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    Ese otro Edén

    Columnista de Búsqueda

    N° 1980 - 02 al 08 de Agosto de 2018

    De la decena de piezas de Shakespeare que tratan sobre las luchas dinásticas en Inglaterra, la dedicada a Ricardo II es la que compite más cercanamente con la mejor de esa serie, que es Ricardo III. Pero, a diferencia de esta última obra, que eleva al divertido absurdo los extremos de la inmoralidad y de la cruel ambición, en este caso prefirió el dramaturgo trabajar la nota apolínea, sutil, impregnada de un lirismo melancólico que atraviesa a todos los personajes y situaciones con la suavidad de una brisa; uno escucha sus parlamentos y siente que las criaturas hablan desde aquellas zonas de la interioridad donde los furores del mundo y las injurias de la vida aparecen mitigados en sus trazos y colores, sin por ello perder portento y capacidad de transformación de la realidad. El relato literal es el de un inevitable saqueo de derechos, un cruce de intransigencias y un esperado coup d État.

    Cuando el rey Eduardo III estaba agonizando ya había perdido a su primogénito, el Príncipe Negro, que sin embargo le dejó un hijo para asegurar la línea directa de la descendencia. Este niño y la regencia fueron confiados a John de Gaunt, hermano del rey, que asumió la tarea de gobernar y educar, asignándole al joven monarca más tiempo y más atenciones que a su propio hijo. La paga de Ricardo no fue condigna: antes que profesarle respeto y agradecimiento, lo despreció, lo humilló y acabó por despojarlo de todos sus bienes mundanos aprovechándose de los últimos sufrimientos que le estaban consumiendo la vida. No es menor el detalle de que previamente mandara a su primo al exilio.

    Frente a la constancia de esa íntima traición, John de Gaunt anticipa la suerte que espera a su innoble sobrino. Es perfectísimo el modo del que se sirve el autor para construir la reflexión de este discurso, fundándose en figuras que se apoyan en los cuatro elementos. Fuego: “La llama fogosa de sus desórdenes no puede durar mucho tiempo, pues los fuegos violentos se consumen pronto”. Agua: “La lluvia a menudo se prolonga mucho, pero las tempestades repentinas son pasajeras”. Tierra y aire: “El que espolea demasiado enseguida se sofoca; el que devora ávidamente, se ahoga con lo mismo que debiera alimentarle”. En los cuatro casos la idea es una y la misma: precipitarse conlleva a la frustración y al fracaso, los triunfos fáciles y veloces son universalmente engañosos, en cualquiera de sus posibles registros. Esto es lo que le augura John de Gaunt a Ricardo II.

    Ese vaticinio es tan terrible como el que observa sobre la pobre Inglaterra: “Pienso que soy un profeta nuevamente inspirado: la llama fogosa y precipitada de sus desórdenes no puede durar mucho tiempo, pues los fuegos violentos se consumen pronto. La lluvia menuda se prolonga mucho, pero las tempestades repentinas son pasajeras. El que espolea demasiado, en seguida se sofoca; el que devora ávidamente, se ahoga con lo mismo que debiera alimentarle. La fútil vanidad, buitre insaciable, cuando ha consumido todas sus reservas, se hace presa de sí misma. Este trono real de reyes, esta isla sometida a su cetro, esta tierra de majestad, esta sede de Marte, este otro Edén, este semiparaíso, esta fortaleza que la naturaleza ha construido para defenderse contra la invasión y el brazo armado de la guerra, este florido plantel de hombres, este pequeño universo, esta piedra preciosa engastada en el mar de plata que le sirve de muro o de foso de defensa alrededor de un castillo, contra la envidia de naciones menos venturosas, este trozo bendito, esta tierra, este reino, esta Inglaterra, esta matriz fecunda en grandes reyes, temibles por su valentía, famosos por su nacimiento, renombrados por sus hazañas, que en servicio de la fe cristiana y de la verdadera caballería han llevado a cabo lejos de su patria, hasta los lugares donde en la obstinada Judea se levanta el sepulcro, rescate del mundo, del Hijo de la bienaventurada María; el país de estas queridas almas; este caro, caro país, caro por su reputación a través del mundo, está ahora arrendado (¡muero de vergüenza al decirlo!) como una habitación o una mísera granja. Inglaterra, rodeada de la mar triunfante, cuyas acantiladas costas repelen los envidiosos asaltos del húmedo Neptuno, está ahora encadenada al oprobio con borrones de tinta y lazos de podridos pergaminos. Esta Inglaterra, que acostumbraba a conquistar a todos, ha realizado una vergonzosa conquista de sí misma”.

    Ningún amante ha caracterizado jamás, con tanta luz e intensidad, al objeto de su pasión.

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