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    Fugacidad y venta

    N° 1907 - 23 de Febrero al 01 de Marzo de 2017

    No se parece la ligereza de la que habla Giles Lipovetsky de la que menta cadenciosamente León Felipe en uno de sus poemas más libertarios: “Ser en la vida romero,/ romero solo que cruza siempre por caminos nuevos./ Ser en la vida romero,/ sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo./ Ser en la vida romero, romero..., solo romero./ Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,/ pasar por todo una vez, una vez solo y ligero,/ ligero, siempre ligero.”

    La ligereza del poeta alude a la libertad, al sentido transeúnte de la existencia, al espíritu de aventura, a la independencia de pensamiento, al requisito sagrado de no ser incondicional de nada, ni de nadie, ni siquiera de la más noble de las ideas. Pero el tratado de Lipovetsky (De la ligereza, Anagrama, que distribuye Gussi) va en otra dirección; nada tiene que ver con esa limpieza del alma que nos lleva a vivir a nuestro aire bajo cualquier cielo, sino con la crasa superficialidad de la que está herida nuestra civilización, con la conducta ansiosa que nos caracteriza en estos años, con el desapego a cualquier valor firme, con el desprecio esnob por todo lo que no fenece, con el culto loco de la velocidad, con la desdicha de ir siempre de un punto al otro sin tener idea del destino, de la finalidad, de las causas, de los contenidos. “Vivimos”, dice, “en la época del triunfo de la ligereza tanto en el sentido propio como en el sentido figurado del término. Nos gobierna una cultura cotidiana de ligereza de los medios, pues el universo del consumo no cesa de exaltar sistemas de referencia hedonistas y lúdicos. A través de los objetos, el ocio, la televisión, la publicidad, se difunde un clima de diversión permanente y de incitación a ‘aprovechar’ los placeres inmediatos y fáciles. Sustituyendo la conminación por la seducción, el deber rigorista del hedonismo y la solemnidad por el humor, el universo consumista tiende a presentarse como un universo aligerado de todo peso ideológico, de todo espesor de sentido”.

    Este fenómeno que es signo y síntoma de la época, que se puede verificar sin esfuerzo en el campo material y que a la vez forma parte de la imaginación existencial de las sociedades y de las personas, abarca sin resistencia todos los órdenes de producción de conducta y de fantasías. Celebramos la ligereza por el gusto fatal hacia todo lo aéreo (aviones, planeadores, alas deportivas, inhumanas alturas de edificios, juegos en los parques que desafían la gravedad); lo hacemos también cuando buscamos aliviar la gravedad de la vida con bufonadas, bromas y todo cuanto represente una evasión rápida de los problemas, y, desde luego, convertirnos a la ligereza en una norma cuando nos enfrentamos a los dilemas morales o a las responsabilidades en los tratos intersubjetivos. En este último aspecto es donde realmente rinde sus más ingentes servicios la enfermedad que nos ha tocado en suerte, pues permite crear un cuadro de relaciones sin compromisos ni pautas, sin nada que se parezca al apago, sin nada que sugiera firmeza, veracidad o compromiso. Pasar de ahí a la extinción de la familia, a la bancarrota de los valores y a la disolución de la identidad en una sucesión interminable de posturas de ocasión, es apenas un paso; alcanza con dejarse ir, con no hacer nada, con aceptar de manera acrítica todo cuanto se nos ofrece desde todos los discursos, sean políticos, culturales, económicos o de tipo sentimental.

    Algunos datos objetivos son por demás elocuentes; por ejemplo, en el campo tecnoeconómico, se pasó de la preeminencia del desarrollo económico fundado en las industrias “pesadas” como el carbón, el acero, la hidroelectricidad, la química, las maquinarias de gran porte, a la economía de lo ligero, al llamado capitalismo de consumo de masas, esto es, la producción de servicios y bienes ligeros sobre las producciones y equipos pesados. El detalle que al respecto ofrece el autor disipa cualquier duda: “En la actualidad, el consumo de los hogares de Francia y Estados Unidos representa respectivamente el 60% y 70% del PIB de estos países: se ha convertido en el principal factor de crecimiento de nuestras economías”.

    Lo ligero comanda y define. Estos años seguramente serán olvidados y con ello también la estela de vacío que van dejando a su paso. Tal vez tenía razón Antonio Machado y no hay por qué desesperar, porque a la larga “todo lo perdemos y todo nos perderá”.