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    Gerenciamiento cívico-sindical

    N° 1780 - 04 al 10 de Setiembre de 2014

    “Cuando vea que el comercio no se hace por consentimiento de las partes, sino por coerción; cuando advierta que para producir necesita autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno o por influencias, más que por el trabajo y repare que la corrupción es recompensada mientras la honradez se convierte en un autosacrificio; entonces podrá afirmar —sin temor a equivocarse— que su sociedad está condenada” (Ayn Rand, “La rebelión de Atlas”).

    Ayn Rand escribió esta magnífica novela en 1957 y causa escalofríos ver lo vigentes que están sus afirmaciones.

    Cuando la actividad comercial no se desarrolla dentro de los marcos de la libertad de comercio entre compradores y vendedores, y el Estado se entromete en la vida de los ciudadanos fijando precios, limitando importaciones o imponiendo múltiples controles, lo que terminan logrando es escasez, miseria y genuflexión hacia el poder de turno.

    Pero el PIT-CNT no lo ve así. No defiende la competencia sino los monopolios. No ven en el emprendedor un factótum de la sociedad, un individuo con visión, con pasión y persistencia para lograr satisfacer las necesidades de los consumidores, sino que lo ven como un “explotador” al que hay que eliminar de la faz de la Tierra.

    Sin embargo, cuando los sindicalistas asumen roles empresariales, la cosa cambia. Si forman una cooperativa para “mantener las fuentes de trabajo”, muchos modifican su actitud pasiva y quejosa ante sus ex jefes por una proactiva y de mayor compromiso con la labor. Si el “patrón” pedía ese mismo compromiso (que no es otra cosa que cumplir el contrato laboral de “buena fe”, dando lo mejor de uno mismo), lo tildaban de tirano. Pero ahora, si trabajan 20 horas al día, no son esclavos; son “solidarios”.

    La ética del comercio lleva a destacar las virtudes del propio producto, más que hablar mal del producto de la competencia. Y cuando las empresas caen en esa tentación, los clientes suelen rechazar tal propuesta. Las campañas publicitarias que se lanzaban los archirrivales Pepsi y Coca (a pesar de su dureza), lo hacían con altura, con elegancia y hasta con humor; y si alguna vez cruzaban esas fronteras, los consumidores se molestaban y se lo hacían saber.

    Estas enseñanzas del mundo capitalista no parecen haber hecho mella en los nuevos gobernantes/empresarios del PIT-CNT. Sus jefazos hablan pestes de los empresarios de la construcción, pero cuando ellos asumen ese rol, se ven envueltos en turbios negociados. En Pluna jamás alertaron a nadie del desastre que se venía, asumiendo una complicidad absoluta, canjeable por la ilusión de Alas-U. Y si nos vamos unos años atrás, jamás vieron nada raro en las operaciones del Banco Montevideo, a pesar de que todas las transacciones pasaban por las manos del algún “compañero”.

    La historia de la actividad empresarial nos ha sabido mostrar empresarios ambiciosos, sin escrúpulos y mentirosos, dispuestos a todo con tal de lograr sus metas. Hollywood y cierta literatura se encargaron de mostrarlos como el paradigma del empresario triunfador. Pero no es así. El comerciante tiene una ética propia y tiene la ética que le marcan las reglas de la libre competencia. Si se aparta de ellas, serán los consumidores los que se encarguen de apartarlo a él.

    Por eso es bueno detectar estas prácticas tan reñidas con la ética empresarial desde bien temprano. Ya sea las apliquen empresarios, gobernantes/empresarios o sindicalistas/empresarios. Los ejemplos de Venezuela y Argentina nos deberían llamar a la reflexión y, sobre todo, a la acción, si es que no queremos que nuestra sociedad también esté condenada.

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