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    Gracias por los pantalones

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2095 - 29 de Octubre al 4 de Noviembre de 2020

    Una publicidad de los años 50 nos muestra una heladera flamante y una mujer a su lado. Ella luce el inequívoco delantal de cocinera matizado con zapatos de taco alto, peinado batido de peluquería, una pollera o vestido amplio, tableado, y un collar de perlas al cuello. La esposa, porque no cabe duda de que ella es una esposa, tiene un look elegante y la marca inconfundible del ama de casa: una modelo de revista, pero atornillada al territorio de la cocina. O más genéricamente, adherida al reino del hogar.

    Hoy vemos aquellos carteles viejos y sonreímos con cierta displicencia, pensamos en nuestras abuelas, tal vez con las palabras de otra publicidad un poco posterior: has recorrido un largo camino, muchacha. Claro, ¿quién podría imaginar hoy un anuncio de aspiradoras protagonizado por una mujer? Levantaría polvareda, sería tachado de misógino, se obligaría a los distribuidores a retractarse, los fabricantes serían empetrolados y emplumados en la plaza pública.

    ¿Sí?

    No.

    O al menos, no siempre.

    En medio del #MeToo surgen ellas, las seguidoras de tradwives (abreviatura de traditional wives, es decir, esposas tradicionales), un movimiento de mujeres blancas de clase media alta que se ha puesto de moda en el Reino Unido, Alemania, Estados Unidos y quién sabe cuántos países, y cuya misión aparente sería volver a la forma de vida y a la estética de los dorados 50, propiciar un retorno a los roles tradicionales del tipo “el lugar de la mujer está en su casa” o “hay que obedecer al marido”.

    El libro de cabecera de estas damas, Fascinating Womanhood, fue escrito por Helen Andelin en 1963, y su postulado principal dice que la base de un matrimonio feliz está en “la feminidad ideal”, sea lo que sea ese concepto. Lo que sí deja claro es que el lugar de las mujeres es siempre debajo de sus maridos. Dixie Andelin Forsyth, la hija de la autora del texto declaró a la revista Stylist que “el movimiento está aumentando porque las mujeres han tenido suficiente feminismo”.

    “Gracias por los pantalones, pero vemos la vida de una manera diferente”, agrega. ¿Les suena aquello de cambiar feminismo por feminidad? Bueno, eso.

    Ellas quieren ser perfectas cocineras, hacer las labores de la casa, vivir maquilladas, estar en la casa con tacos altos y vestidos elegantes, todo para “hacer felices a nuestros maridos”. Ese es, en resumen, el ideario de las tradwives, un movimiento que aparentemente tendría esa misión de volver a los valores, a la forma de vida y a la estética de los añorados 50.

    De más está decir que ellas critican a las mujeres que no quieren tener hijos, a las que viven sin pareja y a las que tienen una pero que no es del sexo masculino. Y algo que resulta tan absurdo como inquietante: reniegan de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, con el alcance que eso pueda tener, incluida la violencia.

    Los orígenes del movimiento puede rastrearse fácilmente: redes sociales y adolescentes cristianas deseosas de distanciarse de las “thots”, acrónimo de That Ho’ Over There (Esa Puta de Allí), con el que se refieren a las chicas que buscan llamar la atención de los hombres apelando a la estrategia de subir fotos mostrándose en poses sexuales o sugestivas.

    En la vereda de enfrente ellas, las tradwives, vestidas elegantemente y luciendo un estilo de vida casi opulento, demostrando que no tienen la necesidad de salir a ganarse el pan como las vulgares “mujeres independientes”. Abrazan abiertamente la convicción de que los maridos deben cumplir el rol de ser los únicos proveedores económicos de la familia, por lo que se deduce que no cualquiera puede tener una tradwife.

    Pero esa es la cara visible del movimiento, que también esconde algunas ideas peligrosas. Sin ir más lejos, sus videos en YouTube muestran recetas de cocina mezcladas con ideología de supremacía blanca, consejos para lavar los baños a fondo entreverados con denuncias a la “invasión del Occidente” perpetrada por los molestos inmigrantes.

    Si se las lee con atención, se verá que detrás de esa estética retro tan simpática aparece un ideario que promueve el hecho de preservar la raza blanca, el antifeminismo a ultranza, la defensa de un supuesto decoro por sobre cualquier revolución sexual y, como corolario, cierto nacionalismo a ultranza basado en la nostalgia del pasado.

    ¿Quiénes son ellas, realmente? Algunos maledicentes las señalan como el brazo femenino de la alt-right, esa derecha radical, camaleónica y trumpeana que se extiende por el mundo adaptándose a los nuevos tiempos, y que hasta ahora había sido un terreno exclusivamente masculino basado en pilares como la misoginia y el antifeminismo. Hoy los ideólogos de esta corriente política hacen esfuerzos para alejarse de la imagen del fósil derechista de antaño y han advertido que, para ganar la batalla a largo plazo, es imprescindible incluir a las mujeres. Entonces miraron alrededor y, voilà!: allí estaban las tradwives. Una manera como cualquier otra de difundir ideas autoritarias camufladas de un encantador tradicionalismo hiperfemenino.

    En cualquier caso, el sexismo que ellas pregonan parece estar convirtiéndose en una herramienta de reclutamiento de grupos ultraderechistas o ultranacionalistas, y parece ser la puerta de entrada a extremismos, el inicio de una vuelta al pasado que, en caso de prosperar, podría modificar los avances sociales y políticos que tanto costó alcanzar.

    Sí, hay explicaciones psicológicas para este fenómeno, hay quienes hablan de sentimientos de soledad, de deseo de pertenencia, y también hay organizaciones que captan a estas personas con el espejismo del consuelo y de la atención. Sin embargo, no deja de asombrar, porque no se trata solo de que el marido elija la cena o el colegio de los hijos: hay un abismo oscuro de intencionalidad política detrás de esa inocente pareja de aire retro. Y uno no puede dejar de preguntarse cómo puede haber mujeres que se sumen a una narrativa de regresión en los derechos tan duramente logrados, que se plieguen a una ideología superficial y extrema que justifica y acepta, entre otras cosas, la violencia de género por parte de los hombres. Sí, es fácil imaginar que ellas prefieran un vestido a los pantalones. Mucho más duro es entender tanto odio hacia nosotras y hacia ellas mismas.

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