N° 1682 - 04 al 10 de Octubre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSolamente algunos versos de Petrarca a los pies de la tumba de Laura (aquellos que dicen: “Ite, rime dolenti, al duro sasso/ che ’l mio caro tesoro in terra asconde,/ ivi chiamate chi dal ciel risponde,/ benché ’l mortal sia in loco oscuro et basso”), las últimas cuatro páginas del cuarto canto de la Eneida y la vencida mirada de Isolda ante el tibio cadáver de Tristán en la decorosa versión de Bédier pueden equipararse al dolor reflexivo pero sin medida que siente Dante en toda la “Vitta Nuova”, especialmente en el soneto XL, donde infiere que son extranjeros unos transeúntes solo porque no lloran con desconsuelo al pasar por la calle a la que Beatrice encantó con su mirada.
Quiero decir más: ninguna desolada referencia, ni siquiera ésta de la sangre mortificada de Dante convertida en soneto de extraña rima, fue tan impactante en la historia de la literatura y en la historia a secas hasta que Torcuatto Tasso hizo descender de los cielos la honda lesión del alma de Tancredo en el Canto XII de la “Jerusalén Libertada”, cuando la espada del héroe atraviesa el pecho de la delicada Clorinda. Prometo abundar en ese episodio la semana que viene.
Pero hoy quiero solamente hablar de ella, de la hermosa sarracena, un personaje único de la literatura que reúne, como Juana de Arco en la vida real y en la leyenda, la doble condición de mujer capaz de amar y de ceder al amor y a la vez sestar en la primera línea del más feroz combate dejando a hombres experimentados sin habla por su coraje, por la destreza con la que maneja la espada que corta y el cuchillo que ultima, por la fuerza que pone en la arenga que imanta y moviliza.
Es en el mismo Canto duodécimo donde se nos cuenta la historia de esta mujer de piel muy blanca, aunque hija de bruñidos reyes etíopes más negros que el ébano. Su madre padeció los celos de un marido inseguro y bruto que la encerró en una torre para que no tuviera contacto con ningún mortal salvo con la servidumbre de doncellas y del fiel eunuco Areste, esclavo musulmán, quien le relata a Clorinda ya adulta el asombroso destino que los une. En este pasaje le cuenta que la reina se holgaba lentas horas en la contemplación de un cuadro en el que aparecía una virgen “de tez muy clara y mejillas de rosa”, y a su lado un centurión romano aplastando con su lanza a un dragón. Conmovida por esas imágenes, al parecer queda embarazada y le nace una niña blanca, precisamente Clorinda.
Temiendo represalias, la reina ruega a su esclavo que se lleve a la niña y la haga bautizar en la fe de Cristo. Fiel en parte, Areste la lleva, la cuida y la educa, pero no cumple con la orden del sacramento sino que la inicia en su propia religión. En la huída el esclavo y la niña pasan por dos situaciones peligrosas. Una de ellas tiene lugar en la selva, cuando se les cruza una tigresa de ansiosas fauces. Areste cree entonces que su día y el de la recién nacida ha llegado, pues no tiene lugar en el que esconderse. Sin embargo, como impactada por un rayo, la tigresa se dulcificó, tornó su fiera mirada en ternura y sin más trámite prestó sus ubres para alimentar a la niña. La otra situación extrema está tan perfectamente contada que si la gloso corro el riesgo de desalmarla; prefiero que el lector escuche la voz del anciano eunuco egipcio: “Llegado ante un torrente que se cruzaba en el camino, me veo de repente asaltado por ladrones; por una parte me privaba el paso la corriente, por otra la amenaza de los forajidos. ¿Qué debía hacer? Deseo salvarme, mas no quiero abandonar mi preciosa carga. Me arrojo al gua, y empiezo a nadar con una mano, mientras te sostengo con la otra. La corriente era rápida, en especial en medio del torrente donde formaba remolinos; de tal modo, que al llegar allí me arrastra y me sumerge. No pudiendo sostenerme, te abandono, mas las olas te levantan a la superficie, te llevan, y secundadas por el viento, te depositan sana y salva en la blanda arena. Llego yo allí poco después jadeando y no sin gran fatiga, y vuelvo a tomarte alegre”.
El resultado de esas pruebas fue milagroso porque efectivamente, como sigue diciendo el esclavo, ocurrió un milagro: “Por la noche vi en sueños un guerrero que con aire amenazador presentaba a mi rostro la punta de su espada, diciéndome con acento imperioso: ‘Te ordeno que cumplas lo que te mandó la madre: que bautices a esa niña querida del Cielo, y cuya custodia me está confiada. Yo la guardo y defiendo; yo fui quien puso la compasión en las entrañas de la fiera y di inteligencia a las olas. ¿Ay de ti, si no das fe a tu sueño que te viene del Cielo!’ Desperté sobresaltado, y apenas asomó el primer rayo de la aurora, proseguí mi camino sin cuidarme de tu bautismo, persuadido de que mi fe era la verdadera y quimérico el sueño”.
Resultado de esta última inconstancia es el decreto que pesará sobre Clorinda. Haberse cruzado con el cristiano Tancredo será el signo de su terrible paso a la eternidad, como veremos en la próxima nota.