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    Haciendo boca

    Esto de las incautaciones de droga es fascinante, todo el dispositivo, las iniciales de los procesados en los diarios que uno trata de averiguar a qué nombres corresponden mirá si conozco alguno, las fotos con el Perro Vázquez poniendo cara de Elliot Ness, los lugares donde la metían, los aviones, los nombres que le pone la policía a las operaciones, ¡está buenísimo! Operación “Wayra” fue el elegido en este último caso resonante; la verdad desconozco los motivos para ponerle así a una misión pero tampoco se los motivos de Natalia Oreiro para ponerle Atahualpa Merlín a su hijo, y sin embargo no ando cuestionándola, lo tomo como viene y disfruto con ello, nada más, como la vida misma.

    Qué disfrutable es abandonarse a la sospecha que surge cuando se piensa desde el lugar común —que es el lugar desde donde uno suele pensar— sobre la cantidad de kilos incautados. Como individuo cuya función pasa por engrosar la estadística, uno no puede evitar la mirada perspicaz y acusadora: el kilaje incautado es una fuente inagotable de sospechas para el cualunque. En nuestro curso de sagacidad popular enseñamos a trabajar con esta herramienta. Note —y hágale notar a sus amigos en el bar o el asado— que siempre hay alguna imprecisión al comienzo, algunos medios dicen una cosa (500 kilos de marihuana incautados en este caso) y otros otra (400 kilos); ahí ya se abre el primer compás de desconfianza. Pero lo mejor es cuando llega el número consensuado de kilos mediante la información oficial del Ministerio del Interior. Ese número es el más inverosímil de todos, en este caso hablan de 478 kilos de marihuana. Cifras altamente sospechosas para la suspicacia del hombre común. Seamos honestos: ¿es creíble que alguien encargue desde Uruguay a Paraguay la compra de 478 kilos de marihuana? ¿ni 450, ni 500? ¿Ni 470 ni 480? 478 kilos dispuestos en 21 ladrillos (ni 20 ni 25), ¿en serio me quieren hacer creer eso a mí, un hombre ramplón?

    ¿Debo pensar que al final el negocio de la droga se maneja de la misma forma que el de la leña, que te tiran lo que ellos quieren y te dicen lo que pesa y si les creés bien y sino jodete? Lo de la leña lo entiendo: es como una convención, uno pide x toneladas, ellos te tiran ahí en el fondo lo que se les canta, y uno debe poner cara de “mmm, sí, esta es la cantidad de toneladas que yo pagué, lo sé porque tengo mucha experiencia y mucho ojo para calcular toneladas de leña en espacio utilizado, es un talento parecido al de contar gente en las manifestaciones o el Estadio”. En realidad, sabemos que nos dejaron menos toneladas de las acordadas, los que bajaron la leña también lo saben, el de la barraca lo sabe, pero todos más o menos respondemos a un contrato tácito que dice “yo te doy lo que se me antoje y vos me pagás el precio acordado, ¿por qué? Porque el que tiene la leña soy yo y porque los muchachos que bajan la leña están grandes y no tienen problema en agarrarse a trompadas con el primer vejiga que se haga el que tiene una balanza en la cabeza”.

    La droga debería funcionar diferente como mercado, se supone. Con todos los riesgos que conlleva su comercio sería extraño que se dejen ganar por la imprecisión y las convenciones o acuerdos implícitos. Entonces, ¿qué hacemos con los 478 kilos? Ese tipo de cosas le preocupan al hombre cotidiano: ¿qué pasa con esos dos kilos de marihuana que redondean a 480, un número más razonable y creíble?, ¿quién se los está quedando, Darío Pérez?, ¿la policía? ¿lo usan para entrenar perros buchones de aeropuerto? ¿lo venden después en los ómnibus como decomiso de aduana?