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    Estamos rodeados

    Nº 2198 - 3 al 9 de Noviembre de 2022

    Luiz Inácio Lula Da Silva se transformó al terminar el domingo 30 en presidente electo de Brasil, luego de una de las elecciones más parejas en la historia reciente de ese país vecino. Su adversario, el actual mandatario Jair Bolsonaro, demoró muchas horas en asumir el ajustado resultado y todavía no ha dado señales claras sobre cómo se desarrollará la transición.

    La diferencia entre uno y otro fue menor a 1%, insignificante en un país de más de 200 millones de habitantes, casi tan grande como un continente. Es más, en muchos de los estados centrales de Brasil, los que tienen más industrias o generan mayor riqueza, el ganador fue Bolsonaro, que sorprendió a muchos con su desempeño electoral.

    Esa diferencia de votos mínima entre Lula y Bolsonaro dice mucho de una nación que evidentemente está partida al medio. Deja lecciones que deberían ser tenidas en cuenta por los que se vayan a hacer cargo de la futura administración brasileña y por los que a partir del próximo 1º de enero serán opositores, pero también por los países vecinos.

    El desafío más grande que tiene Lula por delante es tratar de volver a unir lo máximo posible a los brasileños, luego de años centrados en el odio y los insultos entre diferentes. Es muy difícil poder gobernar un país absolutamente dividido. Lo que ese violento y prolongado enfrentamiento entre los partidarios de Lula y de Bolsonaro traerá en el tiempo futuro, en caso de mantenerse, serán malas noticias desde el punto de vista político, social y económico. No hay escapatoria posible.

    Pero para lograr el acercamiento, la primera parte que debería ceder es la ganadora. Lula y sus seguidores tienen que asumir que cerca de la mitad de los brasileños votaron una opción que en los hechos se presentaba como opuesta a la de ellos y tratar de buscar caminos de concordia. Gobernar a espaldas de Bolsonaro y sus seguidores sería un error que terminarían pagando caro.

    Ya pasaron los tiempos de la campaña electoral, en los que era demasiado recurrente escuchar calificativos muy despectivos hacia los dos principales postulantes presidenciales. Algunos de los de Bolsonaro fueron facho, nazi, misógino y otros similares. A Lula lo tildaron de ladrón, corrupto y cuestiones por el estilo. Sería un buen primer paso que esa guerra verbal, que incluso en algunos casos extremos se transformó en física, quedase en el pasado.

    Otro asunto en el que el gobierno electo debería tomar nota es en lo hecho por la administración de Bolsonaro en materia económica y el respaldo que esas medidas tienen en una parte muy influyente dentro de la opinión pública. La cantidad de votos que tuvo el actual gobierno brasileño y los lugares en los que se registraron en forma más abultada muestran una satisfacción importante entre muchos de los grupos que hacen mover la economía, y eso Lula debería incorporarlo y actuar en consecuencia.

    La actividad económica se recuperó el año pasado tras la crisis por la pandemia y volverá a crecer en 2022. El legado de Bolsonaro —o mejor dicho, de su ministro de Economía, Paulo Guedes— es, entre otras cosas, una recomposición fiscal en camino, si bien la deuda pública se mantiene en niveles muy altos. También hizo algunas reformas relevantes, como la tributaria. Aunque Brasil continúa siendo un país enormemente desigual en lo social, sería inteligente para Lula no pretender desandar todo lo anterior.

    Por otro lado, el grado de polarización por el que atraviesa la sociedad brasileña en estos momentos es una alerta para sus países vecinos, especialmente Uruguay. Tanto Brasil como Argentina han ingresado en los últimos años en una especie de guerra fratricida de mitades que dificulta cualquier posibilidad de despegue que puedan tener. Es imposible poder avanzar a gran velocidad cuando la mitad de los que están en el mismo barco se dedican a cortar las velas. Nuestro país todavía está lejos de ese grado de odio interno. Aquí, los ganadores y perdedores en cada una de las batallas todavía hablan entre sí y se felicitan cuando tienen que felicitarse y ayudan cuando tienen que ayudarse. Pero estamos rodeados y lo que padecen argentinos y brasileños puede tener un efecto contagioso. Sería bueno al menos tenerlo en cuenta.

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