N° 1896 - 08 al 14 de Diciembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA fines de los 60 Peñarol “contrató” al ex boxeador olímpico “Tito” Votta y a otros colegas para integrar su “pesada”. Algunos dirigentes los identificaban como “becarios”. Otros clubes también usaban similar respaldo para defenderse de hinchadas rivales o intimidarlas. Aquella violencia fomentada desde las cúpulas era juego de niños comparada con la que desde los 80 se “importó” de Argentina junto con la denominación de “barrabravas”.
La semana pasada varios “barras” fueron a la cárcel por delitos graves. Hace unos años, incapaz de controlar a quienes había prohijado y fomentado, Peñarol acordó con los “referentes” (los jefes mafiosos) entregarles entradas y otras prebendas para que evitaran que los “barras” generaran violencia. Negoció con terroristas y abrió la Caja de Pandora: aumentaron su poder y exigencias mientras tejían vínculos con el narcotráfico. Si no los contemplaba, amenazaban con disturbios que afectarían al club con la pérdida de puntos. Transcurrido un tiempo los desmanes continuaron y ante diversas presiones y evidencias se decidió terminar con las dádivas.
Pero como los “barras” consideraban que la institución tenía obligaciones con ellos debido a una larga complacencia, el 28 de noviembre decidieron vengarse: produjeron una hecatombe de desmanes, rapiñas y una tentativa de homicidio a un funcionario policial.
La Comisión Disciplinaria de la AUF decidió lo lógico: que Peñarol perdiera el partido. En lugar de pacificar, el presidente, Juan Pedro Damiani, azuzó el fuego. Cuestionó el fallo y abonó el rencor entre los hinchas aurinegros al responsabilizar a la AUF y al Ministerio del Interior. Antepuso el interés de Peñarol y sus enfrentamientos personales al bien común.
“¿Qué podrían haber hecho los directivos, sus técnicos, sus jugadores, sus funcionarios y todos los que conforman esta enorme institución para combatir esa organización delictiva?”, preguntó Damiani en conferencia de prensa. La respuesta es simple: esa “enorme institución”, por serlo, no debió fomentar históricamente a los mafiosos, que ya lo eran y bien lo sabían. Tenían la obligación de no convertirse en cómplices. En cambio, cobardemente admitieron y negociaron con esos delincuentes en lugar de enfrentarlos. Como se dice en el fútbol, “no pusieron lo que hay que poner”. Además, Damiani mintió una y otra vez, negando la dádiva de entradas.
En lugar del mea culpa que correspondía les echó la culpa a otros y dijo que esos “delincuentes” nada tienen que ver con Peñarol. ¿Por qué no lo denunciaron hace años cuando compraban su adhesión con entradas y otras dádivas? No se atrevieron. El miedo es un sentimiento natural ¡Claro que sí! Pero cuando llegaron a ese mundo corrupto sabían a quiénes se enfrentaban. Los “delincuentes” no surgieron de la nada. Lo son desde muchos años antes del 28 de noviembre. Si no se atrevían o no podían combatirlos, debieron renunciar. Pero la notoriedad, embriaga e impide ver que “ser dirigente da notoriedad, pero quita prestigio”, como afirma el ex presidente de la AUF José Luis Corbo.
¿Por qué ubicar a Peñarol en el centro de esta cuestión?: porque es históricamente responsable. No es el único, pero es el mayor.
Desde España el presidente Tabaré Vázquez dejó por un momento las negociaciones comerciales y reaccionó contra los violentos: “La policía debería agarrarlos de los fundillos y tirarlos para arriba de las chanchitas”.
¡Sí, señor! ¡Tiene razón! Pero también participó de la siembra: “Cuando voy a ver a Progreso al Centenario me olvido de que soy el presidente del club, a tal punto que nadie puede decir que me haya visto en el palco oficial. Voy al talud, al lugar donde está la hinchada de mi cuadro. Si jugamos en la cancha nuestra, no voy a la platea, me pongo detrás del arco con mis amigos. Y como soy un pasional le grito al juez, a los contrarios, a los líneas, a la hinchada rival. No me soporta nadie, (…) he ido a los camarines de los árbitros; (…) confieso con vergüenza que me he agarrado muchas veces a golpes de puño, (…) me descontrolo”. (Entrevista de César Di Candia, Búsqueda Nº 504 de 28 de setiembre de 1989).
Ante esa admisión Di Candia le comentó que entendía por qué algunos lo apodaban “el energúmeno”.
Probablemente el tiempo mitigó aquella agresiva pasión de Vázquez, pero domina a muchos. En todas las canchas gobernantes, dirigentes políticos, profesionales, empresarios y académicos reaccionan como energúmenos desquiciados. Con la pedagogía de esa elite poco se les puede exigir a los de más abajo.
Alguien exhortó a terminar con la violencia para defender la postulación de Uruguay como sede del Campeonato Mundial de 2030. ¡Más demagogia! ¿A quién se le ocurre que Uruguay, aun con Argentina, pueda lograrlo? Compite con Australia, Nueva Zelanda, Singapur, Colombia, Chile y México. Y como en la FIFA todo sigue igual (o casi), el dinero, las “influencias” y los negocios, pesan. Es una candidatura liquidada, pero como con la violencia, continúa la venta de espejitos de colores.