Nº 2112 - 24 de Febrero al 2 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDesde esta misma columna ya nos hemos ocupado en varias oportunidades de las especialísimas circunstancias en las que la actividad futbolística ha debido desarrollarse, como directa e ineludible consecuencia de esta dura pandemia que viene azotando a todo el mundo. En nuestro país, luego de una primaria decisión, por parte de las autoridades de gobierno, que determinó la inmediata suspensión de todas las actividades deportivas (con torneos que estaban en pleno desarrollo), con el paso del tiempo estas finalmente pudieron reanudarse, aunque con una muy severa limitación, cual fue que debían desarrollarse sin la presencia de público en las tribunas.
Por más que cronológicamente la vuelta al fútbol activo se había producido con cierta anterioridad en el viejo continente, y la televisión nos había permitido tomar ya contacto con esa singularísima circunstancia, no nos resultó fácil adaptarnos a seguir las alternativas de un partido jugado ante la desoladora imagen de las tribunas vacías. Pero, sin perjuicio de esa extraña sensación como televidentes, la expectativa radicaba en la comprobación de qué modo esa obligada ausencia de las parcialidades de los equipos protagonistas, repercutía en el trámite de los partidos. Tanto en el accionar de los futbolistas —o también de los técnicos— ante la falta de un contacto cercano con sus respectivas parcialidades, como por parte de los integrantes de las ternas arbitrales, al poder desempeñar su trabajo en un ámbito aséptico y desprovisto por entero de las duras críticas que les llegan habitualmente desde el borde mismo del campo de juego.
¡Detengámonos en este último aspecto! Es de sobra sabido que, por lo general, la presión mayor sobre los jueces es ejercida por la parcialidad del locatario, por la sencilla y lógica razón de que invariablemente es mucho más numerosa que la del equipo visitante. Por ello, aunque no haya una intencionalidad en tal sentido, es tradicionalmente el dueño de casa el que suele verse favorecido por los arbitrajes. Ante esa circunstancia, cabe preguntarse si ello sigue dándose actualmente, ante la ausencia, al borde de la cancha, de los hinchas de uno y otro equipo. Y a tal respecto, existen algunos estudios estadísticos (que, aunque realizados en el fútbol europeo, pueden ser perfectamente trasladables a lo que ocurre en nuestro medio) que indican que, a falta de esa inocultable presión por la siempre más nutrida parcialidad del locatario, los fallos arbitrales suelen ser mucho más equitativos respecto de ambos contendores. Así lo ha revelado una encuesta, en base a los datos recopilados por un investigador español (tras un análisis comparativo de más de 200.000 partidos de las principales ligas europeas, en los últimos 30 años). En ella quedaba demostrado que, cuando se jugaba con público en las gradas, el locatario ganaba 45% de los partidos, en tanto el equipo visitante lo hacía solo en 26%; sin embargo, desde que se ha empezado a jugar sin público, esa brecha de 19 puntos porcentuales se ha visto reducida solo a ocho. También se han visto mermadas sensiblemente las diferencias existentes en rubros tales como el número de faltas sancionadas, o las tarjetas rojas o amarillas mostradas por los árbitros a los futbolistas de ambos equipos. Dicho de otro modo, los jueces ya no sienten la presión de la parcialidad claramente mayoritaria del local, en relación a la del equipo visitante. Claro que la ausencia de público, y la consiguiente disminución del ruido ambiente, les ha obligado a tomar precauciones para que no trasciendan, a quienes siguen los partidos por televisión, los diálogos que suelen darse “mano a mano” con algunos futbolistas. Podría pensarse incluso, que la tarea se les ha hecho más sencilla, al evitar la inmediata repulsa de cierta parte del público por algún fallo erróneo, y que por tal razón ahora pueden manejar el partido con una mayor tranquilidad y objetividad. Sin embargo —tal como queda claro en nuestra realidad cotidiana— ello no ha impedido que se sigan advirtiendo gruesos errores arbitrales (con o sin VAR).
En cuanto a los principales protagonistas de estos partidos con tribunas vacías, al caso los futbolistas, las sensaciones parecen ser ambivalentes. Por un lado, no puede obviarse que el aliento constante de la tribuna adicta puede significar un importante aliciente para superar aquellos momentos en que las cosas no están saliendo como se espera o desea. Pero como natural contrapartida —y esto tiene aun un mayor valor para los muchos jóvenes que van apareciendo en todos los equipos del medio— jugar en un escenario vacío les da la tranquilidad de poder exhibir su juego sin la inevitable presión de la tribuna; aunque ello les prive del goce máximo e incomparable de poder festejar algún gol suyo junto a la hinchada enardecida. En lo que hace a los directores técnicos, su tarea se ha visto sensiblemente beneficiada, pues ahora pueden manejarse sin la incómoda cercanía del reproche o aun el insulto, ante alguna decisión suya que pueda considerarse equivocada. A lo que puede añadirse que sus indicaciones pueden llegar de mejor modo a sus dirigidos, apagado enteramente el habitual bullicio de las tribunas pobladas (aunque ahora se vean sometidos al callado escrutinio de quienes las oyen claramente por la televisión).
¿Qué es lo que demuestra en concreto nuestra actual realidad del fútbol jugado sin público? En principio, que se han nivelado sensiblemente las chances de los participantes, pues ya Peñarol y Nacional —los dos equipos de mayor raigambre popular— han perdido por completo la invalorable ventaja de jugar como locales, con el excluyente apoyo de sus multitudinarias parcialidades. Y, además, no han tenido más alternativa que recorrer prácticamente todas las canchas, pues ya no funciona más el atractivo de canjear la localía con algún equipo chico, con la promesa de una superior recaudación, que jugando en sus propios escenarios. No es pues casual que precisamente dos instituciones menores se hayan quedado con los primeros torneos del año, y que actualmente sean Liverpool y Montevideo City Torque quienes estén ocupando las posiciones de vanguardia, en el que está actualmente en curso. Hoy cualquier equipo le puede ganar al otro, y ello alcanza también a Peñarol y Nacional (más allá de la sólida ventaja que el segundo conserva en la Tabla Anual acumulada). ¿Ello ha repercutido en una mayor calidad del fútbol que hoy se juega? Creemos francamente que no, como lo ha demostrado con claridad el reciente fracaso de nuestros representativos en las justas de carácter internacional en que han tomado parte (aunque, como se sabe, esto ya venía ocurriendo desde mucho antes de la pandemia).
Sin perjuicio de lo que viene de expresarse, nadie puede poner razonablemente en duda que un partido disputado sin la presencia de público en el escenario de juego pierde la mayor parte de su esencia y colorido. Y ¡muchas veces… aburre!