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    El virus, la guerra, las palabras

    Columnista de Búsqueda

    N° 2067 - 16 al 22 de Abril de 2020

    Resistir al coronavirus será, dentro de un tiempo, un mal título de una mala novela o de una película clase B.

    Mientras tanto y en mi casa en Francia, como en casi todas las casas del planeta, todos los días son domingo y yo resisto mientras puedo la prohibición de salir. Pero hoy es un día distinto, me vestí, me peiné, salí a comprar el pan y las provisiones, a respirar el aire con la esperanza (secreta, inconfesable) de hablar con alguien, de intercambiar unas palabras frente a frente. Apenas di unos pasos y en la puerta de la iglesia me encontré con el alcalde del pueblo donde vivo, un señor mayor y sonriente que se detuvo a saludarme. De lejos, como corresponde. Después de un par de fórmulas de amabilidad, me comunicó que la basura de papeles y plásticos podrá volver a sacarse este miércoles, que las botellas todavía deberán esperar a que vuelva el servicio de recolección de vidrio, y que nosotros, todos juntos, triunfaremos sobre el enemigo. Por un momento dudé si se refería a triunfar sobre la basura (que ya nos desborda, justo es decirlo) e iba a preguntárselo, pero algo me dijo que no lo hiciera. Después él levantó la mano con el puño cerrado, lo agitó un par de veces, me deseó un buen día y se fue.

    ¿Triunfaremos sobre el enemigo?

    Los políticos fueron los primeros en apoderarse de la metáfora bélica. “Guerra contra un enemigo silencioso”, “esto es una batalla contra un virus”, declaró el gobierno argentino. En España, Pedro Sánchez habló de “una guerra nunca antes librada” y presentó un plan con “etapas y objetivos” para alcanzar “la victoria”. “Estamos en guerra”, dijo Emmanuel Macron mirando fijamente a la cámara en uno de sus discursos a la nación francesa: “El enemigo es invisible y requiere nuestra movilización general”.

    En Uruguay tampoco nos hemos privado de darle una épica al discurso vernáculo. El senador Manini Ríos habló de “una suerte de guerra contra un enemigo invisible” y la senadora Topolansky mencionó la conveniencia de “un impuesto de guerra”. A su vez, el expresidente y senador colorado Julio María Sanguinetti evaluó que “habría que encarar una economía de guerra”. Por su parte, el canciller Ernesto Talvi opinó que el acontecimiento (de la pandemia) “tiene sitiado al país”. El presidente de la República, Luis Lacalle Pou, urgió a “ganar esta batalla en el menor tiempo posible”.

    Guerra, batalla, enemigo, movilización, victoria, trincheras. La retórica belicista pasó de boca de los políticos a la prensa y luego, cómo no, a nosotros, los hablantes en general. El mensaje y la forma, inevitablemente, permearon todas las esferas, incluyendo las íntimas.

    No es un caso inédito. La manera como hablamos de la pandemia está plagada de estereotipos, de generalizaciones y simplificaciones. Su complejidad y sus particularidades quedan reducidas a expresiones sencillas, fáciles de entender: a lugares comunes. ¿Y qué puede haber más obvio y directo que la jerga militar para referirse a la pandemia? Puede parecer primitivo, pero es eficaz y rezuma virilidad: vencer al virus, triunfar sobre la pandemia, batallar contra el enemigo, ganar la guerra, estar en la primera línea.

    David Grossman, ensayista y periodista en el conflicto palestino-israelí, dice que “el lenguaje con el que los ciudadanos de un conflicto prolongado describen su situación es tanto más superficial cuanto más prolongado es el conflicto”. Expone cómo, en Israel, el lenguaje utilizado “gradualmente se va reduciendo a una secuencia de clichés y eslóganes” creados por los entes oficiales que gestionan el conflicto (y que son) irradiados por los medios de comunicación al público. Los medios de comunicación, dice Grossman, distorsionan aún más la representación de la guerra, al “ofrecer a su público una historia fácil de digerir”.

    Una primera explicación que justificaría la insistencia en la utilización de la lengua de la guerra en el discurso público mundial sería la de allanar la narrativa, restarle complejidad y matices a los hechos, y de esa forma trasmitir, de manera simplificada, la gravedad de la situación. Podría pensarse también que la metáfora militar crea o busca crear una cohesión que facilite la obediencia entre la población, la disciplina a la hora de pedir un confinamiento estricto. Hasta se podría pensar que busca justificar un aumento de los mecanismos autoritarios del poder estatal, y allá cada uno con sus hipótesis respecto a los fines que perseguiría ese incremento de poder.

    Aunque el relato de lucha se ha usado siempre y a propósito de temas tan variados como el amor (batalla de los sexos, amantes guerreros) o la naturaleza (invasión de la selva, guerra con las plagas), no estaría de más recordar que cuando hablamos de una emergencia sanitaria no hay dos bandos diferenciados como tal, no hay trincheras ni hay un verdadero enemigo, y que el uso reiterado de estas referencias es todo lo contrario a algo tranquilizador, especialmente con una situación tan delicada como la que se tiene que gestionar ante una pandemia.

    Cuando llegué al almacén la empleada, una mujer joven que sonríe todo el tiempo, hablaba con un cliente y le decía que había que “enfrentar esta situación unidos”. No había necesidad de escuchar los intercambios previos para saber de qué hablaban, porque buena parte del discurso oficial ha estado articulado en torno a la “unión” frente a la “desunión”, al “nosotros” frente a un “yo” egoísta: un claro posicionamiento del “todos” frente a la amenaza común y al individualismo egocéntrico. ¿Alguien en el almacén podría no haber estado de acuerdo? No. ¿Se teje una historia oficial y se empieza a perder, sutilmente, la libertad de ver las cosas desde otro ángulo? Quizá.

    La retórica bélica debería despertarnos una alerta porque pide (¿exige?) disciplina y acatamiento y sacrificio, porque señala un supuesto enemigo que hoy es un virus y que mañana pueden ser personas, porque habla de levantar muros, hoy contra la pandemia y mañana quién sabe contra qué peligro. Se podría pensar además que las invocaciones a la obediencia de la población, aunque legítimas y necesarias en este momento, podrían dejar expedita la vía a una futura restricción de las libertades individuales. No sería extraño, en algunos países ya se está hablando de implementar tecnologías de control, como en cualquier distopía. Porque el Estado, todos los estados del mundo, tiene tendencia a avanzar en el control de la vida, y la pandemia puede ser su oportunidad.

    El lenguaje no se limita a describir una realidad, a veces la crea. Estamos ante un problema real que exige una narración real para encontrar soluciones reales: ni esto es una guerra ni nosotros somos soldados. Esta crisis no se resuelve con ataques de mortero ni con gestas y discursos heroicos ni con aplicaciones que vigilen nuestros desplazamientos. El mundo necesita pensar palabras distintas, relatos verdaderos que hablen de leyes sociales, de inversiones en salud, en vivienda y educación, de una justa distribución de la riqueza.

    Habrá que estar atentos cuando la situación empiece a remitir, cuando sea la hora de recuperar derechos, cuando sea la hora de recuperar nuestras palabras.

    Hasta entonces resistiremos al coronavirus, hasta que se transforme en el mal título de una mala novela o en una película clase B.

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