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    Esa noche

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2091 - 30 de Setiembre al 6 de Octubre de 2020

    En la mirada de William Shakespeare, y en general para toda la pléyade de los poetas isabelinos, no hay nada más perfecto en su tiempo que traer desde el fondo de la recién redescubierta civilización antigua una cuestión universal que puede encontrar correlatos y síntesis en la sociedad contemporánea: mostrar que el viaje de Italia a Londres es el circuito obligado de toda cultura que se precie de su exquisitez, de su actualidad, de su novedoso sentido de la tragedia y de la belleza. La violación de Lucrecia es todo un símbolo de esa orgullosa cruzada y para mí una de las obras más perfectas que emergieran de su pluma.

    El tema de la obra tiene que ver con el crimen perpetrado por el hijo de Tarquino el Soberbio, último rey de Roma. A partir de este incidente será derrocado y en su lugar se instalarán las instituciones de la República (509 a. C.). La anécdota de la pieza refiere aparentemente a un hecho ocurrido en la campaña de conquista de los romanos sobre los Rútulos. Mientras acampan en Ardea, los oficiales romanos se reúnen después de la cena en la tienda del hijo del rey, también llamado Tarquino, para socializar y contar historias. Poco a poco comienzan a ensalzar las virtudes de sus esposas. Un oficial, Colatino, se jacta de que su esposa Lucrecia es la mujer más bella y virtuosa de todas. Dice Shakespeare: “Quizá este nombre de casta fue lo que, desgraciadamente, agudizó el filo no embotado de su irresistible deseo, cuando Colatino, sin poder reprimirse, celebró con imprudencia la mezcla incomparable de rosa y blanco que resplandecía en aquel firmamento de su felicidad, donde luceros mortales, tan luminosos como las magnificencias del cielo, le reservaban a él solo, en sus puros aspectos, peculiares encantos”. Su explicación de las excelentes cualidades suscita lujuria en el corazón del joven Tarquino; quiere ver esta maravilla por sí mismo y se presenta en su puerta como un camarada de su esposo, ella lo recibe hospitalariamente. Su belleza y encanto inocente lo llenan de ardor.

    Los detalles del incidente se despliegan con una lentitud onírica; la conciencia espesa del horror la arrebata por completo, la rinde; Tarquino amortigua sus oídos ante sus ruegos, y la toma. “El lobo se ha apoderado de su presa, el pobre cordero llora”. Luego la deja, una mujer miserable y desconsolada, contaminada hasta el fondo de su alma. “Ha perdido algo más querido que la vida”. Con sus uñas, ella rasga su carne y clama: “¡Oh, noche, horno de humo maloliente, no permitas que el día celoso contemple esa cara que debajo de tu capa negra que todo lo oculta yace incansablemente mártir con desgracia!”. Con manos temblorosas, arrasada por el llanto, consigue escribir una carta a su padre y a su marido para que venga a redimirla de la tragedia, del espanto.

    Shakespeare concibe el timming dramático del discurso con habilidad teatral; esta pieza, como dije antes, se podría representar sin necesidad de añadir mayores cambios a su formulación; tal como está escrita se puede llevar a escena y rendirá dramáticamente como cualquiera de las mejores tragedias. En este punto de la espera, por ejemplo, el poeta echa mano a una ekphrasis, que es aquel recurso tan grato a Virgilio en el que parte o la totalidad de una obra literaria describe, comenta o analiza una pintura u otra obra de arte visual; Virgilio lo utiliza en tres oportunidades en la Eneida (los frescos del palacio de Dido, que narran la guerra de Troya, los relieves de las puertas del infierno y el famoso escudo de Eneas, donde se narra la historia futura de Roma). Mientras Lucrecia espera la llegada de su padre y de su esposo, queda como imantada por una pintura que alude a la Guerra de Troya y recuerda el sufrimiento que causó a Troya el secuestro de la bella Helena, esposa del rey Menelao de Esparta, por parte de Paris, hijo del rey Príamo. Lucrecia, que acaba de ser violada por Tarquino, se compara con Helena y se conduele sin remedio. La evocación de la pintura la toca en lo más profundo porque, como reflexiona magistralmente el narrador, “el arte, a despecho de la Naturaleza, había sabido infundir una ilusión de vida a mil objetos dolientes. Más de una mancha seca semejaba una lágrima vertida por la esposa sobre su marido asesinado. La sangre púrpura, que parecía humear, mostraba el esfuerzo del artista, y de los ojos de los moribundos se escapan rayos cenicientos, como las claridades murientes de carbones que se consumen en las largas veladas”.

    Una obra maestra.

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