N° 2053 - 02 al 08 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs tierra de nadie y, por lo tanto, como dice uno de los protagonistas, impera la anarquía. Allí cae en una camioneta un observador de Kiev en misión de reconocimiento junto a otros tres funcionarios. Estamos en el sur de Ucrania, en la frontera con Crimea, donde las tropas rusas, por orden de Putin, han tomado posición. Se trata del primer largometraje de ficción del cineasta ucraniano Roman Bondarchuk, apellido con tradición cinematográfica si los hay. Bondarchuk ya había realizado documentales, entre ellos Sheriffs ucranianos, sobre dos representantes de la ley bastante desfachatados a quienes la cámara sigue en diversas y extravagantes misiones.
Para el caso de Volcano (Vulkan, 2018, 104 minutos) la idea original era también hacer un documental, en esta oportunidad siguiendo al tío de su esposa —también guionista de la película—, un personaje real que vivía de lo que podía y con locas ideas como encontrar huesos de soldados alemanes de la II Guerra Mundial y después venderlos a sus deudos. Como el material se abrió a cantidad de personajes, Bondarchuk decidió virar la cosa y llevarla hacia el terreno de la ficción. Filmó en pueblos locales realmente perdidos en el mapa y cuyos nombres no son los que figuran en esos mapas, sino como los llaman los pobladores, nombres que remiten a la época de Stalin, cuando existían granjas colectivas, ahora completamente desarmadas por la caída del comunismo.
Lukas, el protagonista central (Serhiy Stepansky), no está interpretado por un actor, sino por un sonidista con destacados trabajos en otras películas, una de ellas la sorprendente y también ucraniana The Tribe (Plemya, 2014), un thriller de Myroslav Slaboshpytskyi sobre sordomudos que jamás se le ocurriría hacer a nadie en Hollywood. Casi todo el elenco de Volcano cuenta con actores no profesionales, que rinden excepcionalmente en esta especie de historia kafkiana, absurda, surrealista y dramática, pero no exenta de humor, donde destaca una maravillosa obra de teatro naif con un taladro eléctrico ante una adormecida platea que aplaude cansinamente.
Amenazado por todo tipo de situaciones, por la presencia permanente de tanques y soldados, policías locales o pobladores que lo miran mal, Lukas, con la ayuda de un habitante de la zona y su hija, es una suerte de héroe errante cuya misión resulta únicamente sobrevivir. Las pinceladas costumbristas, los paisajes desérticos y el lago artificial que rodea al pueblo sirven para indagar en folclores, desastres políticos y mitos locales como los espejismos, que según el tipo de luz pueden ser una ola en la lejanía o un grupo de coreutas fallecidos hace mucho tiempo. Quizá todo lo que vemos es una ilusión hecha realidad gracias a la magia del cine.
La pausada narración destila sutilezas visuales y avanza hacia terrenos más ambiciosos, ganando en intensidad y sugerencia hasta convertirse en una alegoría poética sobre mundos perdidos bajo el agua, ahora convertidos en una tierra rajada por la sequía donde apenas queda la esperanza de pertenecer a un sitio, a un lugar.
Volcano está colgada en la plataforma Mubi y quedan cinco días para verla. Después habrá que encontrarla en la inabarcable red virtual o esperar a que la dé Cinemateca.