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Con gran pesar he constatado que, en el año cuando conmemoramos el cuatrociento aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, se le sigue agraviando seriamente en un punto.
Consiste en la arrevesada interpretación que se hace de su frase: “El galgo de su autor” (en el capítulo X de la Primera Parte del ‘Quijote’), refiriéndose a Cide Hamete Benengeli (el pretendido autor arábigo de la novela).
Cervantes jamás quiso insultar a Cide Hamete: pocas líneas más adelante lo llama “puntualismo historiador”, y sigue elogiándolo de alta manera durante el resto de la novela.
Cervantes usa la palabra galgo en su acepción de “huelgo, aliento”, en la exacta manera con que la usamos en el Río de la Plata cuando, en una carrera, decimos de un corredor que “¡no le da el galgo!, con lo cual significamos que el corredor no tiene fuerzas, que no le da el aliento para llegar a la meta.
Cualquier fonólogo es capaz de dar cuenta de los dos o tres sencillos pasos que hacen que “huelgo” se cambie por “galgo”.
Esta observación la hicimos ya en nuestro breve ensayo “20 contra Corominas”, publicado por la editorial ORBE-Libros en el año 20. Al parece, nadie ha tomado noticia, y la Real Academia continúa sin agregar la acepción “huelgo, aliento” a su entrada galgo.
Resulta de ello que en todas las traducciones (y llevamos examinadas unas cuantas), se insiste en que Cervantes agravia a Cide Hamete Benengeli calificándolo de perro (“galgo”). En alemán cambian “perro” por “asno” (Esel). ¡Vaya un alivio para el pobre Cervantes!
¿Cómo no advertir la grave sospecha que arroja esta malinterpretación sobre la honorabilidad del gran Manco, que cambia su juicio en forma tan voluble? Hay una sombra de hipocresía que es necesario eliminar de urgencia.
Lo saluda con atenta consideración.
Roberto Larrea
CI 3.443.411-4