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    Haciendo boca

    Al final parece que Horacio De los Santos (el funcionario que tuvo la mala suerte de verse envuelto en un asado de amigos con prostitutas menores de edad y cocaína arriba de las mesas) va a ir preso. Es un blanco fácil, en todos los sentidos de la expresión.

    Por eso alguien tiene que quebrar una lanza por Horacio, y ese alguien es este servidor. Razonemos desde la empatía: todos somos un poco Horacio. A él un amigo lo invitó a un asado y pensó que iba a una reunión de tono familiar; lo que sucedió después fue una desgracia, le pasó a Horacio pero pudo pasarle a cualquiera. De repente uno va a un asado de tono familiar, está tomando unas copas tranquilo, medio entonado, y en algún momento del asado de tono familiar suena el timbre y entran seis o siete changos con un promedio de edad de 16 años. Cambió la onda de golpe, se transformó en una orgía sorpresa. Se complicó. Y la verdad: después de que estás ahí no es sencillo pararse y retirarse, nadie se va intempestivamente de una reunión de tono familiar por más que haya cambiado un poco el tono. Repasen en sus cabezas lo duro que es tomar esa decisión en cualquier reunión, uno queda como un ordinario si se para y se va en la mitad, genera resistencia en el resto, reproches. Nunca falta el que le dice “pará, quédate un rato que ahora vienen las tortas”. Está mal visto irse antes de las tortas, un poco se habrá quedado por eso Horacio, hay que entenderlo.

    En sus declaraciones Horacio dejó bien claro que no se sintió a gusto con ese clima lascivo. ¿Y qué hace una persona de bien cuando se siente incómodo, por fuera, desubicado en un entorno que no le gusta para nada? Respuesta: se toma un par de copas más para ver si entra en la dinámica grupal. Eso lo sabe cualquier coaching de grupos con formación gestáltica alcohólica: si uno no se siente a gusto en un grupo y le parece extraño el ambiente, lo que debe hacer antes que nada es darle una chance a esa actividad, no negarse a la mancomunión, no cerrarse. Puede pasar tanto en una clase de yoga, una terapia de grupo, una dinámica laboral, o en una orgía; es el mínimo gesto de cooperación con el colectivo que hay que tener: tomarse dos whiskys más a ver si entra en el clima. Horacio, un tipo abierto, se tomó alguna más e intentó acoplarse al sentimiento grupal.

    ¿De qué se lo acusa, entonces, a Horacio? ¿De ser amigo de sus amigos? ¿De ser open minded y acompañar el espíritu del grupo aunque no fuera de su agrado? ¿De darse un tiempo para ir a un asado a cultivar las relaciones interpersonales en lugar de seguir alienado en este mundo de los celulares y las computadoras en el que no le decimos ni buen día al vecino? Esto es lo que pasa cuando le decimos buen día al vecino: te hacés amigo, te invita a un asado, y tenés que ir. Y vas, y resulta que después a lo mejor es una orgía lluvia, que caen todos los changos de sopetón. Y después el escarnio público, y después la cárcel. Horacio está pagando por tener los valores de antes, esa es la posta.

    Te regalaste, Horacio, la gente está desesperada por este tipo de casos para volcar toda su superioridad moral en los foros de internet, en el Twister, en el Facebus, y vos les diste de comer para toda la zafra. Te entregaste solito, Horacio, no es momento para hacer este tipo de fiestotas, con la jauría hambrienta de inspectores de la moral que hay allá afuera, esperando que caiga una mosca en la red de redes para atraparla y volcar todos sus juicios de valor; vos caíste en la red con un cartel de neón que dice “me encanta la joda con amigos” ¡y encima con wi fi y fibra óptica! Un desastre, Horacio.