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    Elecciones (II)

    Sr. Director:

    Por la positiva. Las campañas electorales se están desarrollando a todo vapor, pero con demasiada frecuencia se generaliza una confusión al respecto: muchos creen que una campaña electoral es equivalente a una campaña publicitaria. No es así. Las campañas electorales incluyen un despliegue publicitario pero contienen mucho más.

    La campaña electoral del Partido Nacional está organizada —como todas— en torno a un eje: las figuras de sus candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia, Lacalle Pou y Larrañaga. Esa campaña trae, desde las internas, algunos rasgos exitosos que saltan a la vista; ha sido caracterizada y definida por su principal protagonista como campaña por la positiva.

    Si se interpreta esa frase como un mero ardid publicitario, una “pegada” propagandística, el efecto favorable, reflejado en todas las encuestas de intención de voto, tendrá poca vida y se desinflará tan rápidamente como se infló.

    Si, por el contrario, todas las voces —candidatos, integrantes de las listas, militantes, secretarios, ayudantes— descubren y entienden que la acogida entusiasta a ese concepto se debe a que no es propaganda sino un reencontrado y renovado valor político que corresponde a modalidades de un nuevo Uruguay que está podrido de la política de conventillo, de los dimes y diretes entre candidatos y partidos, que está harto de la crítica destructiva, de los propósitos de medrar con las pálidas, de la poca generosidad en admitir lo bueno que otros han hecho… si esto es reconocido, hay efectivamente una renovación partidaria protagonizada-descubierta por el candidato del Partido Nacional.

    El espíritu de ese planteo por la positiva le ha permitido al Partido Nacional ocupar el centro del escenario, que todos se refieran a él, tener la iniciativa, marcar los perímetros donde se juega la campaña electoral y ha descolocado visiblemente a sus adversarios. De ahí se desprende algo de menor categoría, ya no de principios sino de buena estrategia: el candidato repite en todos sus discursos, yo no hablo de los demás, hablo del Uruguay, de lo que el Partido Nacional quiere hacer por los uruguayos y con los uruguayos.

    Pero tanto la estrategia como aquel hallazgo renovador y de fondo quedan comprometidos cuando se empieza a hablar de los demás y en tonos ácidos (por ejemplo, como ha ocurrido recientemente con el PIT-CNT) perdiendo así la iniciativa, dejando gratuitamente de ser el que propone para ponerse en el lugar del que responde, es decir el que corre de atrás, olvidando que las rectificaciones o aclaraciones son generalmente inútiles: tus amigos no las precisan y tus enemigos no te las creen.

    Las campañas electorales son algo más que campañas publicitarias; son esfuerzos gigantescos que permiten, si son bien manejadas por los dirigentes políticos, sacudir inercias y rutinas y volver a excavar tanto en las tradiciones y razón de ser de los partidos como en el inconcluso y permanente diálogo con la realidad de un mundo cambiante y —en este caso nuestro— con la realidad de un Uruguay que ha cambiado mucho sin que haya habido debida cuenta de ello.

    Por la positiva ha resultado ser el nombre de un encuentro intuitivo entre una dirigencia política joven con un Uruguay nuevo. La campaña electoral, hasta ahora (y ojalá siga así) pasó a ser un proceso de búsqueda y encuentro de sentido en un contexto de renovación. Hay un partido que medio descubrió, medio produjo una corriente de afinidad con modos de ser y de vivir de un Uruguay diferente al que era hasta hace poco. Como ese partido produjo signos que le resultaron interesantes a ese Uruguay que no sabíamos que era tal, se produjo una respuesta (que tampoco esperaban los expertos, que son conocedores del viejo Uruguay).

    La campaña electoral viene, según algunos, muy flojita de contenidos. Me parece una afirmación discutible. En todo caso, no viene vacía de sentido (ni de sorpresas). Se han generado signos que han producido efectos en buena parte de la opinión pública, han producido contactos de los que ha saltado una chispa de entusiasmo y de compromiso, se han inaugurado diálogos y enamoramientos que —como siempre en esos casos— si se manejan adecuadamente (y con un poco de suerte), abrirán caminos para una relación duradera y consistente.

    Si no es así, si no se manejan bien, se habrá perdido una oportunidad. Nos pasará como a aquel viejo galán que, al cruzarse hoy con aquella joven interesante de los años mozos, ahora madura, piensa: si hubiese encontrado la palabra o recogido aquella mano insinuada, se habría podido dar algo fantástico entre nosotros… Pero no se animó y no hubo nada.

    Un blanco