Nº 2099 - 26 de Noviembre al 2 de Diciembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara algunos es un juego, a otros los ciega la pasión que utilizan como catarsis desde la tribuna. Para muchos profesionales y dirigentes de clubes el fútbol es una forma de vida. No es un deporte en sentido estricto. La Real Academia lo define mediante dos numerales: 1) actividad o ejercicio físico sujeto a determinadas normas, en que se hace prueba, con o sin competición, de habilidad, destreza o fuerza física, y 2) recreación, pasatiempo o ejercicio físico, por lo común al aire libre.
Ninguno de los dos comprende al fútbol profesional. Quizá porque desde los años 60 el hiperprofesionalismo desplazó a los espíritus libres. Terminaron sometidos por la FIFA, la multinacional de habituales prácticas mafiosas en beneficio de intereses comerciales o personales. Con sus tentáculos nacionales y regionales condiciona a sus pequeños siervos: si no estás conmigo estás contra mí. La servidumbre termina agachando la testuz porque de la FIFA o de la Conmebol varios dirigentes reciben dinero.
Se añaden algunos periodistas “especializados” que terminan atrapados en esa red. Si opinan negativamente sobre algunos temas políticos o económicos jugadores y técnicos les vetan información y entrevistas, lo que afecta su fuente de trabajo. Entonces callan mientras estalla una catarata de millones de dólares que a jugadores y técnicos los hace sentir omnipotentes.
El poder del dinero para manipular y dominar no es nuevo entre los hombres. Lo expresó con elocuencia Quevedo hace más de 500 años: Poderoso caballero es don dinero. Eran chauchas y palitos. Hoy son miles de millones de dólares que a lo largo y ancho del globo entran en variados bolsillos. No contaminan porque mucho ha sido convenientemente lavado. No por higiene, naturalmente.
En los últimos días gran parte de lo dicho quedó en evidencia cuando 17 integrantes de la selección celeste dieron positivo del Covid-19 debido a falta de controles rigurosos. El disparador fue una foto de nueve jugadores en torno a un fuego al aire libre. No mantenían la distancia adecuada ni estaban protegidos con tapa bocas. No fue lo único. También violaron el protocolo en otros ámbitos.
La foto confirmó la falta de cuidado y el ministro de Salud Pública (el gobierno), Daniel Salinas, multó a la AUF con 500 UR ($ 650.000) “por incumplimiento de protocolos sanitarios en el Complejo Celeste”. Sanción minúscula si se la compara con los riesgos asumidos.
A los jugadores les rechinó la intervención de Salinas. Acostumbrados a que casi nadie los contradiga, Diego Godín —que pareció asumir el sentir de todos— dijo en Telemundo que no le gustó la posición del ministro (del gobierno). “El contagio estuvo, pero no por una foto podés hacer una hipótesis cierta y concreta”. Se justificó: “No te voy a decir que no hay descuido porque en la foto estamos sin mascarilla. No estar con tapaboca es bajar la guardia, por más que estemos al aire libre (...), pero eso no significa que por lo que se ve en la foto nos hayamos contagiado”. Esquives reiterados con cero fundamento.
A ese discurso exculpatorio se añadió Luis Suárez en Punto penal de Canal 10. Admitió el “error del momento”, pero dio varias vueltas confusas para minimizarlo: “Hay que pedir perdón por la foto, pero el contagio no vino por la foto (porque la reunión) fue al aire libre…”.
Tanto Godín, que juega en Italia, como Suárez, que lo hace en España, bien saben que en esos países desde el estallido de la pandemia se han producido respectivamente 50.453 y 43.131 muertes. En Uruguay los muertos totalizan 71. Quien viola el protocolo es en cierta forma coautor o cómplice de esas muertes.
La arrogancia alimentada por una irracional idolatría popular y poderosas cuentas bancarias les impide admitir que la salud pública es uno de los bienes más preciados en una sociedad. En la prevención de las enfermedades y los protocolos para preservarla, aunque le correspondan al gobierno, también los particulares tienen responsabilidad en evitar el deterioro de la salud pública. Todos los integrantes de la selección de fútbol son conscientes de los riesgos propios (incluidas sus familias e hijos) y para la sociedad. Juan Manuel Blanes, con maestría, lo refleja en Un episodio de fiebre amarilla en Buenos Aires. Vale la pena ir hasta el Museo Nacional de Artes Visuales para verlo y, luego de temblar, conmoverse. En esa imagen de 1871 está todo.
La irresponsabilidad de los jugadores es también profesional y económica porque —para citar solo los casos de Suárez y Godín— el contagio afectó deportiva y económicamente a sus clubes empleadores, ya que no pudieron contar con ellos pese a que se les paga para ser responsables de su propio cuidado.
Muchos jugadores de primera línea se han convertido en modelos para la sociedad. Debido a su destaque como jugadores son contratados para campañas publicitarias porque los empresarios o las agencias de publicidad consideran que tienen una imagen positiva para vender sus productos. Si así no fuera no los contratarían.
A diferencia de muchos de sus colegas uruguayos o extranjeros, a Godín y a Suárez no se les puede señalar desbordes en sus vidas privadas. Han sido prudentes y recoletos. Pero cuando se trata de la salud pública tienen la obligación de sembrar el respeto por las normas establecidas para cuidar la salud de todos. Deben transmitir la cultura del esfuerzo, de la superación honesta y de la salud pública, aunque no hayan sido contratados para ello.
La semana pasada en su columna de El País que tituló Covid celeste, Hugo Burel hace una reflexión interesante, casi una expresión de deseos. Dice que quizá lo ocurrido “sirva para abrir los ojos de aquellos que creen que el virus no puede tocarlos. A falta de una campaña de comunicación importante y sostenida en los medios audiovisuales —uno de los errores de la estrategia de concientización y prevención— los ídolos afectados y cuarentenados actúan como ejemplos populares del peligro de contagiarse”.
Tal vez, solo tal vez, porque durante el fin de semana pasado el Ministerio del Interior debió intervenir en 35 fiestas en las que no se cumplía el protocolo sanitario. Sin duras sanciones legales la pandemia se le puede ir de las manos.