N° 1659 - 26 de Abril al 02 de Mayo de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLuego de un primer trimestre de relativa calma, donde gracias a la fuerte inyección de liquidez del Banco Central Europeo (BCE) y la culminación del canje “voluntario” de la deuda griega se lograron descomprimir las tensiones en los mercados financieros, el mes de abril ha vuelto a poner en la atención pública el tema de la crisis de deuda soberana europea. Esta vez las miradas y las preocupaciones se concentran en España y en menor medida en Italia.
Existen varios factores que explican la renovada preocupación de los mercados respecto a la crisis de la deuda europea. En primer lugar, es obvio que la inyección de liquidez del BCE no hizo desaparecer el problema de fondo, más allá de que logró estabilizar la situación del sistema bancario, que era básicamente el objetivo que tenían las autoridades monetarias europeas cuando lanzaron el programa de préstamos ilimitados a tres años de plazo.
En segundo lugar, el propio éxito del BCE en estabilizar la situación del sistema bancario europeo y descomprimir las tensiones en los mercados de deuda generó las condiciones para que algunos pensaran que ya no era necesario tanto ajuste, siendo el caso de España un ejemplo paradigmático de este fenómeno de “moral hazard”. El nuevo gobierno del Partido Popular encabezado por Mariano Rajoy demoró la aplicación de las medidas de austeridad, y se apartó de los objetivos de déficit a los que se había comprometido (en lugar del 4,3% del PBI ahora se fijó una meta de 5,4% del PBI para este año 2012), aduciendo que el desequilibrio del año pasado “heredado” del gobierno de Rodríguez Zapatero había sido mucho mayor al previsto. No es casualidad que en las últimas semanas los bonos españoles fueron los más castigados por los inversores.
En tercer lugar, inevitablemente las medidas de austeridad han profundizado las dificultades en materia de actividad y de empleo en los países altamente endeudados. Eso genera a su vez dudas respecto a que los planes de consolidación fiscal que se han anunciado puedan alcanzar los objetivos, ante el previsible deterioro que tendrán los ingresos públicos en un contexto de menor actividad.
Finalmente, el deterioro del contexto económico está produciendo una prematura “fatiga del ajuste”, donde la población se resiste a perder los beneficios de un “Estado de bienestar” que es imposible de pagar pero al que se ha acostumbrado por muchas generaciones. Ello lleva a que el sistema político tenga cada vez menos incentivos para seguir aplicando medidas de ajuste. El llamado a elecciones anticipadas en Holanda al no obtener el gobierno las mayorías necesarias para aprobar el nuevo presupuesto y la dinámica que está teniendo la campaña electoral en Francia, son dos claros ejemplos de esta incipiente “fatiga del ajuste” que parece estarse instalando en Europa.
Lamentablemente para los europeos, a corto plazo no hay ninguna alternativa al mantenimiento de la austeridad, porque no existe financiamiento disponible para aumentar el gasto. Salvo que se piense en que el BCE emita alegremente dinero para financiar a los gobiernos, al estilo de lo que hicieron los países latinoamericanos durante décadas. Los estatutos del BCE impiden que ello ocurra, y es impensable que Alemania acepte en algún momento un escenario de financiamiento de los déficit fiscales con emisión monetaria. Sí el BCE puede indirectamente contribuir a mitigar el impacto de la austeridad, bajando más las tasas de interés y contribuyendo a devaluar el Euro para mejorar la competitividad de los exportadores, además de seguir proveyendo de liquidez al sistema bancario para evitar una mayor contracción del crédito que profundice la recesión.
Una salida más o menos definitiva al problema de la crisis de la deuda implicará varios años de sacrificios para todos los países europeos (quizás con la excepción de Alemania), con recortes drásticos en los déficit fiscales que pongan la trayectoria de la deuda pública en un sendero sostenible. A su vez tendrán la necesidad de procesar reformas estructurales que mejoren la productividad y competitividad de las economías a mediano y largo plazo, y permitan tasas de crecimiento más altas y sostenibles en el futuro. Y no habrá forma de escapar a esta realidad, más allá del hecho de que el BCE puede ayudar a mitigar algo el proceso de ajuste durante algún tiempo.
Si quieren mantener un mínimo de confianza por parte de los inversores y los mercados, sería deseable que los líderes políticos europeos no se aparten del único camino viable, por más sacrificios que implique en el corto plazo. El resultado de las próximas elecciones en Holanda y en Francia, así como de las elecciones estaduales que se darán en Alemania, darán pistas de lo que podremos esperar respecto al rumbo que tomarán los acontecimientos en el Viejo Continente.