N° 2070 - 07 al 13 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn un pasaje que nunca dejo de admirar Chateaubriand, desvelándose por el daño que llevó adelante la revolución, dijo que la igualdad y el despotismo tienen vínculos secretos; y me permito agregar: es cierto, la construcción de las tiranías conoce fuentes diferentes, consignas contrastadas y hasta marcos referenciales muy distintos; pero como esos ríos que provienen de los cuatro puntos cardinales a desembocar en el mismo mar, así los que están en la montaña o en el llano, los que fruncen la nariz o los que levantan el puño terminan construyendo una realidad que es la misma para la persona diaria, para quien la política nada significa salvo el fastidio, solo equiparable al pago de impuestos, de tener que soportarla y atenderla cuando lo obligan. El problema de la redención no es de programa, sino de aplicación del programa que sea: las tiranías se hacen con presión, con desprecio, con amenaza y con el ejercicio directo de la violencia, con desconocimiento craso de las personas.
Por eso es valioso el aporte del vizconde Chateaubriand cuando enseña acerca de la importancia que tuvo el concurso de la religión cristiana en la formación no solamente del repertorio de valores que encuadran a Occidente, sino también en sus determinaciones políticas; no creía, como los revolucionarios, que la monarquía centralizada fuera una formulación derivada y superviviente del feudalismo, sino su grosera negación, particularmente debido a ciertos reyes que, como Louis XI, ejerciera la tiranía en nombre de la felicidad pública. Creía, con buen criterio histórico, lo que hoy ya está demostrado y en su tiempo era imposible incluso mencionar, a saber: que el feudalismo había sido fuente de las libertades que luego la modernidad adoptaría como suyas.
En su certera mirada pudo discernir Chateaubriand que para la retórica revolucionaria el mundo resultaba cruelmente binario: hubo feudalismo (este término curiosamente reunió para los jacobinos tanto el régimen feudal como la monarquía absoluta y por lo tanto revistió como sinónimo de opresión total) y luego vino la revolución, que es sinónimo de libertad y cuyos representantes, en virtud de esta falacia, tienen la licencia absoluta para hacer un barrido total y vengativo del pasado. Ese es el puro jacobinismo. En su perspectiva histórica, que va en contrario sensu de toda la heredad bibliográfica conservadora y también revolucionaria, la libertad, cristiana o feudal, es el elemento vertebral de la emergencia civilizadora, una realidad forjada en el equilibrio de derechos, deberes y en el respeto de las jerarquías y de los fueros y espacios de cada actor de la sociedad. Ese universo fue progresivamente restringido por la monarquía centralizada que provocará la reacción de 1789 y que a su vez se replicará en el democratísimo insolente que desde entonces se ha cebado del honor de las naciones y del derecho de las personas.
Será este pensador de los primeros que reaccionará contra la especie construida desde el iluminismo con el afán de satanizar a la Edad Media. Deberemos esperar hasta bien entrado el siglo XX, con los estudios de Bloch, de Le Goff y de Pernoud y Duby mucho más tarde, para que se vaya redescubriendo un universo maldecido por los amos de la razón que se hicieron con el poder político y dictaron la historia conforme a sus embelesadas preferencias ideológicas.
La posición histórica de Chateaubriand conduce a una visión infrecuente del problema contemporáneo de la libertad. Nos va a recordar que la libertad solo es posible si está arraigada en la tradición y si es defendida por una élite unida a su preservación. La ruptura con el pasado y la democracia desenfrenada conducen a la tiranía y, aunque sus defensores afirman los principios de 1789, en realidad están situados en las antípodas. De ahí se sigue que no solo la tradición es necesaria para la libertad, sino también la religión. Chateaubriand entiende, además, que no se puede defender la libertad sin virtud, que la corrupción y el desvío terminan disolviendo cualquier derecho, aboliendo todas las garantías que son necesarias para que el respeto tenga preeminencia sobre la anarquía y la prepotencia.
Es necesario, proclamará, saturar de legitimidad la libertad. Y eso es algo que solo se alcanza con la virtud.