N° 1761 - 24 al 30 de Abril de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDante dijo que en la Commedia expresó lo que nadie ha dicho jamás de una mujer en términos de admiración, de agradecimiento, de ruego. Un par de siglos más tarde Ludovico Ariosto vino a caminar sobre esa huella que se quiso fecunda y ya sin la necesidad de soportar teológicamente su reconocimiento a ese hombre imperfecto del que habló Aristóteles, destinó algunas páginas memorables de su Orlando furioso a trazar un halago de la mujer, de su valor. Hay pasajes que asombran; otros que meramente emocionan.
Nunca me cansaré de recomendar este libro pletórico de maravilla y de sorpresas, suerte de jardín encantado donde toda belleza y toda expectación son posibles, es deseada, es creíble. Así, tenemos una muestra miscelánea del universo narrativo en distintas formulaciones: las insensatas aventuras de los caballeros que buscan y pierden damas que se esconden o misteriosamente se fugan o son prolija o desordenadamente conquistadas, los combates singulares entre hombres y entre hombres y dragones, los saltos escénicos, la autorreflexividad constante donde el narrador se disculpa, se muestra perplejo o embarazado o interpela al lector. Es precisamente en estas últimas intervenciones donde, más que propiamente en las partes narrativas, Ariosto indica su rendido aprecio por las no siempre reconocidas virtudes de la mujer.
Copio un fragmento del Canto XXXVII (pag 791): “Si como en obtener aquellos dones que no da sin industria la Natura las valiosas mujeres se fatigan noche y día con suma diligencia y largo esfuerzo y logran grandes cosas; si se aplicasen con igual denuedo a los estudios con los que se hacen los mortales virtudes inmortales; y si hubiesen podido por sí mismas hacer las alabanzas de sus logros, sin mendigarlas a los escritores, que tienen tal rencor y tal envidia, que el bien suelen callar, por más que sea, y esparcen todo el mal que encontrar pueden, entonces llegaría su renombre más alto que la fama de los hombres. Muchos no se conforman con hacerse mutuas alabanzas de sus obras, e intentan además que se descubra toda pérfida acción de las mujeres. No quieren ser por ellas superados y procuran hundirlas (me refiero a los antiguos) para oscurecerlas, como procura con el sol la niebla. Mas no hubo ni habrá mano ni lengua que en las palabras o el papel consiga (por más que aumente el mal cuanto es posible y empequeñezca el bien con mil ardides) de tal manera enmascarar la gloria de las mujeres, que no quede un poco, pero tan poco, que no alcanza el punto, y de los hombres se distancia mucho. Mas no por eso abandonéis, mujeres que soléis obrar bien, vuestro camino, y que de vuestra empresa no os aparte el temor de que no os concedan gloria, pues igual que no hay bien que dure siempre, tampoco durarán las cosas malas”.
En otra parte del relato, exactamente en el Canto XX, Ariosto se propone dedicar su afición por el mundo clásico y su no desmentida erudición a levantar una encendida apología de la mujer en la historia. Mi tentación inmediata es reproducir entera esas más de seis páginas de celebración de las grandes mujeres de las que dan cuenta algunos de los textos antiguos que Ariosto maneja con esa familiaridad que es inherente a la cercanía de espíritu más allá de la distancia de veinte siglos que separa al renacentista Ariosto del idealizado de Grecia y de Roma. Pero en nombre de la buena vecindad me ciño apenas a unos pocos, pero memorables versos del discurso: “Las mujeres antiguas alcanzaron gran primor en las armas y en las letras, y el brillo de sus bellas y gloriosas obras se difundió por todo el mundo. Harpálice y Camila son famosas por su gran excelencia en la batalla; Safo y Corina por su gran cultura, y su esplendor no conoció penumbra. Las mujeres alcanzan la excelencia en cualquier arte de los que cultivan, y en los libros de historia puede verse que continúa su preclara fama. Por largo tiempo ha carecido el mundo de nuevos casos, pero el mal influjo no es eterno y han sido silenciadas, acaso por la envidia o la ignorancia. Y me parece ver que en nuestro siglo brillan con tanta fuerza las mujeres, que correrá su nombre en el futuro sobre un torrente de papel y tinta, y así vosotras, lenguas maldicientes, os iréis al hondón de vuestra infamia”.
Emociona comprobar que la grandeza de los grandes poetas empieza por su capacidad para admirar. Esa humildad es un privilegio de los que no temen, de los que son grandes sin necesidad de explicarlo.