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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCorrer es un ejercicio notable desde distintos puntos de vista. No lo es solamente por el mero hecho de tratar de mantener entrenados el corazón, los músculos y las articulaciones libres de enfermedades como la aterosclerosis, la atrofia y la artrosis. También es un excelente ejercicio para la mente, especialmente cuando se practica en silencio. Frente al esfuerzo, el cuerpo humano responde normalmente redistribuyendo la sangre hacia las vísceras más relevantes en ese momento, cuyo funcionamiento es esencial para un desempeño pleno. Algo similar sucede con nuestro pensamiento. Como ocurre con las hojas durante el paso del otoño, los pensamientos espurios van cayendo a lo largo de los kilómetros, para dejar percibir lo que antes no era tan fácilmente visible: lo que es realmente importante.
En su libro De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami (un eminente escritor y maratonista) escribe: “Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en medio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío”. De eso se trata. Ese “vacío” generado durante el acto de correr permite, entre otras cosas, ordenar el pensamiento. Y un pensamiento ordenado es la base para una vida ordenada.
El domingo pasado, durante mi ejercicio matinal, por pura casualidad coincidí con una media maratón. A la ida me encontré con los punteros y a la vuelta, con los rezagados. Aproveché la oportunidad y me uní a estos, los últimos entre todos. Éramos no más de tres. No nos conocíamos, pero instantáneamente nos hermanamos a través de la “triste-gracia” de ser los últimos en esa prueba. Lejos de los podios, los trofeos y las fotos, ejercitamos y disfrutamos de ese enorme y placentero silencio que queda luego de los coreos y la estampida. Es que éramos nosotros, solos, pero con nosotros mismos, disfrutando de nuestro vacío.
Asimismo, me pregunto ¿qué sería del primero sin el último? o ¿qué sería del primero sin el resto? Es que en nuestra sociedad terrenal las aguas casi siempre están divididas en dos: los que ganan y los que pierden, los individuos exitosos y los que no lo son, los jefes y los empleados, etcétera. Sin embargo, cuando a los emprendimientos, que en general son colectivos, se los entiende como lo que realmente son, la colaboración entre individuos distintos cuyos aportes son únicos y se suman, el culto al individualismo se desvanece tras la grandeza de lo que puede ser la colaboración humana.
El egoísmo, ese comportamiento humano cavernario que busca la autopreservación, pero tan presente en la contemporaneidad, es una respuesta del individuo sumergido en una sociedad ambiciosa, que pelea a través de cualquier medio para imponerse frente al semejante. Importan las fotos, las luces y los premios o, dicho de otra manera, el reconocimiento de la individualidad, más allá de lo que se haya logrado (si es que algo se logró verdaderamente). Importa más lo que parece que lo que es. Y en esa misma línea, mucho menos importante es lo que quedará para otros a futuro. Una visión cortoplacista, egosintótica con la fantasía individual y por cierto muy alejada del bien colectivo.
La vida es una carrera llena de obstáculos. Y a todos nos tocará estar en distintas posiciones, en destinos momentos de la vida. Es bueno recordar que, en general, poco se logra solo por el esfuerzo individual. Es poco visible pero habitual que a través de la suma de las distintas acciones y sus protagonistas es como se logra trascender las metas y el tiempo.
Por eso, es conveniente que a quienes les toca ser punteros (ya sea por su talento, sus apellidos, las circunstancias o tal vez por nada de eso) no olviden al pelotón ni a los rezagados. Ellos son parte del triunfo. Y que más temprano que tarde podrían volver al pelotón o hasta transformarse en el último de los rezagados. No por ineptitud ni la mala suerte. Simplemente porque las circunstancias cambian, y estas suelen hacerlo más rápidamente que los hombres. Los rezagados son simplemente punteros esperando su momento. Si lo entienden, ellos aprenderán a ser persistentes, más sencillos y felices. Porque en ese último y rezagado clan se instruye el arte de bajar las expectativas y de trabajar con discreción por lo que se quiere. No por ser condescendientes consigo mismos. Sino porque a través del vacío tal vez tengan la oportunidad de conocerse más que otros y consecuentemente pueden estar más seguros de lo que llevan dentro para finalmente hacerse de la victoria.
Dr. Gonzalo Spera MSc
CI 2.909.148-2