante restringido, pero que con este personaje pegó fuerte y estuvo nominado al premio de la Academia como Mejor actor y como guionista. Con Robert “Rocky” Balboa, Stallone construyó un personaje conforme a sus posibilidades y pudo moverse a sus anchas a lo largo de una serie de títulos que abarca cuatro décadas en la vida del púgil, su familia y sus circunstancias. Con altibajos lamentables, la odisea del luchador de Filadelfia también demuestra ser algo más que la recreación del sueño americano en el mundo del boxeo. Es también una saga de lazos familiares, de encuentros y desencuentros entre padres e hijos —la búsqueda y el desafío a la figura paterna parece ser el patrón en la serie Rocky—, de la lucha constante con uno mismo. Todo parecía haber finalizado en 2006 con la tosca y emotiva Rocky Balboa, dirigida por el mismo Stallone, que ya se había encargado de la realización de Rocky II (1979), RockyIII (1982) y la tan entretenida como vulgar Rocky IV (1985), con el duelo entre Estados Unidos y la Unión Soviética en un ring de boxeo.
Bueno, no. Apollo Creed, aquel boxeador que primero fue enemigo y luego amigo íntimo de Rocky, tuvo un hijo por fuera de su matrimonio. Se llama Adonis, se hará llamar Donnie. Su madre murió, él vive en un orfanato. Donnie es revoltoso, pelea que da miedo. Mary Anne, viuda de Apollo (Phylicia Rashad), al enterarse de su existencia, se lo lleva a vivir a su mansión, con todos los lujos y las comodidades, en Los Ángeles. El niño crece, adquiere el rostro y la musculatura del joven actor Michael B. Jordan, y el personaje, un trabajo prolijamente rutinario y un buen pasar.
La sangre tira y a la noche Donnie acude a peleas de boxeo clandestinas en Tijuana. Y la sangre tira tanto que Donnie abandona un prometedor trabajo para dedicarse de lleno al boxeo y seguir los pasos de su padre, de quien proyecta las imágenes de sus peleas en la pared de la casa para reproducirlas como una sombra. Está escrito: el jovencito se marcha a Filadelfia en busca del mejor entrenador posible, ese señor con cara de piedra que desde hace unos años tiene un restaurante de comida italiana con el nombre de su mujer, el amor de su vida, Adrian, y que es una leyenda vida del boxeo: Rocky Balboa. Al principio el veterano ex boxeador no quiere saber de nada con entrenar al hijo de su amigo, después afloja. Ahora asume por completo un papel que si bien conoció, todavía no había logrado sentirse cómodo. Como en la primera entrega, Stallone vuelve a estar nominado al Oscar al encarnar a Rocky. En esta oportunidad la nominación es como secundario.
Lo que sigue ya se puede adivinar. Los principios y las piezas que mueven el mundo de Rocky se agotan pronto, se han replicado y estirado dentro y fuera de la saga con mayor o menor precisión. Los saborizantes que hacen al estilo Rocky están integrados al universo de Creed, que es nuevo y viejo a la vez. Un rival caricaturesco como hace tiempo no se veía en una de Rocky (Ricky “Pretty” Conlan, interpretado por Tony Bellew con su mejor rostro de presidiario desquiciado), Balboa en modalidad maestro zen (“No puedes aprender nada cuando estás hablando”), combates imponentes (la pelea en Filadelfia, con la cámara metida entre los boxeadores, es impactante; la pelea final es un lindo baño de sangre), pero lo que mantenía con vitalidad a la franquicia —además de la necesidad de recaudar más—, los personajes queribles como Paulie, por ejemplo, no existen. Donnie, que llama “tío” a Balboa, es planísimo, no deja de insistir con que quiere salirse de la sombra de su padre. En los hechos, no la tiene tan difícil, ni siquiera con la vecina (Tessa Thompson), que sí está con asuntos complejos. Desde el principio se acepta que el tipo es un crack y ahí va, corre, entrena, pega, y que pase el que sigue. Lo suyo es una carrera de obstáculos casi sin obstáculos —el que la está peleando en serio, otra vez, es Balboa, aunque los guionistas no se rebanaron los sesos tampoco—. Para las próximas entregas, tal vez.
Creed: corazón de campeón (Creed). EEUU, 2015. Dirección: Ryan Coogler.Con Michael B. Jordan, Sylvester Stallone, Tessa Thompson, Phylicia Rashad. Guion: Ryan Coogler y Aaron Covington. Duración: 133 minutos.