Nº 2113 - 4 al 10 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl destino llega cuando lo esperamos y también cuando no lo esperamos. En la historia de Orlando será decisivo y dejará una huella por más de 400 años en el personaje. Se trata de la Gran Helada, una experiencia surreal inspirada en hechos dramáticamente históricos.
Entre los años 1300 y 1850 el mundo experimentó una pequeña edad de hielo, en la que hubo un enfriamiento significativo en las temperaturas globales. Las temperaturas y sus efectos variaron de región en región, de año en año, pero según se pudo estudiar hubo intervalos de frío particularmente significativos en 1610, 1650, 1770 y 1850. Inglaterra, que es el país que nos ocupa, tuvo inviernos particularmente fríos que le causaron muchas dificultades a los ciudadanos. Se calcula que entre 1400 y 1835 hubo al menos 24 inviernos en los que el río Támesis se congeló.
En el siglo XVI tenemos el primer período en el que hubo congelamiento frecuente del río Támesis, que se congeló durante cinco años seguidos. Cuando el río quedó petrificado se le quitó el sustento a los hombres que ganaban transportando a personas en bote, y fue así que se levantaron fantásticas kermeses, aparecieron negocios informales, diversión diurna y nocturna innúmeras carpas con prostitución y juegos de azar, puestos de comida todos apiñados en una dantesca escena en el medio del río. Puro sentido de la oportunidad de los pícaros y buscavidas, porque la ley de la tierra firme no alcanzaba a lo que ocurría en las aguas; en esa área regía la ley fluvial. Los hombres del ferry a veces le cobraban a la gente para escoltarla a través del hielo, que cuando estaba firme no ofrecía ninguna dificultad.
En 1536 tenemos noticias de Enrique VIII durmiendo en una carpa real armada al costado del río helado; su hija Isabel cuando era chica jugaba al tiro con arco entre los niños, jugaban a un juego parecido al fútbol sobre ese suelo extraño y cristalino. En 1608 hubo una gran helada y en 1683-84 hubo otra. En su novela Orlando Virginia Woolf va a unir en una sola y espectral helada las noticias de las distintas heladas y nos dará cuenta de la exorbitante cantidad y el espesor de hielo. Lo que Virginia lee para describir estas escenas son crónicas de distintas épocas que testimonian acerca de la gente que asaba bueyes para atender largas mesas de ateridos comensales. Tan grueso era el hielo que había enormes estufas dentro de las tiendas con gente bailando, amando o comiendo. Había carreras de trineos, juegos de títeres, conciertos de canto, trovadores. La ciudad entera, en su parte más divertida o polémica, se deslizaba por el Támesis en una suerte de licencia continua.
En una clave fantástica, porque juega con el tiempo, Virginia une dos heladas famosas y trabaja con la información que vino después de la data literariamente en 1608. En 1739 hubo una tragedia terrible debido a una mole de hielo que cedió al calor de las insensatas estufas y varias tiendas se cayeron al río, por lo que las personas y los negocios fueron barridos. Medio siglo después, en el invierno de 1789, un barco que había sido anclado junto con un pub durante la noche fue arrasado por el hielo y, cuando el ancla se enganchó en el pub, desestabilizó la viga, lo cual causó un derrumbe que mató a cinco personas que estaban durmiendo plácidamente luego de una larga noche de licores y cerveza.
Escribe Virginia: “La Gran Helada fue, lo dicen los historiadores, la más severa que se recuerde. Los pájaros se helaban en el aire y se venían al suelo como una piedra. En Norwich una aldeana rozagante quiso cruzar la calle y al azotarla el viento helado en la esquina varios testigos vieron que se hizo polvo y fue aventada por los techos. La mortandad de rebaños y de ganados fue enorme. Se congelaban los cadáveres y no los podían arrancar de las sabanas. No era raro encontrar una piara entera de cerdos helada en el camino. Los campos estaban llenos de pastores, labradores, yuntas de caballos y muchachos reducidos a espantapájaros paralizados en un acto preciso; uno con los dedos en la nariz, otro con la botella en los labios, un tercero con una piedra levantada para arrojarla a un cuervo que estaba como disecado en un cerco”.
Una pura maravilla de mirada y escritura y una de las claves para comprender la daga sentimental del protagonista de la novela.