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    Gardel y Perón

    Sr. Director:

    En la columna de Antonio Pippo hemos aprendido mucho sobre el tango y sus intérpretes, a través del enorme conocimiento que posee sobre esta expresión musical rioplatense y de su fina sensibilidad que puso de manifiesto en la mejor novela uruguaya de los últimos 20 años: “Jazmín de noviembre” (Alfaguara 2001).

    Pippo, en varias oportunidades, se ha referido a Carlos Gardel que, a pesar de que han transcurrido 81 años de su muerte, mantiene una vigencia sorprendente, no solo por su maravillosa voz sino también por sus composiciones entre las que se destacan las que hizo con Alfredo Le Pera. De Gardel puede decirse que nadie cantó como él, lo que él cantó. Quizás, hay unas pocas excepciones, que refieren a Julio Sosa y a Malena Muyala que canta “Guitarra mía”, como nadie. Por otra parte, que Al Pacino y Arnold Schwarzenegger hayan bailado “Por una cabeza”, que esta composición y otras como “Volver” (cantada por Penélope Cruz) y “El día que me quieras” (cantada por Plácido Domingo y por Luis Miguel entre otros), formen parte del repertorio de prestigiosas orquestas sinfónicas, es prueba indudable de su talento y permanencia.

    Pero hay otro personaje del Río de la Plata que mantiene una sorprendente vigencia. Me refiero al ex presidente de la República Argentina, teniente general Juan Domingo Perón, que nacido en la localidad de Lobos de la provincia de Buenos Aires el 8 de octubre de 1895, tenía sangre uruguaya porque su abuela paterna fue Dominga Dutey Bergoignan que era una maestra, nacida en Paysandú la que estuvo a cargo de Perón cuando sus padres lo trasladaron a Buenos Aires a fin de que cursara sus estudios primarios y secundarios.

    No voy a referirme a los aspectos biográficos de este gran argentino, pero sí a establecer que fue el único ciudadano de ese país que ocupó, en tres oportunidades por el voto de sus compatriotas, la Presidencia de su país y que, a su influjo, se introdujeron cambios sustanciales en el ordenamiento jurídico y social de la Argentina, asentados en una doctrina política que continúa vigente.

    En efecto, el Partido Peronista constituido hace cerca de 70 años, aunque derrotado en las elecciones pasadas, aglutina prácticamente al 50 por ciento del electorado argentino solo explicable por el legado de Perón, que fue un hombre de enorme talento, con gran sentido social y con un carisma extraordinario.

    Estando exiliado en España recibió, en varias oportunidades, a Eugenio P. Rom, un periodista argentino que grabó lo conversado y luego lo publicó en un libro titulado “Así hablaba Juan Perón” (Buenos Aires, 1980). Lo que expuso Perón, en esas entrevistas, da la pauta de su profundo conocimiento de la historia no solo de su país sino de toda la América del Sur. Con respecto a nuestro prócer, al referirse a los caudillos, manifestó: “De todos ellos, el precursor es Artigas. El gran caudillo de los orientales. Es también el más auténtico. Lucha contra los ‘doctores’ del puerto de Buenos Aires. Contra los españoles de Montevideo. Y contra los portugueses que invaden su tierra desde el Brasil. Para eliminarlo, los porteños del Directorio no se detuvieron ante ningún escrúpulo. Prefirieron abandonar la Banda Oriental a los portugueses, antes que ayudar a Artigas” (pp. 33-34).

    Perón tenía un profundo conocimiento de la idiosincrasia de su pueblo y de la forma en que se debía encarar el relacionamiento con sus conciudadanos. En un curso que dictó sobre “Conducción Política” (Buenos Aires, 1974) desarrolló de manera magistral todo lo relativo a la doctrina peronista, a los aspectos programáticos, a los mecanismos electorales, a la conducción de las masas, a la política exterior, etc.

    Y por último, me voy a referir al carisma de Perón. Por circunstancias que sería muy extenso explicitar, Perón aplicó, a principios de los años 50, una serie de medidas muy antipáticas contra el Uruguay, estableciendo restricciones al ingreso de nuestros compatriotas a ese país y limitando, al mismo tiempo, los viajes de argentinos al Uruguay. Personalmente, me afectó mucho el hecho de que no pudiéramos viajar, con mi padre, a presenciar la pelea de Dogomar Martínez con Archie Moore que tuvo lugar en setiembre de 1953, en especial, porque habíamos seguido a este gran boxeador uruguayo en toda su trayectoria. Pero además, mi padre estaba vinculado a muchos exiliados argentinos refugiados en Montevideo, que despotricaban contra Perón en reuniones que se hacían en mi casa y, por supuesto, habían incentivado mi encono contra ese presidente.

    Sin embargo, las cosas cambiaron 20 años después. Perón, en el exilio, comprendió el error que había cometido y se propuso, al retornar a la presidencia en 1973, a repararlo, en particular, resolviendo las controversias que existían sobre los límites en el Río de la Plata.

    Quiso el destino que, al arribar a la Argentina, se encontrara con el hecho de que se había negociado un tratado que satisfacía los intereses de ambos países, al que aprobó rápidamente. Cuando se efectuó la firma del Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo, en el Palacio Estévez de Montevideo, el 19 de noviembre de 1973, en atención a haber sido uno de los redactores del mismo, tuve el honor de asistir a la ceremonia correspondiente. Al término del acto, el presidente Perón quiso saludar a los negociadores del Tratado y cuando lo hizo conmigo, me dio la mano con fuerza y mirándome a los ojos profundamente, con voz muy solemne, me dijo: “Lo que importa de este tratado no son sus normas, no son sus disposiciones, es el espíritu fraterno que lo ha inspirado y que deberá seguir inspirando las relaciones entre los pueblos del Plata”. Su mirada penetrante y sus palabras me aislaron del bullicio que reinaba en esa sala como si estuviera hipnotizado y sentí la fuerza de un carisma que no experimenté nunca más a lo largo de mi vida.

    Dr. Edison González Lapeyre