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    Gramsci existe

    Por Lector

    Sr. Director:

    No hay como el Uruguay para empastelar bien cualquier tema, con una cacofonía de discursos, fuertemente ideologizados y sembrados de falsedades.

    La reforma educativa está batiendo todos los récords en la materia. No creo estar solo en haber tirado la toalla hace tiempo, resignado a no entender nada de todo el catereté que se ha armado. Pero la transcripción que hace El País (22/9/23) de los juicios emitidos por la Asamblea Técnico Docente de Secundaria es descacharrante.

    Sin ser técnico en el asunto, pero aferrándome (cada vez más) al sentido común, no puedo dejar de alarmarme.

    Para empezar, los docentes en ningún lugar parten de la premisa de que lo actual no funciona y que algo hay que hacer. Diagnóstico que rompe los ojos y puebla todos los informes y mediciones, nacionales e internacionales, sobre la calidad de nuestra enseñanza. Es más, no solo nada dicen los docentes sobre la necesidad de cambios, sino que defienden —con el cuchillo entre los dientes— el statu quo, llamando a “resistir cualquier intento de modificación o revisión de las actuales condiciones” (sic).

    En un lapsus de honestidad intelectual, la ATD confiesa que, lejos de ser un órgano técnico, objetivo, asesor, es un grupo de presión “atravesado por una ideología crítica y liberadora...”, (¡¿qué más se puede pedir?!)

    Es a partir de ese compromiso gramsciano (y la defensa de sus comodidades rutinarias) que salen las furibundas condenas a los cambios propuestos. Ellos amenazan los cargos y la cruzada gramsciana de los gremios docentes —muy exitosa, por cierto— que se siente realizada formando ciudadanos desconectados de la realidad y descontentos.

    En el rosario condenatorio de la ATD eso emerge reiteradamente:

    La reforma tiende “a la formación de una sociedad al servicio del mercado laboral cada vez más precario y precarizante”. “La reforma tiene como uno de sus pilares (...) la educación para el mundo del trabajo”. “Busca mano de obra sumisa y maleable a las necesidades del sistema”. Si eso no es ser objetivo y técnico...

    Vale la pena detenerse un instante para analizar estas afirmaciones y la mentalidad que las inspira.

    Comenzando por la concepción del trabajo como algo malo, cuasi perverso. “El mundo del trabajo”: ¿acaso conocen otro mundo, uno en el que no se trabaje? Pintan la reforma como una conspiración de los poderosos (“las personas que viven del mundo productivo y detentan los miedos de producción —hola, Gramsci— y desean moldear”). Para nuestros docentes parece que el trabajo es una esclavitud, algo que degrada al ser humano.

    Con lo cual uno se pregunta, ¿estos señores cómo se ven a sí mismos? ¿No se consideran trabajadores? Quizás no, quizás se ven a sí mismos como agitadores profesionales, llamados a formar robots para que rompan el sistema.

    El menosprecio por el trabajo va unido en estos señores a otro concepto gramsciano: la “democratización de la enseñanza”. La reforma, según la ATD, “atenta contra la rica tradición uruguaya de democratizar el conocimiento”.

    Desde mi humilde refugio en el sentido común, me parece que por democratización de la enseñanza debe entenderse el esfuerzo por hacerla accesible a todo el mundo, algo que no tiene nada que ver con los programas. Pues no es a esto a lo que apuntan los docentes de la ATD. Lo que hacen es echar mano a una vaca sagrada —la democracia— para atacar el contenido de la reforma, porque lo ven elitista y lo ven así porque busca elevar el nivel de los educandos, precisamente para que puedan acceder a ese mundo que aquellos aborrecen: el del desarrollo económico y social de los jóvenes y de la sociedad. Que llevaría a esta a una realidad donde no sea fácil agitar odios y rencores y tampoco manipular a la gente con un relato igualitario, pobrista, nostálgico y de permanente insatisfacción, donde lo que no sea “insuficiente” pueda tacharse de “tardío”

    Pero no solo no quieren que los jóvenes puedan alcanzar nuevas vidas, vidas propias, suyas. Tampoco quieren perder sus puestos o cambiar sus rutinas. De ahí su atrincheramiento jurásico. Lo confiesan, en medio de sus ataques: la reforma afecta “la formación de docentes que ya eligieron... asignaturas como su proyecto profesional y laboral”. He ahí el cangrejo debajo de la piedra, el viejo y conocido principio del funcionario: que la función se amolde a él, (¿quién fue el gil que redactó el art. 59 de la Constitución?).

    En suma, no soy experto en la materia, pero tengo algunos kilómetros recorridos y huelo —de lejos— en la postura de la ATD la reacción conservadora e ideológica de quienes se desesperan ante la amenaza de perder sus posiciones como brujos de la tribu.

    Ignacio De Posadas

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