N° 1743 - 12 al 18 de Diciembre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáJuan Carlos quedó sin empleo a los 40 años luego de trabajar los últimos 15 en una carpintería. Aprendió el oficio poniendo ganas, atención y estudio. Siempre se preguntó por qué no ponía su propio negocio, pero no se animaba a hacerlo. El día que su patrón falleció, no tuvo otra alternativa.
Salió a comprar herramientas y a alquilar un local para instalarse. “Qué caro está todo”, se dijo. Como no le alcanzaba el dinero para acometer tal inversión, fue al “Banco País” para que lo “ayudaran”. Pero no lo ayudaron como él creía, con un préstamo “blando” o algún subsidio. El funcionario se limitó a explicarle las condiciones y costos de las diferentes líneas de crédito y —dado el monto que Juan Carlos solicitaba— necesariamente tendría que dejar una garantía hipotecaria. ¿Una qué? preguntó Juan Carlos. “Su casa. Debe dejar su casa en garantía”, dijo fríamente el funcionario.
“Si no pago el préstamo, me quedo sin ingresos y sin casa”, pensó Juan Carlos, mientras le corría un sudor frío por la espalda. “Está bien. Me la juego. Confío en mí mismo, conozco el oficio y trabajaré 25 horas por día si es necesario para salir adelante. Este es mi sueño y lo voy a cumplir. ¡Sabremos cumplir!”.
Con la tonada del himno nacional resonando en su cabeza, Juan Carlos firmó la hipoteca, retiró el dinero y puso su carpintería. Ahora todo dependía de él. No se le ocurriría jamás exigirle a su vecino el dinero para pagar la cuota de “su” torno y de “su” fresa. Tampoco él se sentía “obligado” a pagarle el colegio a los hijos del vecino.
Es que esta es la lógica que rige para los emprendedores, no para los saqueadores. Los saqueadores creen que tienen derecho a “recibir” parte del esfuerzo ajeno. Creen que sus “buenas intenciones” deben ser financiadas por aquellos cuya única buena intención es valerse por sí mismos. Ellos creen que sus “necesidades” deben ser satisfechas por otros, ¿quiénes otros? ¿Los que viven de su propio trabajo? ¿Los que no reciben ningún subsidio, limosna o beneficio público? ¿Pero cómo pudieron concebir tal esperanza?
Los 250 ex empleados de Pluna (ahora devenidos empresarios) van a recibir 45 millones de dólares sin dar nada a cambio. Todo lo que tienen para respaldar su proyecto son 50 años de fracasos y el patrimonio completo del PIT-CNT: tres vehículos viejos que valen poco y nada. ¿Por qué los empleados de Pluna y sus “solidarios” compinches del PIT-CNT no ofrecen sus casas, sus autos o al menos sus bicicletas en garantía? ¿Por qué ellos no y Juan Carlos sí?
A Pluna hay que dejarla morir. No podemos mantener un ícono que representa el trabajo mal hecho, la política por encima de la razonabilidad del libre mercado o los daños causados por los ineptos, sin responsabilidad alguna.
Con estos mensajes jamás lograremos cambiar la matriz cultural de nuestra gente. Seguiremos renegando de la actividad emprendedora privada, soportando la mediocridad y viendo al empresario —no al Estado— como el principal causante de nuestros males.
Así se erosiona el espíritu emprendedor. Así crece el espíritu saqueador.