Nº 2127 - 17 al 23 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl término es genial. Implica falta de tino, descontrol y una líquida sensación de ridiculez. Así le ocurrió al presidente Alberto Fernández con sus declaraciones públicas sobre el origen de los mexicanos, los brasileños y los argentinos. No es aconsejable para un mandatario, a menos que sea un genial improvisador, caer en semejante situación. Perder los esfínteres del lenguaje lleva a la inevitable irrupción del inconsciente, a pedir disculpas, a explicar y justificar lo que ya se desparramó y manchó las investiduras. Hablarse encima es para el diván, no para la diplomacia. Hablarse encima es para un sketch de Jim Carrey, no para un gobernante. Hablarse encima es para liberar energías sin corrección, sin vuelta atrás. Hablarse encima es para estudiar la anatomía —y patología— del lenguaje en tanto traducción del pensamiento, pero no para la política. También hay quienes pretenden ser tan pero tan inclusivos y socialistas en sus discursos que terminan soltando la ridiculez en el otro extremo. Que una jerarca de las mismas tiendas del presidente argentino al elogiar una gestión de gobierno diga “el equipo y la equipa” no hace otra cosa que exhibir la estupidez de lo innecesario. El lenguaje no está hecho de balances exactamente proporcionales e inoxidables moralmente, en eso consiste su singularidad y riqueza. Es cierto: quien se habla encima queda desvalido, indefenso. Pero resulta menos verdadero y bastante más hipócrita quien pretende a toda costa aplicar una ortopedia para corregir la “injusticia” del habla y pluralizar lo inexorablemente individual. Hablarse encima es para los surrealistas y para quienes investigan la escritura automática, la que salga como sea, la más auténtica. Al menos, el personaje que se habla encima es más divertido, más complejo y en el fondo más sincero que quien emplea sistemáticamente los mecanismos defensivos —y las mecanismas defensivas— en el engañoso intento de hacernos creer que en la intimidad de su pensamiento hay más pureza, más ecuanimidad y más justicia.