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    El tango y la Iglesia

    Nº 2163 - 24 de Febrero al 2 de Marzo de 2022

    A partir de la Guardia Vieja, ya definido como clásico, el tango tuvo una relación conflictiva con la Iglesia católica, atemperada al pasar de las décadas hasta llegar a una suerte de convivencia pacífica, serena.

    Pero no puede olvidarse, por ejemplo, que en 1914, en Francia, en declaraciones a la prensa, el cardenal Amette, arzobispo de París, dijo: “Es un baile lascivo y ofensivo para la moral”.

    ¿Por qué en Francia? Hay que recordar que allí la Iglesia católica era muy conservadora y socialmente influyente, y el tango, empujado por los pioneros que llegaban de Argentina para imponer esa música bailable, había cosechado sus primeros éxitos incluso entre gente de la alta sociedad. Ni siquiera bajó la tensión de la Iglesia católica cuando el propio presidente, Raymond Poincaré, asistió con su esposa a un espectáculo donde actuaba la orquesta de Canaro. A esto se añadió —sorpresivamente— que, a miles de quilómetros, en Estados Unidos, adonde también había arribado el tango, The New York Times expuso en un editorial su respaldo “a la nueva danza”, destacando a los personajes de la nobleza europea que la bailaban.

    Lo cierto es que en Francia, Italia y otras cortes europeas el tango fue censurado por inmoral a instancias del Vaticano.

    Entretanto, en las capitales del Río de la Plata, esa relación con la Iglesia católica exhibía un matiz relevante: las críticas eran más sonoras en Buenos Aires, y también muy severas e impositivas, mientras en Montevideo la situación sugería un disgusto sin tanta agresividad; no debemos olvidar que en Uruguay amanecía el republicanismo laico —un Estado independiente de las creencias religiosas— que ejerció en lo cultural una gran incidencia.

    Hay que preguntarse ahora si todo el rechazo provino de la forma sensual de bailar el tango. Pues no. La música popular ciudadana de nuestra región, ya a fines de la década de 1910 y comienzos de la siguiente, en sus estribillos y letras completas volvieron usual un hábito: “La recurrencia a un ser superior al que se le implora, interpela o exige”, tal cual han coincidido los historiadores Gobello, Salas y Pinzón.

    En ese sentido, se mencionan solo algunos ejemplos muy claros de esa corriente poética: ¡Padre nuestro!, de Delfino y Vacarezza; Piedad, de Luis de Biase y Percuocco; Misa de once, de Tagini y Guichandut; La Novena, de Bonano y Bigeschi; Al pie de la Santa Cruz, de Delfino y Battistella; Mariposita, de Aieta y García Jiménez; La capilla blanca, de Marcó y Di Sarli, y Medallita de los pobres, de Enrique Marino y Scolatti Almeyda.

    Sin embargo, por encima de las épocas, fue Discépolo quien más se apoyó en referencias religiosas, de base católica, entre sus más de 40 tangos compuestos. Se hallan en Que vachaché (Si aquí ni Dios rescata lo perdido / ¿qué querés vos?, ¡hacé el favor!), Canción desesperada (¿Dónde estaba Dios / cuando te fuiste…?) y Uno (Pero Dios te trajo a mi destino / sin pensar que ya es muy tarde / y no sabré cómo quererte…), aunque la mayoría de los entendidos coincide en que esa influencia explota en Tormenta (Si hoy la infamia da el sendero / y el amor mata en tu nombre, / ¡Dios! lo que has besao… / El seguirte es dar ventaja, / y el amarte es sucumbir al mal…).

    De este tango sentenció un profesor que tuve en preparatorios de Abogacía hace 60 años —y admito que ya lo he contado—: “Tormenta es la mejor interpretación contemporánea del Libro de Job de la Biblia”. En fin. Ya aclaré que, desde mediados del siglo pasado, todo ha cambiado.

    No obstante, cerraré con dos experiencias de un gran danzarín argentino, Casimiro Aín, bailando con una funcionaria del Consulado de su país, de apellido Scotto, ante la solemnidad de dos papas que querían ver de modo directo “ese baile tan controvertido”.

    El primer espectador fue Pío X, quien observó con cierto entusiasmo bailar el tango Ave María, y que al final dijo “no haber advertido ninguna procacidad” —lo que comenzó a aflojar las tensiones en Italia—, aunque agregó que se había aburrido mucho “y prefería la furlana”.

    El segundo fue su sucesor, Pío XI. En este caso, Aín y su pareja cerraron el baile con una figura donde, después de un giro, ambos terminan de rodillas frente al Santo Padre. Dicen que dicen que el papa siguió toda la exhibición en silencio y, tras ese final, se levantó y retiró a sus aposentos en absoluto silencio.

    Quizás sea leyenda.

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