N° 1980 - 02 al 08 de Agosto de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la Venezuela socialista del siglo XXI, la inflación llegó a un millón por ciento anual. El bolívar literalmente no vale nada. Se necesitan cientos de billetes “bolivarianos” para comprar un dólar. Lo que gana un empleado por mes apenas da para comprar algo de comida. Por eso millones de venezolanos están escapando de otro fracaso socialista en busca de libertad y oportunidades.
En Argentina la inflación está en el orden del 30% y todas las proyecciones no gubernamentales estiman que será mayor. Y varios economistas serios prevén una nueva hiperinflación superior al 400% anual, si el gobierno de Macri no hace los cambios que Argentina tiene que hacer: liberar la economía, desregular el mercado laboral e insertarse al mundo. No lo van a hacer.
Bajo estas condiciones es casi imposible invertir y apostar al futuro. Quienes sí lo hacen son los llamados “especuladores”, dispuestos a asumir altos riesgos (de no cobrar un céntimo de lo prestado a estos países) a cambio de altas tasas de interés que rondan el 30% anual por la deuda soberana argentina. Un verdadero desastre.
Tanto Venezuela como Argentina llegaron a este despeñadero aplicando políticas y principios similares. Guiados por el socialismo chavista unos y por el socialismo peronista los otros, ambos apostaron al consumo interno, a “proteger” la industria nacional, a dar subsidios, a incrementar los empleados públicos y mantener un déficit fiscal insostenible. Y ni hablemos de lo que roban y robaron.
Uruguay ha pecado de similares males, aunque, al hacerlo “a la uruguaya”, los resultados no son tan impactantes. Pero pueden llegar a serlo si seguimos por este camino de déficit fiscal, más deuda externa y poco profesionalismo en la gestión de la cosa pública.
Uruguay tiene que hacer estas cosas (y hacerlas bien y rápido), para que los emprendedores elijan invertir acá y no en otros países más favorables:
Reducir el peso del Estado que se hace impagable. Cada día aumentan los impuestos, elevan las tarifas de las empresas públicas, ponen más multas de tránsito e inventan nuevos impuestos, todo para poder pagar subsidios, empleos y favores.
Flexibilizar la legislación laboral. No es simpático decirlo, pero con tantos beneficios que cuenta el empleado (sea bueno o sea malo) los empleadores cada vez tienen menos interés en contratar personal. El costo de la mano de obra no solo es caro por los costos directos sino también por la baja productividad. Cada día quieren ganar más, haciendo menos.
Integrarse al mundo. La izquierda tiene “miedo” de competir con el mundo porque saben que si no dan los dos pasos anteriores, no podremos venderle casi nada a un mundo libre y competitivo. Pero ahí tienen sus votos. Y no los querrán soltar.
Por último, y no menos importante, educar a la gente para los empleos del futuro. Cada vez habrá más competencia, más trabajo a distancia, más movimientos migratorios y más demanda de habilidades técnicas (duras) y sociales (blandas). Ni unas ni otras están en la currícula de la educación publica en todos sus niveles, ni está en la agenda de los gobernantes.
Si 15 o 10 años atrás alguien hubiera dicho que la Venezuela de Chávez o la Argentina de los Kirchner iban a terminar en estos desastres, los hubieran acusado de imperialistas o “fachos”, pero la realidad siempre se impone al “relato”.
Tomemos nota, actuemos en el buen camino y dentro de 10 o 15 años tengamos un país de primera y no otro lamento boliviano.