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    domingo 23 de junio de 2024

    Elecciones y narcotráfico

    Nº 2238 - 17 al 23 de Agosto de 2023

    No se puede mirar para el costado. Sería un error importante de todo el sistema político uruguayo que no tome debida nota de lo que está pasando en la región con el tema del narcotráfico y las campañas electorales. No somos una isla. Al revés, cada vez se hace más evidente que estamos en la ruta de los que se dedican a los negocios ilegales vinculados a las drogas y que sus imperios montados con dinero sucio se comienzan a instalar en estas tierras.

    En las últimas semanas dos acontecimientos sacudieron la ya castigada estantería democrática de América Latina. Ocurrieron en países con situaciones mucho más complicadas que la nuestra, pero sería de una ingenuidad imperdonable menospreciarlos y verlos como algo de otro mundo.

    El primero involucra a Nicolás Petro, hijo mayor del presidente colombiano, Gustavo Petro. El primogénito del mandatario de Colombia, con participación en la campaña electoral de su padre, fue acusado de lavado de activos y de enriquecimiento ilícito. Su respuesta en una primera instancia fue que era inocente; luego afirmó que durante la campaña presidencial ingresó dinero ilegal proveniente de grupos vinculados con el narcotráfico y la corrupción. El caso está en plena investigación, con idas y vueltas de todo tipo, y causó una gran tormenta en los pagos de Gabriel García Márquez.

    El segundo ocurrió hace ya una semana en la capital de Ecuador, Quito. Allí, luego de un mitin político, fue asesinado de varios balazos el candidato presidencial Fernando Villavicencio, a pocos días de las elecciones en ese país. Era el postulante que más estaba creciendo electoralmente y se ubicaba segundo en la intención de voto, según varias encuestas. Había llegado a la política a través del periodismo de investigación y había sido el encargado de develar el modus operandi de varias organizaciones mafiosas vinculadas con el narcotráfico.

    Horas después del asesinato, que quedó registrado mediante una filmación amateur porque ocurrió en plena calle, a la salida de un colegio en el que había tenido lugar el acto proselitista, un grupo de unas 10 personas, autodenominado Los Lobos, se lo atribuyó. Con pasamontañas negros cubriendo sus caras y metralletas en sus manos, responsabilizaron a Villavicencio de no haber cumplido con su palabra, luego de que ellos le aportaron millones de dólares para su campaña. Y anunciaron que seguirían con los otros postulantes que no honraran sus compromisos.

    Antes, hace ya bastante tiempo, escenas similares o hasta peores se comenzaron a ver en otros países de América Latina, incluyendo asesinatos de políticos, jueces, periodistas y ciudadanos inocentes. Eran tiempos de crecimiento del narcotráfico, un mal que ya está absolutamente instalado y sigue en expansión.

    En estos momentos, por ejemplo, uno de los narcotraficantes más buscados de la región es uruguayo y muchos de los cargamentos de cientos o miles de toneladas de cocaína incautados en Europa tienen como puerto de origen Montevideo. A su vez, todos los días se suceden las noticias de homicidios por ajustes de cuentas entre bandas de narcos —de “pesos pesados” del mundo de la droga que visitan o, directamente, viven en Uruguay— o de organizaciones internacionales que ya apoyaron alguno de sus tentáculos al oriente del río Uruguay.

    Mientras, el sistema político no logra ponerse de acuerdo en una ley de financiamiento de los partidos políticos y se acerca la campaña electoral, cada vez más cara de sostener desde el punto de vista económico. Es cierto que en Uruguay hay normas que sirven para controlar lo que ingresa a los partidos y las fórmulas presidenciales y cómo se ejecuta, pero no está de más fortalecer los controles.

    No es que desconfiemos de nuestros políticos. Todo lo contrario. Si aquí todavía no ha habido ningún caso importante de vínculo entre narcotráfico y política es porque la estructura democrática y las colectividades que la sostienen todavía están sólidas.

    Ese es un diferencial muy importante de Uruguay con respecto a una región cada vez más convulsionada. El grave error sería creer que es para siempre. Porque ahora la tentación parece estar al alcance de la mano y por eso es momento de instalar muros mucho más altos para que nadie, por más fuerte que sea, pueda atravesarlos. Nos va la vida en ello. Literalmente.