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    En búsqueda de la seguridad perdida

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    Para aquellos que están vinculados a la actividad agrícola, en especial los que financian insumos, hay un antes y un después de la campaña de verano 2018. Como me dijo recientemente un colega que trabaja en ese sector, el sentir de muchos se resume en algo muy simple: todo cambió. El negocio cambió, las garantías que se piden para financiar cambiaron y la relación con los clientes no es la misma.

    Naturalmente siempre existieron ovejas descarriadas que pudiendo saldar sus deudas no lo hicieron y las generalizaciones siempre son malas. La realidad indica que el sector agrícola tiene un enorme problema financiero entre manos y que no tiene fácil solución en el corto plazo. Igualmente, más allá de que surjan soluciones de fondo, de alguna forma el financiamiento va a aparecer aunque sea a tasas leoninas.

    La primera pregunta es: ¿cómo llegamos a este punto?, ¿es que los agricultores uruguayos son poco diligentes en la gestión de sus empresas?, ¿es que los costos se fueron de las manos?, ¿es que el rendimiento de los cultivos no acompaña?, ¿es que los precios no son los adecuados?. ¿O es una suma de factores y todos los anteriores explican en parte el problema con mayor o menor énfasis?.

    Si uno mira el rendimiento nacional de los cultivos de verano ve parte de la explicación: nos cuesta crecer en productividad. Y para asegurar ese crecimiento de forma sostenida y estable se requieren herramientas que no tenemos disponibles fácilmente y que tomará tiempo desarrollar como para que sean una solución masiva.

    Una de las cosas más chocantes es encontrar agricultores que sin haber tenido incumplimientos, la estructura de garantías que antes usaban ya no es suficiente. Es común escuchar: quiero asegurarme de que me vas a pagar. Hay una pérdida de confianza muy fuerte entre los actores que no es fácil de revertir y que es parte integral de la angustia de haber financiado durante años y no lograr repagar las deudas.

    Los actores buscan desesperadamente sacar el riesgo del sistema y transferirlo a cualquier costo a un tercero en un contexto donde los márgenes son muy exiguos y el sistema no soporta más costos. Naturalmente, quien vaya a tomar el riesgo de no pago de un agricultor a su proveedor de insumos tiene muy claro que si le demandan el producto, por algo es, y el premio por asumir el riesgo no será nada menor. La desesperación hace que surja con fuerza la demanda por el instrumento, sin medir mucho los riesgos en los que se incurre ni la forma en la que diseñan las soluciones.

    Cuando empiezan las demandas por seguridad nos damos cuenta de lo cruel que resulta el no tener sistemas correctos de información, para lograr hacer la vida más simple a los agentes del sector. Nos llenamos muchas veces de una burocracia inútil que es incapaz de anticiparse a las demandas del sistema de negocios agrícola y de ese modo, estar a la altura de las circunstancias. El Estado debe estar al servicio de sus ciudadanos y no al revés, pues para eso cobra sus impuestos y debería dar los servicios acorde a esta realidad.

    No todos se van a salvar de esta crisis. Aquellos que se encuentran en estado crítico la tienen muy difícil para conseguir el financiamiento que necesitan. Ahora nos damos cuenta de que nos falta un fondo de garantías agropecuario, un sistema de trazabilidad eficiente para lograr prendas de cultivo a bajo costo y mejores coberturas de seguros para ir al menos conteniendo la marejada. Tenemos por ejemplo, el Plan de Uso y Manejo de Suelos que sin dudas es muy importante, pero que en esta coyuntura uno se pregunta cuál es su utilidad cuando todo se cae a pedazos.

    ¿El Estado le va a poner una multa a quien incumpla su plan de uso de suelos porque solo tiene una alternativa rentable que es la soja?¿Vamos a llegar al ridículo de pedirle a un agricultor que se arriesgue a fundirse por cumplir con una política de cuidado del medio ambiente que no sabemos si funciona y que nadie ha auditado de forma independiente a ver si da los resultados deseados?

    El ingenio uruguayo de atar las cosas con alambre no va a estar ausente en esta ocasión. Alguna solución aparecerá. Lo que me asusta es que siempre llegamos tarde y mal. Hay que empezar a pensar a partir del peor escenario (y no el optimista que la soja que viene nos salva a todos, que ojalá y ocurra). Pero, y si eso no pasa, ¿cómo salimos de este pozo cada vez más hondo?

    (*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Universidad ORT.

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