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    Empresarios, ¡al paredón!

    N° 1757 - 20 al 26 de Marzo de 2014

    Todos sabemos “que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé...” entre todas las profesiones y oficios a lo largo y ancho de la historia de la humanidad. Y con los empresarios no es la excepción: los hay excelentes, innovadores y responsables, y también los hay mequetrefes, abusadores y miserables. Pero la historia también nos señala que los más han sido los primeros, y los segundos, casos excepcionales.

    Esto es así por la sencilla razón de que dentro del sistema capitalista (basado en la libre competencia) es impensable que una empresa sobreviva si no cuida de sus productos, de sus clientes y de sus trabajadores. Esto solo puede suceder en los países estatistas, socialistas o totalitarios, donde hay monopolios que transforman a los clientes en rehenes y donde la rigidez del mercado laboral hace que los empleados se parezcan más a esclavos. Uruguay conoce demasiado bien de esta triste realidad.

    Pero no son los empresarios los que promueven este régimen, que solo beneficia a unos pocos prebendarios. La inmensa mayoría de los empresarios son emprendedores que ofrecen sus productos y servicios en forma voluntaria, sin forzar a los clientes a comprarles y sin forzar a los empleados a trabajar para ellos. Si un empleado está hoy en una empresa es por su propia voluntad y ha entendido que esa es su mejor oportunidad. Que la agradezca, que la cuide y que se cuide. Y si ve que eso no es posible, que se vaya a otra mejor o que cree la suya propia.

    La protección al trabajador en materia de seguridad laboral pasa más por capacitarlo y hacerle entender las bondades de cuidarse en una obra, que en pretender culpar penalmente al empleador. El primero que debe cuidarse es el propio obrero, cosa que pocos hacen; pocos se colocan el cinturón de seguridad por motu proprio al subirse al auto y muchos lo hacen para evitar que “Papá Estado” lo descubra y lo multe.

    Bajo el paraguas de la “noble intención” de evitar accidentes de trabajo (¡¿quién puede estar en contra de tal iniciativa?!) se embiste contra el empleador, cualquiera sea su condición y su intención. Esta es la lógica de la “lucha de clases” promovida por los sindicatos comunistas, quienes lo ven todo en términos de “enemigos” y “luchas”, que terminan en la “dictadura del proletariado”.

    Esta “dictadura” (el solo hecho de escribir esta palabra me provoca escalofríos) no es diferente a ninguna otra: eliminarán las libertades individuales, la propiedad privada y, por lo tanto, el derecho a la vida. Porque, ¿cómo puede concebirse el derecho a vivir por sus propios medios si uno no puede ser dueño de los medios para producir sus propios ingresos?

    Que hay empresarios miserables e irresponsables, los hay. Y sobre ellos deberá caer todo el peso de la ley y todo el peso de la condena social, empezando por sus propios colegas empresarios. Pero la ley promovida por el gobierno cívico-sindical tiene un fin ulterior: desprestigiar al empresario y al emprendedor como factótum del progreso de una sociedad y proteger al Estado y al burócrata: ni ministros, ni directores de empresas públicas, ni funcionarios públicos de ningún tipo serán encarcelados por más negligentes e inútiles que sean. El estatismo por sobre el individualismo.

    Por eso, sir Winston Churchill, un gran defensor de la libertad individual, decía: “Muchos miran al empresario como el lobo que hay que abatir, otros lo miran como la vaca que hay que ordeñar y muy pocos lo miran como al caballo que tira del carro”.

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