Nº 2125 - 3 al 9 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDante ha conseguido transmitirnos sus preocupaciones a los lectores; su aventura de ultratumba es una peripecia que corremos nosotros toda vez que nos abandonamos a la maravilla de la palabra. Y en estos días me ocurrió, como tantas veces en mi vida, que terminé empantanado en los últimos Cantos del infierno y en el estupor del poeta, que también es el mío y presumo que el de cualquiera que se asome al espectáculo de estas ideas, que es el de la alta jerarquía de la traición. Para Dante es la crema de todos los pecados.
Varias circunstancias explicarían esto. Entre ellas, el escenario: no se traiciona a la luz del día, sino en la oscuridad; la sombra conviene a la vileza. La conciencia tiene que estar adormecida, o distraída… o, peor: confiada; hay algo para ver que no se ve. Y esto porque la clave de la traición es que el traicionado cree tener cerca al que en realidad está lejos. De ahí que el concepto de cercanía de Heidegger es importante: no es la supresión de la distancia lo que supone la cercanía. El traidor que uno creía que estaba cerca, en realidad estaba lejos; ya se había ido. Pero no lo hizo saber hasta el mismo momento en que se desvela la traición. Ese es el traidor: el que se fue sin decirlo.
Una de las obras maestras del cine norteamericano es El delator, de John Ford, basada en la excelente novela de Liam O’Flaherty. Nos muestra a un personaje, Gypo Nolan, que delata a los patriotas irlandeses que eran buscados por la cruel policía británica en los años de la lucha por la independencia. El individuo es parte del barrio, parte de la familia, parte de la taberna, parte de la amistad, de la parroquia, de la causa; es cercano en todo; está unido a todo y a todos. Pero en un momento de angustia, de debilidad o desaliento repentinamente se siente alejado. El proceso psicológico que hace ese individuo —mejor narrado en la película que en la novela— es que en un momento mira por la ventana la vida de todos los que son suyos y se ve lejos. Pero los demás, los entrañablemente suyos con inocencia y afecto lo asumen y lo contienen como alguien propio, como parte del mismo cuerpo. Gypo se siente confusamente enfrentado cuando entra a la taberna o a la casa de uno o de otro y lo reciben como lo que es y nunca ha dejado de ser: alguien propio, cercano. Pero a Gypo le ocurrió algo no en su sangre, pero sí en su espejo, en su mente; tropezó no sabe cómo con un vértigo de identidad o de inexplicable soledad y, mareado por los humos del licor y por voces o miedos borrosas que lo tironearon desde algún rincón de la infancia, se desvió casi sin darse cuenta de los ejes de sentido que desde siempre sostuvieron su existencia; y aquella cercanía que era todo en su vida de golpe se convirtió en peligrosa lejanía. Fue corto el paso que tuvo que dar en esa noche de angustia para llegar a probar y beber hasta las heces el veneno de la traición.
Si Dante hubiera tenido la posibilidad de indultar a un número indefinido de criminales y tuviera entre ellos a glotones, iracundos, suicidas, herejes, asesinos, tiranos, barateros, hipócritas y traidores, indultaría a todos, excepto a los traidores. La pregunta es ¿por qué? Después de todo hay otros crímenes gravísimos. Creo que por la índole de la transgresión que se sitúa en el campo moral, que desafía, niega y humilla lo más íntimo; simular la cercanía para causar daño es el más aberrante de los actos de inmoralidad. Es defraudar el sentido de pertenencia, renegar de manera cobarde de esa pertenencia. Una cosa es afrontar la decisión de abandonar la causa, abandonar el compromiso comunicando esa nueva postura al que será abandonado, sin juzgar si está bien o está mal…, pero otra muy distinta es cuando el que va a abandonar al traicionado a su suerte sufriendo todas las consecuencias que lo amenazan facilita los medios al enemigo para que ello ocurra. El traidor puede permanecer con el cuerpo y con las palabras un tiempo más una vez que la traición ha sido consumada; lo grave es que el traidor finge cercanía mientras abandona desde el corazón. La traición destruye la confianza en el bien que le es debido naturalmente a quien se ama, y es por eso, creo, que para Dante la traición es el peor de los crímenes.
Para el poeta nada hay peor que romper lo que está basado en el afecto, en aquello que confiere entereza, nervio y dignidad a la existencia. El Gypo interpretado por Victor McLaglen lo inmortaliza tanto como Judas.