Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáGobernar una democracia es cada vez más difícil. No solo por el constante aumento de asuntos y temas que se plantean y el paralelo crecimiento de la maquinaria estatal, sino porque, además, el sistema ha desarrollado una suerte de trampa suicida.
Primero hay que levantar expectativas y multiplicar compromisos en las campañas electorales, donde los participantes están entrampados en una mezcla de beauty contest y remate (sin base). Hoy en día es sencillamente imposible hacer una campaña sin promesas (varias por persona y muchas personas en carrera).
Terminado el copetín, se abre la etapa de gobernar, que ya se sabe cómo es:
— recursos escasos;
— intereses encontrados;
— pesadas burocracias, que juegan partidos propios y tienen prioridades también propias;
— grupos de presión;
— y un elenco político que tiende a considerar la realidad en períodos electorales: necesidades de largo aliento evaluadas en tiempos políticos.
— Y no te digo nada cómo se complica todo si, además, no tenés mayoría parlamentaria.
Creo que fue Kennedy quien dijo que gobernar es elegir entre “the impossible and the unpalatable”.
A lo anterior se suma un factor que, siendo de la esencia de la democracia, opera como una lima que la erosiona constantemente. Me refiero a la libertad de expresión. La democracia es el único sistema que alienta su propia crítica.
Este cocktail permite, sobre todo en sociedades propensas al pesimismo (como la nuestra), instalar verdades virtuales negativas y hasta catastróficas, contra las cuales es muy difícil luchar.
Eso es exactamente lo que está sucediendo en el Uruguay. La izquierda (sobre todo la sindical) ha conseguido instalar en la gente una versión bastante siniestra de la realidad: una inflación disparada, salarios y jubilaciones deprimidos, caída del consumo, aumento de la pobreza, crecimiento de la brecha entre ricos y pobres…
¿Y cuál es la “realidad real”? Prácticamente todos los países del mundo están pasando por un período inflacionario (de hecho, la nuestra es inferior a la de los EE.UU. y está pareja con la europea); la caída de ciertos ingresos (no deseable, pero tampoco es un desbarranco) tiene lógica explicación en la pandemia y también en la inflación. Por otra parte, las señales más recientes son de recuperación. Lo mismo ocurre con el consumo y en cuanto a los indicadores de pobreza y de desigualdad; tienen vaivenes como ha ocurrido siempre. Al mismo tiempo, crece la producción (en todos sus rubros), así como las exportaciones y la inversión y los indicadores de trabajo y desempleo muestran resiliencia ante la crisis.
En suma, para un país pequeño, periférico y en vías de desarrollo, el cuadro económico y social no está nada mal.
Pero, además, a la hora de mirar el país, debemos sumarle otras cosas, enormemente valiosas, que solemos dar por regaladas: estabilidad democrática, respeto por el Estado de derecho, paz social…, por mencionar solo algunas.
El cuadro falla por las premisas: nuestras expectativas, que no paran de crecer a lo largo de los años y hace rato que sobrepasaron el mundo de lo posible (que no es, precisamente, el de las promesas electorales). Tenemos que madurar por nuestro propio bien y realzar que gobernar es mucho más difícil que exigir.
Barack Obama en su autobiografía (A Promised Land) trae una reflexión serena y certera sobre esto, luego de compartir, en un viaje a la India, sus experiencias de gobierno con las del primer ministro indio, Manmohan Sing (traducción mía): “Él había hecho su parte (…), mantenimiento del orden constitucional, atención a lo cotidiano (…), ayudando a empujar el PBI y expandiendo la red de seguridad social. Como yo, él había llegado a creer que eso era todo lo que cualquiera de nosotros podía esperar de la democracia… No saltos revolucionarios, ni grandes transformaciones culturales, ni soluciones rápidas para toda patología social o respuestas duraderas para aquellos que buscan sentido y explicación para sus vidas. Simplemente la observancia de reglas que nos permitan clarificar o por lo menos tolerar nuestras diferencias e (intentar) políticas gubernamentales que eleven los niveles de vida y mejoren la educación, lo suficiente para morigerar los impulsos más bajos de la humanidad. Excepto que ahora me pregunto si esos impulsos de violencia, codicia, corrupción, nacionalismo, racismo e intolerancia religiosa (…) son demasiado fuertes para que cualquier democracia pueda contenerlos permanentemente”.
Esto viene de quien, se supone, ocupó el lugar de máximo poder en el mundo.
Es curioso, todos entendemos con facilidad que el proceso de maduración de un niño pasa por ponerle límites y hacer que los entienda y acepte. Pero después nosotros mismos no captamos que lo mismo debe ocurrir con nuestras vidas en una democracia.
Ignacio De Posadas