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    Gotera

    Columnista de Búsqueda

    N° 1868 - 26 de Mayo al 01 de Junio de 2016

    Ha llegado a la plaza local un libro que durará poco si se enteran las autoridades oficiales, consagradas con toda su carga genética al excluyente ejercicio de menoscabar la ley y las tradiciones que forjaron la Nación; juramentadas a perseguir los valores de la cultura clásica occidental allí donde se manifiesten o siquiera se insinúen; atareadas únicamente en exhibir sin recato, y satisfacer por todos los medios, sus vulgares apetitos y sus patéticas ambiciones. El nombre del autor de la obra, Plutarco, felizmente no suena para la ignorancia ambiente; pocos de los untados por la gracia del poder saben quién fue, qué escribió y qué interés tiene su pensamiento y sus testimonios para todos aquellos que entienden acerca de las relaciones entre la pasión, la moralidad y la cosa pública.

    Los Consejos a los políticos para gobernar bien (editorial Siruela, que distribuye Gussi) es un pequeño volumen que consta de dos trabajos del historiador griego que vivió impactado por el espíritu romano hacia finales del primer siglo de nuestra era. Allí esboza lo que podría ser un programa moral para el gobernante medio (es por esto que digo que el libro corre peligro de censura, secuestro o fuego en este opaco andurrial del universo) y propone caminos de perfeccionamiento para que aquellos ciudadanos llamados a dirigir se instruyan en las artes del gobierno y también en el oficio de la decencia, más difícil de aprender. En el camino para lograr estos dos objetivos Plutarco describe problemas, muestra conflictos, aporta soluciones; y lo más interesante: abusa de su condición de historiador para ilustrar con casos reales o legendarios cada una de sus observaciones.

    Mucho antes de que la empeñosa ofrenda de Maquiavelo a Lorenzo de Médici, en esta pieza ya tenemos descarnados apuntes acerca de los modos de gobernar, de los vicios que acometen a los gobernantes, de las celadas de las que sin astucia no pueden liberarse, de los juegos a los que deberán inclinarse para mantener su posición, de los riesgos de estar expuestos a los ojos de los gobernados. Si no fuera que estamos cautivos en la linealidad racional de la cronología, bien podría conjeturarse que hay pasajes de Plutarco que parecen inspirados en El Príncipe. Uno de ellos tiene que ver con la manera recta en la que se concitan la comprensión o el respeto o siquiera la atención convencida del pueblo; el autor sostiene, como anticipándose a lo que pasaría dos mil años más tarde, aquí y ahora, que no son las prebendas ni el estímulo de la venalidad —lo que se conoce con el ridículo eufemismo “planes sociales”— los medios que facilitarán la comunicación del gobierno con los ciudadanos: “Al lobo, dicen, no se le puede dominar por las orejas, a un pueblo y a una ciudad hay que conducirlos, sobre todo, por las orejas, no como hacen algunos inexpertos en elocuencia, que, buscando en el pueblo maneras vulgares y groseras, lo arrastran por el vientre, ofreciéndole banquetes o dándole bolsas de dinero, o los que intentan dominarlo con favores o, más bien embaucarlo, organizando constantemente espectáculos de danzas o combates de gladiadores. Pues el arte de gobernar al pueblo es el de convencerlo por medio de la palabra, mientras que las seducciones de la muchedumbre por los medios antes mencionados en nada se diferencian de la caza y la cría de los animales irracionales” (pag. 66).

    El fragmento que más despertará odios en los oscuros rincones del poder, y hará peligrar la suerte del libro y tal vez la salud de sus clandestinos lectores, refiere precisamente a la función catártica del poder; su capacidad de revelar lo que las torpes máscaras de los obscenos personajes que detentan los más altos cargos públicos disimulan. Dice Plutarco: “No es posible disimular los vicios cuando se ejerce el poder (…) así como entre vasos vacíos no podrías distinguir el intacto del deteriorado, pero, cuando los llenas, se ve el que gotea, del mismo modo las almas corruptas, no pudiendo resistir el poder, dejan escapar sus deseos, sus iras, su orgullo y su mal gusto” (pag 46). Alcanza con exponerse un rato a las abominaciones que emanan de los charcos del poder para comprender que efectivamente es así, que tenía razón Lombroso cuando hablaba de los cráneos y rostros que revelaban secretos vergonzantes de sus portadores; que no se equivocó Oscar Wilde cuando dijo que ciertas personas tienen la cara que se merecen. El poder denuncia; un poco antes o un poco después, el vaso fallado comienza a gotear.

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