Nº 2183 - 21 al 27 de Julio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay una vieja frase muy repetida: cada tango es una historia. Cada tango es, en esencia, como un cuento, el relato de alguna anécdota. Pero cuando se apela a esa frase se está pensando en otra cosa: la trayectoria muchas veces excéntrica de ciertas obras al discurrir del tiempo.
Recuerdo haber escrito, hace unos años, acerca del tango Zaraza, de Benjamín Tagle Lara. Pero, como me ha ocurrido en otros casos, he descubierto hechos añejos que se convierten en detalles nuevos, y por eso reincido. No creo que exista otro tango que haya viajado alrededor del mundo abarcando tantas regiones y con un impacto casi inexplicable.
Tagle Lara fue un letrista y compositor de muy corta vida —nació en San Telmo, Buenos Aires, en 1892 y falleció en la capital argentina en 1932— que comenzó a escribir a los 20 años y, sin embargo, fue autor de gran cantidad de tangos y canciones criollas, aunque pocas obras suyas alcanzaron el éxito, se podría mencionar, solo como ejemplos, a Puente Alsina, Trapo viejo, Una tarde, El trovero y Congoja.
Aunque quienes más le grabaron sus temas fueron Ignacio Corsini, Agustín Magaldi, Azucena Maizani y Rosita Quiroga, escribió Zaraza estando en Uruguay, en 1928, especialmente para Gardel, con quien ese tango inició su insólita travesía, pues el Mago lo cantó reiteradamente durante sus estancias en Francia y España. No obstante, al regresar el intérprete a Buenos Aires comenzaron las curiosidades: en 1929 se negó a grabar el tema al enterarse de que su amigo y admirado colega Ignacio Corsini lo cantaba, con enorme repercusión, en sus presentaciones en obras teatrales de la época. Para compensar de algún modo a Tagle Lara, Gardel le pidió a su excompañero de dúo, y entonces ya representante, José Razzano, que lo llevara al disco; si hoy fuese hallable esa placa, se oiría a un cantor experimentado pero que lucha, sin posibilidades, con el inevitable desgaste de sus cuerdas vocales. Un mes después Corsini grabó Zaraza y terminó con cualquier intento de competencia.
Pero la semilla plantada por Gardel en Europa había germinado. Zaraza —una palabra de dudoso origen gitano que significa “maravillosa”— apareció primero en Rumania y luego en países vecinos. Y cuenta, ¿la historia real, la leyenda?, que Cristian Vasile, un cantor y galán de teatro rumano, aproximadamente en 1930, se enamoró de una bella prostituta de un cabaré de Bucarest, a la que llamaban Zaraza y a la que dedicó ¡un tango! que tituló, vaya originalidad, con ese nombre.
Quienes lo han escuchado aseguran que, salvo por ciertos giros de su anécdota, con desvíos neuróticos excesivos, es una burda copia de la creación de Tagle Lara. La cuestión es que Vasile logró en Rumania y naciones vecinas una resonancia sorprendente, al punto de que un narrador contemporáneo, Mircea Cartarescu, escribió un libro sobre esta peripecia y en 2008 fue filmada por el director de cine Sergiu Nicolaescu una película, El superviviente, basada en tan desmelenada historia de amor, desvirtuada parcialmente por intereses políticos del momento.
A esto habría que sumar el testimonio de un viejo periodista deportivo argentino, que durante el mundial de 1962, un sudamericano y la final intercontinental de 1970 en distintos países y al recorrer lugares nocturnos de diversión escuchó, ya por una orquesta, ya por un pianista, distintas versiones del zarandeado tango.
Todo lo relatado se vuelca inexorablemente hacia lo absurdo, apenas se pone atención a los versos del Zaraza original. Una historia gauchesca de amor frustrado contada por un carrero que le habla, en realidad, al buey que lo conduce:
¡A la huella, huella, Zaraza! / ¡Huella, huella, guay! / Volverá la ingrata a su casa / o andará por ahí… / Que si yo la viera, Zaraza, / le hablaré ¡velay! / ¡A la huella, huella, Zaraza! / ¡Huella, huella, guay! (…) Buey Zaraza, tus ojos tristones / mirando la huella parecen buscar / el milagro de aquellos pasitos / que al irse la ingrata no supo dejar…
Sí, lector. Quizás Tagle Lara ignoraba el origen de la palabra, que en el Río de la Plata suele confundirse con las voces lunfardas sanata o sarasa, cuya acepción tiene que ver con el palabrerío vacío, con el discurso sin contenido o, como acostumbramos a decir aquí, con el “verso”.
Aunque lo más conmovedor es que Zaraza, para Tagle Lara, era un noble buey que, picaneado, llevaba al lloroso hombre abandonado.