Nº 2119 - 22 al 28 de Abril de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAfganistán casi que solo conoce de guerras, siglo tras siglo. Bangladesh sufre una inundación cada año. Cada tanto, a Birmania lo golpea un tsunami; en el de 2008 murieron 80.000 personas y 56.000 desaparecieron.
Cada nación tiene tragedias a su medida, su historia y su ubicación en el planeta.
Algunos son desastres naturales, otros, como las guerras, son motivados por la acción del hombre.
Ubicado en una zona privilegiada de la Tierra, con algunas pocas desgracias nacionales como guerras civiles y dictaduras, en Uruguay la mayor parte de las tragedias son obra humana y, a diferencia de los impactos de la naturaleza, son permanentes, de todos los días y, lo más llamativo, no hay protocolos de acción, ni alertas ni banderas a media asta.
Hace unos días, se dieron a conocer en Uruguay datos que en países desarrollados, como los nórdicos, provocarían una crisis de gobierno y una investigación oficial. Lo han hecho ante situaciones menos graves. Las cifras que se divulgaron aquí son los resultados de las llamadas pruebas Arista en el sector educativo (tercer y sexto año de escuela). En los sectores sociales muy desfavorables 5,4% de los niños abandonó la educación, y entre los más favorables lo hizo 3,4%. En primaria, este dato se triplicó desde 2017.
Además, seis de cada 10 alumnos de contexto crítico leen un texto y no pueden entenderlo. Entre los más ricos, esto les pasa a dos de cada 10.
Con todas esas carencias, algunos entrarán igual al liceo. De 10 que entren, solo cuatro egresarán. En la región estamos por debajo de Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Venezuela, Perú, Colombia y Ecuador. Últimos en Sudamérica.
Los que no egresen, ¿qué será de ellos? ¿En qué trabajarán? ¿Qué sueldo van a cobrar? ¿Vivirán siempre estancados, sin poder mejorar en su vida? Una tragedia íntima con repercusiones públicas.
De los cuatro que saldrán del secundario, si juntamos 100 de ellos de entre 18 y 24 años, solo dos entrarán a la universidad. En la última década esa cifra creció 11%, pero ese aumento fue en la región menor que el de Perú, Paraguay, Panamá, México, República Dominicana, Chile, Costa Rica, Colombia, Bolivia y Argentina.
Cualquier joven extranjero de la región que venga al país estará en mejores condiciones de trabajar en empleos de calidad que los uruguayos. Por ahora, los contratan para atender negocios, pero ya se va a dar que los uruguayos quedarán ahí y los otros ascenderán.
Los datos son malos entre las clases bajas y entre las altas. Si bien de arranque se define quiénes serán los mandados y los mandantes, los gobernados y los gobernantes, los mandantes y los gobernantes tendrán en su mayoría una formación muy mala. Luego se ven los resultados de gobernantes cuya formación fue, y es, pésima. Todo esto relacionado a la educación, ¿no es una tragedia humana? Gente que vivirá estancada en su vida, sin movilidad social, familias que se verán condenadas a una vida de privaciones, de pasar contando monedas para llegar a fin de mes. Y algunos no saldrán nunca de la pobreza. Algunos tomarán el mal camino, por eso el 99% de los presos son de origen pobre. Por eso, los sicarios del narco, que tienen algunos en su haber más muertos que años de estudio, son una consecuencia directa de la baja formación, que deriva en pobreza, que deriva en violencia. Si esto no es una tragedia nacional, no sé qué otra cosa lo es.
Hay unos 300.000 pobres, y dos tercios, unos 200.000, sufren de emergencia alimentaria, o sea, pasan hambre en distintos grados.
Una señora que, como parte de nuestras emergencias, llegó al Senado habló hace algunos días de algo que nunca experimentó: el hambre. La señora, a pesar de que come bien, tuvo que tragarse algunas de las tantas palabras que al santo botón lanza por minuto e intentó dictar cátedra sobre el hambre. Sí, hay pobres materiales y están los pobres de espíritu, pero esos sí que no tienen solución.
Los que saben del tema le respondieron a esta legisladora: 180.000 uruguayos experimentan hambre, un dato que se arrastra desde hace años. Y unas 850.000 personas tienen problemas para acceder al alimento. Eso de que a alguna hora del día la panza te hace ruido y vas a la cocina a comer algo otros también lo sienten, pero no tienen ni un pedazo de pan para masticar. “Señor, ¿me da para comer algo?”. “Salí que te querés drogar”.
Algunos pasan calor y frío, según la época del año, con pequeños en brazos, haciendo cola para comer en alguna de los miles de ollas populares que desde hace años funcionan en todo el país. La falta de comida en un país donde la comida no solo sobra, sino que, según un estudio de la ONU, se tiran o se pierden 1.000 millones de kilos de alimentos (sí, leyó bien, 1 millón de toneladas, dice el informe), ha dejado de ser una tragedia íntima para ser un drama público, una vergüenza nacional cualquiera sea el dato que se tome. Ante la brutal falta de empatía —en sí mismo otra tragedia espiritual— el Estado debería volver a la antigüedad y contratar plañideras para que lloren por todos los que no lloran ante esta situación. Esto genera niños con problemas de peso, falta de hierro, afectación del funcionamiento neuronal. El Wall Street Journal tituló una nota: Niño hambriento, adulto violento. El hambre infantil genera adultos impulsivos y violentos.
La violencia contra los niños genera en algunos violencia en la adultez; la violencia en el hogar es repetida por algunos cuando crecen. La falta de comida en la niñez genera adultos violentos. Tenemos una máquina perfecta que, por diversas vías, lleva a los niños hacia la violencia. Y luego nos llama la atención que se hagan sicarios. Lo extraño es que no haya más. ¿No es esto una tragedia nacional? Si no lo es, no sé qué rankea para serlo.
Pero no se vayan, solo un momento, hay más.
Ese momento de la vida que debería ser la época de la felicidad sin pensar en el futuro, de la risa y el juego, de la formación del carácter y las neuronas se convierte cada año en un infierno para miles de pibes de esta tierra. Mil niños sufren cada año violencia sexual, violaciones, toqueteos, manoseos, y no todos, pero algunos repetirán el ciclo. Una investigación del psicólogo Robert Parrado mostró que el 100% de hombres violadores que participaron de un estudio habían sido violados cuando niños. El horror. Unos 1.500 niños cada año son amenazados, les gritan, insultan, los encierran días y días en un cuarto o un ropero, o los dejan solos, como le pasó a uno de nueve años, que nunca volvieron por él y crio a sus hermanos menores con ayuda de los vecinos. Unos mil menores son golpeados, les quiebran los brazos, y no los llevan al médico; los huesos sueldan solos luego de períodos de dolor y de llanto contra la almohada. Los queman con cigarrillos y con planchas. Algunos de los quemados son bebés de cuna. Cuando les rompen el cráneo no tienen otra que llevarlos al hospital, y ahí pasan a ser un número en la estadística.
Fíjense lo que viven los niños de este país: hambre, abandono, violencia de todo tipo, falta de educación. ¿Qué sociedad pretendemos que salga de allí? Y cada vez son más, porque los nacidos en la marginalidad son más que los nacidos en sectores acomodados. La interminable y brutal tragedia de los niños uruguayos. El Día del Niño deberíamos conmemorarlo con bandera a media asta.
Hay 4.000 personas que viven en la calle y hay 500.000 viviendas que no tienen las condiciones para llamarse tales. Decirle casa es un eufemismo: de pronto son cuatro latas y un cartón de techo, o cuatro palos tipo toldería de indios. Emergencia habitacional le dicen, pero nunca vi funcionarios agitados, corriendo, tomando medidas urgentes como pasa en ciertas emergencias.
Bebés y gente mayor de edad dentro de esas “casas”, donde ninguno terminó el liceo, condenados hasta el fin de sus días a vivir así. Una tragedia humana de dimensiones incomprensibles para el resto en la vida de cada uno de ellos.
Está lleno de tragedias dignas de estados de emergencia, de consejos de ministros anunciando medidas, de grupos de expertos que asesoren y no tengan que legislar cotorras parlanchinas surgidas de una elite cultural y emocionalmente pobre que, a falta de mejores opciones, terminan en cargos públicos. Estamos llenos de tragedias a la medida de nuestras miserias.
Y ahora llegó el coronavirus.