N° 1991 - 18 al 24 de Octubre de 2018
N° 1991 - 18 al 24 de Octubre de 2018
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“¿No sabes que podría invocar a mi Padre y él, al momento, me mandaría más de doce ejércitos de ángeles? Pero así había de suceder, y tienen que cumplirse las Escrituras”. (Jesús, Evangelio según san Mateo, capítulo 26, versículo 53.)
No lo vi pero me lo contaron: Judas Iscariote fue un traidor. Su nombre —con “J” de Jesús y de Juan y de júbilo— es el más despreciado de la era moderna por obra y gracia de su puntual participación como miembro de los Doce, inmortalizado para siempre como el apóstol que entregó a Jesús a los soldados de Caifás.
Judas fue un traidor, pero es también algo más que eso: es el mal esencial, la miseria del espíritu, la negación. Judas es el antihéroe. Dante Alighieri, el Poeta, lo ubica en el último anillo de su Infierno, con el peor de los castigos y en el sitial reservado para el peor de los pecados. Iscariote es aquel que sucumbió inescrupulosa y cobardemente ante el poder del mal, la Historia está escrita, pero algunas señales evidencian el error que la Iglesia aún está a tiempo de reivindicar, aunque para hacerlo deberá prescindir de esa necesidad imperial de tener un enemigo reconocido.
Por lo que se sabe, no puede entenderse al Dios de los cristianos sin entenderse la Santísima Trinidad, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres que son uno, que es Dios, que es todo. Jesús —el hijo— se hizo carne para venir al mundo como salvador, para revelarse y rebelarse como tal, y para lograrlo necesitaba algo más que unos cuantos milagros: necesitaba sacrificarse para salvar a la humanidad y ser cordero de Pascua, que quita el pecado del mundo. Necesitaba morir para resucitar. Necesitaba el cruel dolor de la tortura para acceder al divino poder de la eternidad.
¿Puede asimilarse a Jesús, tal como lo conocemos, sin su Judas Iscariote? No, es imposible. El hombre de las 30 monedas cumple un rol esencial en esta historia, un rol mucho más relevante que el de Pedro como fundador de la Iglesia o que el de Juan como el discípulo más querido. Su aporte es determinante y únicamente comparable con el de María, la mujer virgen que se entrega al Señor para concebir en sus entrañas al hijo del hombre. En el Evangelio (Jn 13:18-19) Jesús dice: “No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra mí. Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy”. Lo dice él, no lo digo yo; está escrito y —puesto en la disyuntiva— parece mucho más sencillo cumplir la voluntad de Dios desde el rol narrador de Mateo o de Marcos que desde el asumido por Judas, pero alguien tenía que hacer el trabajo sucio y ahí estaba Iscariote para entregarse a su Señor.
Jesús entró a Jerusalén montado en un burro y sabiendo que estaba yendo rumbo al dolor y la muerte. Lo anuncia él mismo pero aun así entra, a pesar del consejo de los apóstoles. Durante tres días —los últimos tres días— Jesús va a predicar al templo, profetiza su fin, se enfrenta a sacerdotes y fariseos, desata su ira ante los mercaderes, se declara rey de los judíos, dispone la última cena, entrega su carne y su sangre en el pan y en el vino, duda y se atormenta en Getsemaní, prohíbe la resistencia de sus discípulos y se entrega al dolor último de verdadero hombre. Jesús hace todo lo necesario para dar muestra de su condición —de su ambigua condición— porque es importante para lo que viene. Es necesario mostrar que es verdadero Dios pero solo una vez que se ha mostrado como verdadero hombre.
¿Cómo pensar el cristianismo sin el vía crucis y sus doce etapas, la agonía en la cruz, el sepulcro y el domingo de Resurrección? ¿Cómo pensar los 2.000 años de Iglesia sin la Pasión? ¿Cómo pensar a Jesús —y por añadidura, a Dios— sin la valiente actitud del hombre que pegó su nombre a la más humillante de las memorias para cumplir con lo que estaba escrito?
Judas es el ejemplo último de entrega, sacrificio y voluntad. Es el puto amo de esta historia. Es el hombre que tiene la difícil tarea de entregar a su líder para cumplir con un destino mucho más amplio, que responde a la divinidad y no a lo mundano. Dura misión la del hombre que después de entregar a Jesús se deshizo de sus monedas y se ahorcó en un árbol para no convivir con una memoria que lo atormentaba y que no podía asimilar, porque lo hizo confiando pero sin entender, como es natural a todas las tareas que son de encargo de Dios.
Se me da que no hay dos lecturas; no puede haberlas. Si lo de Judas fue un acto espontáneo y de traición real, la historia del cristianismo es una historia de casualidades. Si Iscariote es realmente un traidor convencido y a sabiendas, Jesús fue un oportunista que supo estar en el momento y en el lugar indicados, la Virgen es una señora que fuma y Dios no tiene hijos reconocidos.
Judas, no tengo dudas, es el héroe. Es el otro cordero de Dios, el olvidado, el que se sacrificó para siempre y el que debe estar ahora a la izquierda del Señor, dirigiendo un coro de ángeles, comiendo uvas de la parra y riéndose del Dante.
“Se han llenado de tristeza al oír lo que les dije pero es verdad lo que les digo: les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya, el Protector no vendrá a ustedes. Yo me voy y es para enviárselo”. (Palabras de Jesús. Jn 16:6-7)