N° 2072 - 21 al 27 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMientras el mundo se defiende de una pandemia que domina gran parte de nuestras acciones, gubernamentales y ciudadanas, y ya se piensa más en liberar con pasos de ensayo y error las barreras hacia una nueva normalidad, algunos anuncian un rediseño de la vida política, social y económica. Y como no podía ser de otra manera, los voceros de la cultura internacional de la izquierda, con el socialismo y el estatismo a la cabeza, anuncian una vez más —y ya van…— el fin del liberalismo. Y también le echan la culpa a dicho sistema en la reacción tardía e insuficiente de los gobiernos.
Hablan de un sistema afectado justamente por los conceptos de libertad de mercado y reducción estatal, como el factor que debilitó a las estructuras sanitarias de los gobiernos mundiales. No toman en cuenta que una gran parte del mundo está precisamente hipercontrolada por un Estado castrador, y que a pesar del dispendio permanente del dinero ajeno en el control de la sociedad en actividades que deberían estar en manos del sector privado, no fueron capaces de prepararse para una pandemia de proporciones importantes. El foco nunca está en el verdadero rol del Estado, sino en lograr un poder descomunal para unos pocos que creen saber lo que todos necesitamos.
Para la izquierda todo se basa en apropiarse del discurso general, no importa la verdad o las consecuencias. Hace un tiempo que vemos cómo voceros del Frente Amplio pretenden dar cátedra sobre qué es o no democrático. Sin tapujos lo dijo Pablo Iglesias de Podemos, el partido español entre chavista y kirchnerista: “Como la democracia es un término que mola (gusta), habrá que disputársela al enemigo”. La palabra dictadura, aunque sea definida como “del proletariado”, ya “no mola”. Pero su discurso no cambia la realidad de un pensamiento que sigue creyendo que la gente necesita que piensen y decidan por ellos. Les importa poco la transparencia de la información, que ha sido clave en la gestión del actual gobierno. Les importa poco porque no creen que los ciudadanos tengan la capacidad de elegir libremente, base fundamental del entendimiento de la democracia.
De la misma manera buscan establecer que el mundo se encamina hacia el final del liberalismo. Y vuelven a equivocarse en un pronóstico que ya han intentado en el pasado. Los gobiernos que respetan las libertades de su gente, que se someten a la voluntad de los ciudadanos y aceptan el desafío de convencer más que el facilismo de obligar, han tenido los mejores resultados y han establecido una mejor comunicación. Insistimos: el actual gobierno no solo ha logrado evitar la ansiedad y el miedo que provoca una situación alarmante, sino que además supo brindar tranquilidad con una comunicación fluida y confiando en que ya somos grandecitos y con sentido de la responsabilidad. Y vamos a mejorar esta cualidad en la medida en que podamos sentirnos parte libremente.
Esta actitud es muy distinta a la que le escuchamos al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, quien manifestó que hay muchos ciudadanos que quieren salir pero “todavía no se puede”. Es aquello de que los niños quieren salir pero el papá no los deja. ¿En serio alguien puede creer que este modo de hacer política es la única opción que quedará después de la pandemia? Siempre habrá quienes elijan la libertad de sus derechos personales, más allá de los errores que podamos cometer y de un libre mercado que por momentos puede ser injusto. Es el camino que permite los avances del mundo y el único medio sano para financiar todo eso. De lo contrario, solo estaríamos en manos de los Estados y de su capacidad para cobrar impuestos a los verdaderos productores de la economía.
Algunos columnistas liberales han recogido en este tiempo una frase de Jeremy Bentham (1748-1832) refiriéndose a causas que pueden justificar medidas de urgencia similares a las de la pandemia que hoy padecemos. Bentham acepta que la abolición de la propiedad puede suavizar el impacto de la economía si es transitorio y se levanta en un determinado tiempo. Pero agrega que si la propiedad se aboliese con la intención directa de establecer la igualdad de fortunas, el mal sería irreparable: “No más seguridad, no más actividad, no más abundancia”.
El liberalismo seguirá siendo una opción, estén tranquilos. Es la posibilidad más realista de continuar la evolución que lleva el mundo —siempre con ajustes— en un clima de libre participación y libre elección. La gente debe tener espacio para empoderarse y marcar el camino.