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    Hacia el mismo final

    N° 1924 - 29 de Junio al 05 de Julio de 2017

    Es un hecho que la economía uruguaya arrancó el 2017 mucho mejor de lo que a mediados del año pasado absolutamente nadie imaginaba, tanto a nivel del equipo económico como en el sector privado. De hecho, el crecimiento de 4,3% del Producto Bruto Interno (PBI) en enero-marzo respecto al mismo lapso de 2016 fue el más alto desde el último trimestre de 2013.

    No menos cierto es que dicho alto crecimiento, además de haber sido totalmente sorpresivo, tiene características que llevan a que sea difícil pensar en el mismo como el comienzo de un nuevo proceso de expansión fuerte y sostenida de la economía. En más de un sentido, se trata de una situación “rara”, en la que un elevado ritmo de crecimiento convive con la destrucción de empleo; con una leve caída de la inversión; con fuerte caída de la rentabilidad de las empresas; con baja confianza de los consumidores, y con un incipiente deterioro de la cadena de pagos, todas características difíciles de asociar a una economía que crece por encima de 4%.

    Cuando consideramos el origen de la “sorpresa” en materia de crecimiento que hemos tenido, es lógico que la situación actual siga siendo de gran cautela y fragilidad, lejos del optimismo que debería generar un ritmo de crecimiento como el que se observó a comienzos de este año. Es que uno de los principales determinantes de la mejora económica vista desde fines del año pasado ha sido el fuerte encarecimiento en dólares de la región —particularmente de Argentina—, que se ha traducido, por un lado, en una excepcional temporada turística y en un aumento general de la demanda por bienes y servicios producidos en Uruguay desde los países vecinos. Por otro lado, ha permitido que —vía la fuerte baja del dólar en el mercado cambiario local— la inflación convergiera rápidamente al rango meta luego de muchos años. Es la misma dinámica que se observó a comienzos de los 80 durante la época de la Tablita, así como en la década de los 90 con los planes de Convertibilidad en Argentina y el plan Real en Brasil.

    Quizás a fuerza de golpes, al menos el sector privado ya se ha dado cuenta de que los procesos de apreciación de las monedas locales a base de endeudamiento externo para financiar déficit fiscal no conducen a ninguna parte, y de ahí la sensación de cautela que sigue primando, más allá de algunos temas puntuales como el fuerte repunte de la venta de automotores. Por más que las condiciones financieras internacionales siguen siendo extraordinariamente benévolas en la actualidad (lo que explica que Brasil no tenga problemas en continuar financiando un déficit fiscal de más de 9% del PBI a pesar de la gigantesca crisis política por la que está atravesando, así como el hecho de que Argentina haya podido colocar un bono a 100 años e incluso que Uruguay haya emitido deuda en pesos a cinco años de plazo), estos procesos de generación de “atraso cambiario” en base a endeudamiento externo para financiar déficit fiscal son insostenibles. La historia muestra que difícilmente terminan de manera gradual y sin grandes sobresaltos, especialmente cuando la magnitud de los desequilibrios fiscales y de precios relativos acumulados es muy significativa.

    Esto lleva directamente a otro factor que, sin duda, directa e indirectamente, está justificando la situación de gran cautela como se está observando en el sector privado: la fragilidad que muestran las cuentas fiscales en Uruguay (de hecho, también en toda la región). Estamos ante un nivel de gasto público récord, y a pesar de las sucesivas medidas de ajuste fiscal implementadas desde 2015 a la fecha, el déficit no ha bajado porque el gasto público continúa creciendo sin parar. Quizás el sector privado también haya comenzado a internalizar que se enfrenta a una situación en la cual deberá esperar aumentos de impuestos todos los años, y a que las tarifas públicas sigan siendo usadas para recaudar, con lo que habrá costos de energía, comunicaciones y electricidad más altos. Una presión tributaria récord como la actual —que además va a continuar creciendo—, junto a los elevadísimos niveles de costos y precios en dólares actuales, no constituyen una combinación que genere mucho estímulo para la inversión. A este panorama tampoco contribuye mucho la parálisis que muestra el gobierno en términos de reformas estructurales, la situación de las relaciones laborales, así como el deterioro en la infraestructura física y en el capital humano que se ha acumulado.

    En definitiva, hace bien el sector privado en tratar la recuperación del crecimiento en los últimos meses casi que como un “espejismo” que no se va a repetir. No somos más ricos porque el gobierno se endeuda en dólares para financiar el déficit fiscal, sino todo lo contrario. Los altos niveles de precios en dólares actuales no son el resultado de que hemos tenido un gigantesco aumento de productividad o de nuestros precios de exportación y términos de intercambio, sino que reflejan la perversa combinación de políticas económicas que se está aplicando (mucho más perversa incluso en Argentina), en un contexto donde las condiciones financieras internacionales permiten por el momento que sigan “lloviendo” dólares a la región.

    Estamos ante una historia más que conocida y cuyo final está “cantado”. A la espera de que Argentina y/o Brasil ajusten —dado que es virtualmente imposible pensar en que el gobierno uruguayo actúe preventivamente—, haría bien el sector privado en continuar moviéndose con gran cautela. Y que aprovechara el positivo empuje regional actual para aumentar su ahorro en moneda extranjera y cancelar deudas.

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