N° 1903 - 26 de Enero al 01 de Febrero de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Qué es lo que puede salvarse del viento, de la indiferencia, del olvido? Un extremo es la desesperación de Funes, en Fray Bentos, que está condenado a no olvidar nada, a guardar todo lo que vivió, vio o pensó, que busca desesperadamente la muerte solo para descansar de tanta memoria. El otro extremo es la ingratitud, especie a la que están habituados los pueblos y las personas y sin la cual sería imposible escribir libros de historia, componer memorias o diarios íntimos donde siempre los otros llevan la peor parte, promulgar leyes o decretos vengativos, constituir en mérito personal el esfuerzo, ingenio o audacia de los antepasados.
Estos dos polos viven en su eterna tensión y de algún modo se anulan uno al otro de modo alternativo y casi rutinario. Lo interesante es lo que ocurre en el medio; allí es donde verdaderamente tiene lugar la gran escena de la tragedia humana que es el campo abierto de las intermitencias entre olvido y memoria, el espacio de los encuentros fortuitos con el pasado, que nos asalta cuando menos lo esperamos o menos lo necesitamos y, claro está, también allí se encuentra todo el dominio de las búsquedas pacientes, obsesivas o caprichosas que nos llevan a preguntar a cuenta de qué tanto sonido y tanta furia en eso que conocemos con el nombre de Historia. Precisamente en la vecindad de esa zona hay un solar de magnitud no despreciable que ocupa la imaginación. Lo que debería saberse pero se ignora, aquello de lo que hay trazas, pero no hechos. Lo que la injuria de los siglos ha devorado empecinadamente subsiste en la fábula, recurso por excelencia para hacer posible la continuidad de la conciencia de las sociedades.
Las pocas noticias que nos han llegado del templo de Artemisa en Éfeso, como la de Strabon, en el apartado vigesimosegundo de la primera parte del capítulo XIV, el dedicado a Jonia, de su famosa geografía del mundo, son deplorablemente avaras. Nos cuentan que fue construido en torno al siglo VI a.C., que la diosa Artemisa allí venerada no era igual en silueta, porte y atributo a la bellísima que celebraban los griegos. Sabemos también que fue construido en función de la concepción genial de Chersiphron, el arquitecto cretense, y seguido por Metagenesio y Teodoro con el financiamiento, aparentemente desprendido, de Cresus, rey de Lidia, que conquistó la región. Strabón nos revela, como al pasar, el hecho más significativo: “Este templo fue, como todo el mundo lo sabe, incendiado por un tal Heróstrato”.
Esa lacónica conjetura convertida en dato fue suficiente para que el historiador de fábulas Marcel Schwob concibiera en detalle el episodio y abundara en las características del templo: “Las pesadas columnas que lo sostenían fueron embadurnadas de minio. Pequeña y oval era la sala de la diosa, en cuyo centro se alzaba una prodigiosa piedra negra, cónica y reluciente, marcada por doraduras lunares, que no era otra que Ártemis. (…) De las paredes colgaban anchas hojas de acero, con mangos de oro, que servían para abrir las gargantas, y el suelo pulido estaba tapizado de cintas ensangrentadas. (…) La gran piedra oscura tenía dos tetas enérgicas y picudas. Así era la Ártemis de Éfeso. Su divinidad se perdía en la noche de las tumbas egipcias, y había que adorarla según los ritos persas. Poseía un tesoro encerrado en una especie de colmena pintada de verde, cuya puerta piramidal se hallaba erizada de clavos de bronce. Allí, entre anillos, grandes monedas y rubíes yacía el manuscrito de Heráclito, quien había proclamado el reinado del fuego. El propio filósofo lo había depositado allí, en la base de la pirámide, cuando la construían”.
Y enseguida describe minuciosamente el legendario siniestro: “El año 365, en la noche del 21 de julio, cuando no subió al cielo la Luna y el deseo de Heróstrato adquirió una fuerza inusitada, decidió violar la cámara secreta de Ártemis. Tiró de la cortina de Ártemis y acercó la mecha encendida al paño inferior. La tela ardió al principio despacio; luego, por los vapores de aceite perfumado que la impregnaban, la llama subió, azulada, hacia los artesonados de ébano. El terrible cono reflejó el incendio. El fuego se enroscó en los capiteles de las columnas, reptó a lo largo de las bóvedas. (…)Heróstrato se erguía en medio del resplandor, clamando su nombre en la oscuridad. (…) Los guardias cogieron al criminal. Lo amordazaron para que dejara de gritar su propio nombre. Fue arrojado en los sótanos, atado, durante el incendio”.
El pasado siempre es literario.