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    El tono de gris que más nos conviene

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2180 - 30 de Junio al 6 de Julio de 2022

    Uno de los problemas habituales al discutir asuntos públicos es la tendencia a conversarlos como si solo existieran en su versión extrema. Esto es, como si la conclusión a la que debemos arribar una vez discutidos es, siempre y necesariamente, un cien o un cero. Como si en vez de discutir asuntos reales estuviéramos charlando sobre cuestiones teóricas o abstractas que no tienen antecedente alguno y ninguna conexión con la realidad. Es lo que suele ocurrir cuando en vez de discutir sobre lo que existe se discute exclusivamente sobre utopías o sobre “tipos ideales”, como los llamaría Max Weber.

    Por poner un ejemplo que siempre está ahí: la discusión sobre la relación entre el Estado y el mercado. Cuando uno escucha a los defensores del libre mercado, pareciera que los Estados existieran desde hace dos días y que sin su presencia distorsionadora el mercado, que existe desde siempre, podría operar perfecta y libremente. Del otro lado, cuando uno escucha a los defensores de la presencia absoluta del Estado en todos los aspectos de la vida social, pareciera que no existe ninguna experiencia previa al respecto y por lo tanto ese es un camino interesante para recorrer por primera vez en la historia de la humanidad.

    Sin embargo, sabemos que eso no es verdad. Que esos esquemas puros e incontaminados existen solamente en las cabezas de sus defensores. Y que tenemos ejemplos suficientes, en un sentido y otro, para saber que las cosas no son así. Sabemos que en los países en donde el Estado falla o directamente no existe, el libre mercado tampoco existe porque, en ausencia de reglas que se apliquen a todos, suele ser el más fuerte quien impone al resto las condiciones del intercambio. Buenos ejemplos de falta o ausencia de Estado son países como Liberia o Somalia.

    Del otro lado, existen experiencias en el presente (y unas cuantas más en el pasado más o menos reciente) de cómo son las sociedades en las que el Estado es omnipresente y no deja hueco alguno a la iniciativa (o a la vida) privada. Países como Corea del Norte, por ejemplo, que son ya una suerte de muletilla o lugar común que los defensores del libre mercado arrojan, con razón, a la cabeza de los defensores del estatismo a ultranza. Países en los que muchos de esos defensores de las versiones radicales del estatismo no querrían vivir ni 10 minutos.

    Si estamos de acuerdo en que esas versiones extremas no suelen producir resultados deseables, si sabemos empíricamente que no mejoran la vida de los ciudadanos, parece claro que la discusión debería ser no tanto sobre el blanco y el negro como sobre los matices del gris que debemos aplicar. Especialmente si vemos que son los países que más cuidadosamente eligen el tono de gris, basándose en la evidencia disponible, aquellos en donde la calidad de vida de la población es más alta. Esto es, en vez de discutir si nuestra meta debería ser Somalia o Corea del Norte, quizá sería mejor discutir si nos interesa arrimarnos a Dinamarca o a Suecia, dos países que históricamente han mejorado la calidad de vida de sus ciudadanos usando distintos tonos de gris en sus decisiones. Dinamarca es notoriamente más liberal que la más estatista Suecia, pero la calidad de vida de sus habitantes se destaca por igual en el orbe.

    Obviamente no estoy diciendo que sea una papita enfilar en la dirección de esos dos países y obtener sus resultados. Pero, sin duda, son mejores ejemplos que los que habitualmente usan los defensores de los tipos ideales a ultranza. Y, ojo, mencioné esos dos países porque son reconocidos en sus logros. Hay otras democracias que no pondría como ejemplo precisamente por su tendencia al blanco y negro y a su no siempre adecuada búsqueda del mejor gris. Sin embargo, son países que de una forma u otra han aceptado que la búsqueda de un equilibro entre Estado y mercado es necesaria. Pienso en España, Uruguay o México, en los que he vivido. Los tres son países que discuten, con mejor o peor suerte (peor que Dinamarca y Suecia sin duda), cuál debe ser el tono que mejor se adecúe a su trayectoria histórica, a sus expectativas como sociedad y a sus posibilidades reales. Mal o bien, con todos los defectos que se les quieran encontrar, los tres discuten sobre las proporciones de Estado y mercado sin creer que uno de los polos debe desaparecer.

    Pero claro, plantear la charla pública como la búsqueda del tono de gris que mejor funcione es algo que carece por completo de épica y es muy poco vendible. “Vote a Cacho, él se compromete a tener cuidado y a medir con precisión y de manera constante las proporciones de blanco y negro necesarias para encontrar ese gris en el que todos vivamos mejor” es una consigna que no atrae a nadie. En las democracias de mercado como las nuestras es mucho más fácil vender promesas radicales que luego (por suerte) no se cumplen. Eso para que enseguida arranque el siguiente ciclo electoral y sean otras las promesas más o menos incumplibles las que sean prometidas. Es mucho más difícil vender aburrimiento que diversión radical.

    Sin embargo, la política real en una democracia consolidada como la nuestra debería ser por definición aburrida. Más allá del radicalismo de redes (soltar una burrada agresiva provoca más tráfico que decir algo razonable y eso lo premia el algoritmo, que justamente vende ese tráfico), es evidente que la inmensa mayoría de lo que llamamos política es en esencia la gestión aburrida del tono de gris. Tengo la convicción y ya lo dije en alguna columna vieja: más allá de que a veces la épica puede ser un buen disparador de la política, la relación entre ambas es más estética que estadística. La mayor parte de la política real no se preocupa por si el Estado debe desaparecer o ser lo que Milei dice que debe ser. O de si Corea del Norte es un gran ejemplo a seguir.

    No es solo que la burocracia se dedique a repetir rutinas que, aunque puedan parecer un embole, en general suelen ser necesarias para nuestra convivencia. Es que incluso los políticos innovadores y brillantes no suelen hacer las cosas en los términos épicos y extremos en que a veces se plantean en el debate público. Esa radicalidad, ese plantear las cosas en términos de cien o cero, es funcional a la política entendida como un espectáculo, a esa hoguera de vanidades narcisista en que la vida pública parece haberse convertido. Pero no es funcional en absoluto a la política real, esa que se ejecuta en despachos con poco brillo y glamour.

    Así que una cosa son nuestros sueños húmedos sobre el “deber ser” de las cosas comunes y otra, muy distinta, las tareas reales que debe acometer una democracia para intentar encontrar los caminos a la mejora del colectivo. Las primeras pueden ser tan radicales como nos plazca, sabiendo que a la postre difícilmente tendrán vida real. Las segundas, en cambio, son el camino que de verdad transitaremos colectivamente. Por eso, a pesar de su falta de charm y de brillo, nunca viene mal reivindicar la política real y su modesta búsqueda del tono gris que más nos conviene.

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